María Callas
Su propia ópera
Hoy 16
de septiembre se
cumplen 30 años
de la muerte de esta
mujer hecha leyenda no sólo por sus indiscutibles dotes para el belcanto
sino, sobre todo,
por haber llevado
una vida marcada
por altos decibeles
de apoteosis
y tragedia
Por María Elisa Espinosa
Foto: www.latinstock.com.ve/ Corbis/ Federico Patellani
Controvertida cantante, diva y caprichosa, única e irrepetible. Pero, asimismo, perversa, alocada, genial, vanidosa, temperamental, duende que encantaba, animal sagrado… tigresa. ¿Qué no se ha dicho de Maria Callas? ¿Y qué otro tanto no ha sido recreado en las infinitas biografías y películas basadas en su poco más de medio siglo de existencia?
Hasta su último día —ese cuando apareció muerta en su apartamento de París— ha sido narrado como la ópera que resultó su propia vida: desayunó en la cama, salió y fue hacia el cuarto de baño, sintió un punzante dolor en su costado izquierdo y cayó desmayada. De vuelta a la cama, bebió un café fuerte, y, ante la ausencia de un médico en casa, se apeló al doctor de su mayordomo, pero llegó tarde. Ya Maria había muerto.
Sucedió el 16 de septiembre de 1977 y, si en algo coinciden sus historiadores y quienes la han adorado siempre, es en que la causa de aquella muerte tenía, por decir lo menos, un nombre y un apellido: Aristóteles Onassis.
Oficialmente, las razones de su deceso se resumieron en dos palabras: crisis cardiaca. Pero lo extraoficial —o lo más que evidente— fue lo que realmente importó: Maria Callas, la "divina", dejó de existir por falta de amor, y, quizás, por exceso de tranquilizantes.
Con respecto a lo del amor, se cuenta que ni siquiera le fue dado en el momento de su nacimiento, cuando su madre, anhelando un varón como descendencia, la tuvo a ella en su lugar. De hecho, se dice que aquel 2
de diciembre de 1923, en pleno Nueva York, una vez que la griega Evangelia Dimitriadis oyó el desafinado estreno de la voz de su pequeña bebé, simplemente rehusó cogerla en brazos.
¿Qué podría esperarse, entonces, de aquel hombre tan feo como magnate, tan intenso como el azul del Mar Egeo, cuando le tocó aparecer en su vida?
Acusado siempre de haber sido, en buena parte, responsable del declive de la carrera de la soprano más famosa de la segunda mitad del siglo XX, Onassis tampoco fue que hizo mucho —ni con sus actos ni con su hablar— para desmentir aquello.
Poco le importaron los momentos vividos junto a la Callas el día en que le propuso matrimonio, más bien, a Jacqueline Kennedy. Como tampoco le faltó ímpetu al griego para volver a buscar —aunque sin resultados— a la despechada diva una vez que comenzaran los problemas con la elegante viuda americana.
Sólo tras la muerte de él, dos años antes de la suya, fue que Maria, la siempre Maria, sucumbió nuevamente ante este hombre, aunque únicamente en sueños y pesadillas dentro de su lujoso apartamento parisino… Como quien se guarda hasta el final de sus días terrenales para un encuentro supremo y definitivo.
De cómo se hizo
Maria Anna Cecilia Sophia Kalogeropoulos era su verdadero nombre. Fue hija no sólo de la
mujer que la prefería varón,
sino además de otro inmigrante griego, George Kalogeropoulos,
quien se quedó en Estados
Unidos haciéndose cargo
de la farmacia Callas (así
bautizaron el negocio familiar)
cuando Evangelia resolvió
volver a su país dejando lo
andado en tierras ajenas.
La mujer llegó a Grecia en
1937 con una Maria adolescente
que comenzaría su formación
en el Conservatorio Nacional
de Atenas. Tomó clases de
canto con Maria Trivella
y de coloratura con la española
Elvira de Hidalgo. Para entonces,
destacaban en su cuerpo unos cuantos kilos de más que siguieron multiplicándose para resultar en uno de sus mayores complejos y una de las razones —sumada
a los insultos de la madre— para crecer como una muchacha triste.
Su debut dentro del belcanto se dio —no podía ser de otra manera— en el Teatro Lírico Nacional de Atenas con un rol en la opereta Bocaccio. Transcurría el año 1940, pero fue en 1942, con la ópera Tosca, cuando obtuvo su primer éxito.
Vicisitudes propias de la II Guerra Mundial le hicieron reapuntar la brújula hacia su padre, aunque también para encontrar futuro en su carrera. Paradójicamente, en el Teatro Metropolitano de Nueva York le ofrecen los principales papeles en dos producciones para las temporadas 1946-1947, pero los descarta: Fidelio de Ludwig van Beethoven y Madame Butterfly de Giacomo Puccini. ¿Los argumentos? No quería cantar Fidelio en inglés y consideraba que no encajaba en el rol de Butterfly.
Aunque sobre esto hay versiones: también se dice que los intentos infructuosos por acceder a audiciones privadas en la Gran Manzana la llevaron a Italia, donde se casa con un hombre 30 años mayor que ella, Giovanni Battista Meneghini, un industrial aficionado a la ópera, quien la ayuda a convertir este país, pero sobre todo la Scala de Milán, en su segunda casa, así como en la plataforma desde la cual vendrán éxitos más, éxitos menos.
No obstante, hay que decirlo también, la verdadera década brillante de Maria Callas se registró entre los años 1950 y 1960, cuando, asimismo, comenzaron a escu-chársele los primeros rugidos a la tigresa.
Para recordar por lo menos uno, valga aquel que sacara a colación su hermana Jackie cuando la madre —vía epistolar— le pide ayuda económica y ella le responde: "Es verano y hace buen tiempo. Vete al río y toma aire fresco. Y, si como dices, todavía necesitas dinero, lo mejor que puedes hacer es saltar al agua y ahogarte".
Temple y vulnerabilidad en dosis exactas, dicen que tenía, aunque con cuentos como éste se pueda creer que la Callas era, exclusivamente, reproches y reconcomio.
Hubo siempre en ella, sin embargo, mucha fragilidad, lo cual, también insisten sus biógrafos, pudo tener bastante que ver con la necesidad de deslastrarse de todo aquello que tanto le pesaba. Perdió, entonces, y en menos de dos años, un total de 40 kilos, convirtiéndose así —según los más implacables críticos de aquella era—
en un retrato mal delineado de la elegante estrella Audrey Hepburn.
Navegando en la zozobra
Lo demás es harto conocido: aquel affaire con Onassis, que comenzó con toda intensidad cuando se cerraba la década de los cincuenta, terminó sonando mucho más que lo caminado en su carrera como una cantante tan versátil (cosa que algunos le criticaban) como apasionada, que supo imprimirle a la ópera lo que ya tenía el teatro y el cine, sentando así las nuevas bases para la música dramática.
De esa manera, justa o injustamente, la década que la consolidó como artista de los grandes escenarios del planeta, daba paso a los años que la colocarían en cientos de revistas de la socialité y del exquisito mundo que le proveía el naviero más famoso y acaudalado de entonces.
Sufrió, sin embargo, mucho. De hecho, llegó a naufragar más de una vez. Pero pudo más que Aristóteles —al menos así parecía a ratos gracias a ese temple al que se aferraba tanto— y sobrevivió a sus innumerables desplantes e ironías viviendo, en ocasiones, uno que otro amorío, incluido, entre ellos, el que sostuvo con un homosexual reconocido, el director de cine Pier Paolo Pasolini, a quien intentó encarrilar sin mayor éxito.
"Enfrentémonos con la realidad: soy una mujer honrada, adorada y venerada, no una mujer que se acuesta con uno y con otro, sino al contrario, que dice no a todos.
Es un milagro que hiciera carrera. Soy alguien de quien pueden sentirse orgullosas muchas personas, pero no es así. Soy un peso muerto". Sería ésta una de sus últimas reflexiones de vida.
Pero hubo muchas más: "¿Sabes por qué el papel de Norma siempre es el que más me ha gustado?", le comentó a un amigo en su ocaso. "Ella elige morir antes que dañar al hombre que ama, aunque la hubiera despechado".
"Triunfó en la ópera pero fracasó en el amor", podría ser también un buen epitafio para la "diva", la "divina", para la "tigresa". Pero, en su caso, no hubo tumba. Tan sólo cenizas, que fueron esparcidas por el Mar Egeo como un último tributo a la diosa. Una diosa que, sin embargo, sigue viva. Viva, palpitante como su propia obra.
mespinosa@eluniversal.com
| Divina diva |

• Obviamente, no pasará en vano la conmemoración del 30 aniversario de la muerte de la Callas.
Entre los eventos organizados se incluye una
muestra de objetos que pertenecieron a la diva, exhibidos hasta el próximo octubre en la galería
de la Fundación del Parlamento griego, en Atenas.
• En la exposición, igualmente, se puede ver
un video especialmente editado para la ocasión,
en el cual aparece triunfante en sus mejores días,
así como durante aquel tiempo en que las cámaras sólo tenían ojos para verla junto al magnate
Onassis. De hecho se puede disfrutar de una
imagen en la que bailan juntos, evidenciándose
que la mujer le llevaba una cabeza al gran amor
de su vida.
• Su tipología vocal resultó siempre muy difícil de clasificar, entre otras cosas, como bien lo han apuntado los entendidos, debido a su particular timbre de voz, que no era bello, según los cánones de la época. Asimismo, sus agudos a veces eran chillones y, en ocasiones, sus graves eran más bien ásperos, pero con una gran capacidad para matizar.
• Su técnica, en todo caso, le permitió abordar estilos tan distintos como los de Giuseppe Verdi, Gioacchino Rossini, Amilcare Ponchielli, Gaspare Spontini, Vincenzo Bellini, Luigi Cherubini, Gaetano Donizetti, Giacomo Puccini y Richard Wagner.
• No obstante, sus grandes creaciones, las que
mejor calzaron en Maria Callas, fueron los papeles principales de Norma, La Traviata, Lucia, Tosca, Macbeth, La Gioconda, Il Trovatore
y La Sonnambula.
• Rivales no le faltaron, entre las que siempre
resonó la soprano Renata Tibaldi. Así como
tampoco han faltado aquellas cantantes líricas
a quienes, tras sus éxitos y dotes, las quisieron etiquetar como las nuevas Marias Callas; entre
ellas: la griega Elena Suliotis, la húngara Sylvia Sass
y las chilenas Verónica Villarroel y Cristina Gallardo-Domâs.
Fuentes: www.elmundo.es / www.lamusica.emol.com
Http: // es.wikipedi.org / www.danzaballet.com / Http:/ encolombia.com
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