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¨Mami , no quiero
Dormir solo¨

El miedo a la oscuridad y a pasar la noche en un lugar separado del de los padres es más común de lo que se cree: suele afectar a uno de cada tres pequeños y es completamente normal, a no ser que se prolongue en el tiempo e interfiera en las actividades cotidianas del niño. Conozca cómo ayudar a su hijo a superar esta clase de temores Por Betzy Barragán

Cuando las personas llegan a la edad adulta suelen olvidarse de lo quisquillosos que pudieron haber sido cuando pequeños. Tanto, que a la hora de lidiar con los miedos de sus hijos se desesperan y toman alguna posición extrema: o consideran totalmente injustificada la actitud del niño, o se tornan tan condescendientes que el chico se aprovecha de su buena voluntad. Obviamente, ninguna de estas dos situaciones es favorecedora, pues, cuando se trata de la negativa a dormir solos en su cuarto, alguno de los dos bandos sale perdiendo. Si no es el niño el que pasa muy mala noche debido a su terror, son los padres quienes se trasnochan y se levantan todos estropeados. Por esta razón, la psicóloga Cristina González sugiere que hay que armarse de paciencia y templanza para ayudar al pequeño a transitar y a superar esta etapa de la mejor manera, sobre todo, para que no se dé un resultado contrario a lo que se busca, que pudiera ser la transformación de ese miedo en una fobia, situación más complicada de tratar. En general, los padres desean que en la educación de sus hijos todo salga perfecto, pero, paradójicamente, algunos, cuando sus pequeños no están obedeciendo, les dicen cosas como: "El coco te va a comer" o "el coco te va a llevar", y allí comienza el dilema…

Pero ¿es el miedo algo de qué avergonzarse? Definitivamente, no. Nadie puede decir que nunca ha sentido temor, y si lo dice está mintiendo. Todos los seres humanos, en mayor o menor medida, han experimentado este sentimiento. Los entendidos en la materia dicen que el miedo, por ser una conducta humana, está caracterizada por cuatro componentes:

Psicológico. Ocurre en el plano de los pensamientos y se refiere a la anticipación
del momento o del objeto atemorizante. Por ejemplo, el niño que teme a la oscuridad, cuando sabe que es hora de dormir se niega a irse a su cuarto.

Afectivo. Tiene que ver con los sentimientos; continuando con el mismo ejemplo,
el pequeño temeroso llamará a sus padres para que lo protejan.

Conductual. Son los actos que genera ese miedo. El niño sale corriendo al cuarto
de los padres o se esconde bajo su cobija, para alejarse del estímulo.

Fisiológico. Son las respuestas biológicas que se dan involuntariamente por causa del miedo como, por ejemplo, las sudoraciones y los temblores incontrolables.


¡Detrás de la cortina
hay un monstruo!


Los miedos infantiles
van apareciendo y transformándose desde
el nacimiento, y son totalmente identificables
a partir de los tres años, momento en el que el pequeño es capaz de comunicarse con mayor claridad. En el caso del miedo a la oscuridad,
éste suele aparecer entre los cuatro y seis años, y es posible que se prolongue hasta los nueve o diez. Está catalogado como natural y forma parte de la maduración psicológica del infante. "A medida que el niño va creciendo pasa por etapas de ciertos desajustes que, a nivel psíquico, van a tener consecuencias importantes para la estructuración de su personalidad. El psicoanálisis plantea que en la niñez se enfrentan varios episodios transformadores, los cuales ocasionan manifestaciones que no deben considerarse, necesariamente, como patológicas", afirma Cristina González.

El temor a la oscuridad es un miedo adquirido mediante un sinfín de vivencias, fantasías e imágenes con las que va entrando en contacto el niño. Generalmente, está asociado o convive a la vez con otros miedos como a la soledad, a las pesadillas, a la separación de los padres, a personajes imaginarios o "tan reales" como los que ve en la televisión. Claro está, hay pequeños más sensibles que otros, y la mayoría logra superarlos sin mayores traumas. Más aún, cuando se recibe de los padres la atención adecuada.

Las pesadillas y los terrores nocturnos son los trastornos más comunes y están íntimamente ligados al miedo a la oscuridad. Las pesadillas son sueños largos y pavorosos cuyo contenido tiene que ver con amenazas a su seguridad o supervivencia. Cuando despierta, el chico puede recordar claramente lo soñado. En cambio, los terrores nocturnos son despertares bruscos, acompañados de llantos y gritos. En esos momentos el niño no reacciona fácilmente ante los esfuerzos de los padres por calmarlo; además, permanece perturbado y confuso durante varios minutos.

En un estudio realizado por el psiquiatra infantil español Francisco Javier Mendiguchía se señala que el miedo a la oscuridad es el que más reportan los infantes. El especialista refiere que de un grupo de 118 niños que eran llevados a su consulta, 81 manifestaron este tipo de aprensión. "Frente al frecuente miedo nocturno —señala el psiquiatra— los niños se defendían de diferente manera: durmiendo con la luz encendida, yéndose a la cama de los padres, haciendo que viniera otra persona a dormir con ellos (aunque fueran hermanos más pequeños), teniendo otra persona hasta que se dormía, dejando abierta la puerta del dormitorio o tapándose la cabeza con sábanas o mantas. Había trece de ellos que pasaban su miedo solos, sin hacer ningún ritual defensivo".

Foto: www.sxc.hu



Es hora de dormir


Como se ha dicho, los miedos son totalmente naturales
y aparecen como parte de las distintas etapas del desarrollo infantil. Los especialistas señalan que si al niño le ha sido inculcada una sana rutina de sueño, le será más fácil lidiar con sus temores.


Cristina González sugiere que un buen momento para que el pequeño comience a dormir solo, en un espacio propio, coincide con el destete. Lo más aconsejable es que se le enseñe desde el inicio a quedarse dormido en su cama. Se le puede acompañar con una luz tenue y luego, poco a poco, ir disminuyéndola hasta dejar el cuarto completamente oscuro. Por otro lado, la hora de irse a la cama deberá ser siempre la misma, y no debe haber transigencia en este aspecto, si no será muy difícil para los padres fijar una verdadera rutina. También habrá que procurar que cada día las condiciones sean las mismas: la ventilación del cuarto, su muñeco o peluche de compañía junto a él, un vasito con agua para los más grandecitos, en fin, todo lo que sea necesario para evitar que salga de su habitación.

La otra cara de la moneda

En este proceso, los únicos afectados no son los pequeños, los padres también se llevan su buena dosis de perturbación, pues, en la mayoría de los casos, el chiquillo se pasa a su cuarto y se apropia de gran parte de la cama. Si no, solicita tantas veces la presencia de alguno de los dos, que el resultado de estas circunstancias, como mínimo, es amanecer adolorido o con la espalda tiesa. Lo más grave es la falta de autoridad que se genera, debido al sentimiento compasivo y de sobreprotección hacia el niño que se muestra totalmente indefenso frente a sus temores. Lo último que desea un padre es ver sufrir a su pequeño, por lo tanto, casi siempre cede a sus peticiones. Esta situación, por lo general, se da de manera inconsciente, tanto de parte de los padres como de su hijo. Aunque resulte contradictorio, el niño puede estar utilizando el miedo como excusa para sentir el cariño de sus progenitores y, también, ¿por qué no?, librarse de ciertas obligaciones, como, por ejemplo, irse a la cama a determinada hora.

Entorno peligroso

Definitivamente, el miedo sirve para generar conductas protectoras; es decir, para evitar actividades o situaciones que puedan poner en riesgo la integridad personal. Curiosamente, la inseguridad ha crecido tanto en las grandes ciudades que constantemente se está verbalizando lo peligroso que es andar solo, que fulano fue víctima de un robo o de un secuestro, que en la casa de la vecina se metió un ladrón por el balcón… Todas estas conversaciones suelen escucharlas los pequeños, y en el peor de los casos, ellos también han sido víctimas de algún suceso parecido. No es de extrañar que estas tensiones sean exteriorizadas a través de esos miedos nocturnos.

Igualmente, en el lenguaje cotidiano se suele asociar a los "malos" con la oscuridad. En las películas los crímenes siempre ocurren de noche. Tampoco faltan las bromas: "Uy, qué oscuro, qué miedo…". Eso, sin contar las amenazas de los adultos para hacer obedecer a los más chicos.

Recomendaciones

De ninguna manera se debe tratar de
convencer al niño de que es una "tontería"
tenerle miedo a algo inofensivo, este no
es un método efectivo. Más eficaz resulta
acudir a frases alentadoras y cortas
como: "Ánimo, tú puedes solo",
"Anda, no pasa nada".

Tanto la sobreprotección como hacer
que se sientan avergonzados por su
"cobardía" son actitudes muy negativas
que pueden agravar el problema.
No hay que socorrerlos siempre,
pero tampoco hay que decirles
que son unos miedosos o peor aún,
compararlos con otros niños "más valientes".

Los juegos en los que se utiliza la oscuridad como pretexto pueden ser de gran ayuda. La gallinita ciega o buscar un tesoro en el cuarto oscuro, son algunos ejemplos.

Algunos estudios demuestran que inventar historias en las que el niño se vea identificado y surja el elemento al que teme para que sea eliminado por su personaje, tiene resultados beneficiosos en la dosificación del miedo.

Hay que prestar atención al ambiente de la habitación: mientras más agradable sea, menor será la probabilidad de que se suscite comportamientos emocionales negativos.

Establecer y seguir la rutina siempre será positivo; además, seguir todas las noches los mismos pasos —bañarse, cenar, cepillarse los dientes, leer un cuento y apagar la luz—, le dará seguridad.

Cuando se despierte asustado por una pesadilla, trate de confortarlo con la luz apagada.

Si no puede conciliar el sueño a oscuras, póngale una lamparita y cada día baje un poco la intensidad.

Ayude al pequeño a crear frases mentales que le sirvan de apoyo como, por ejemplo: "voy a ser valiente y puedo hacerlo muy bien" o "soy capaz de quedarme a oscuras".

Es importante que se premie al niño por sus actos de valentía y por cada progreso que experimente, esto lo incentivará a deshacerse de sus temores con mayor rapidez.



Foto: www.sxc.hu

Cuándo acudir
al especialista


A veces, por más que se trate, algunos niños no logran superar los miedos de manera natural. Si los padres notan que su hijo está en permanente angustia no deben dudar en llevarlo a un especialista. Puede ser que el pequeño esté padeciendo de un trastorno fóbico, que le acarrea serios malestares (fiebre, náuseas, temblores, desmayos) e interfiere negativamente en sus actividades cotidianas, escolares y sociales.

El psicólogo infantil tratará de determinar la verdadera causa de ese miedo tan perturbador, pues, en algunos casos, éste puede ser expresión de circunstancias más profundas que, inclusive, el mismo niño es incapaz de determinar con claridad. Una psicoterapia bien guiada conseguirá aliviarlo. Cristina González indica que "los chicos suelen ser los mejores pacientes: se desahogan con facilidad, son transparentes y mejoran con mucha rapidez".

Coordenadas
Cristina González.
Edif. Centro Profesional
Las Mercedes. Ofc. 21
Telf.: 0414 246.5739

Fuentes

www.elmundo.es/elmundosalud/
www.interrogantes.net
www.mujer.terra.es

Quitar las amígdalas

Un estudio realizado en la Universidad
de Stanford, en California (EEUU), demostró
que el extirpar las amígdalas o las adenoides
acaba con los terrores nocturnos. Al parecer,
la explicación está en que son los problemas respiratorios los causantes de este tipo de padecimientos. Los investigadores llevaron
a cabo este trabajo con un grupo de 84 niños
entre dos y 11 años de edad, y con otros 36
sin alteraciones del sueño. A todos se les
realizaron pruebas neurológicas. También
se hicieron entrevistas a los padres. De esta
fase preliminar, 61% de los participantes
resultó tener respiración anormal mientras
dormía. A la mayoría de los niños se les
sometió a la intervención quirúrgica,
y a seis de ellos no. A los seis meses
de seguimiento, ninguno de los infantes
tratados presentaba terrores nocturnos.
Sin embargo, los seis pequeños
sin tratar permanecieron igual.




 
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