Sol por
Edades
La piel va
cambiando
a lo largo de
la vida. En la
infancia y en la
madurez se
muestra
especialmente
vulnerable
a la agresión
solar
Foto: Archivo
El fototipo no es el único determinante en la elección del fotoprotector. La edad también cuenta. Y aunque el daño solar no sea inmediato, en muchos casos, tarde
o temprano, una exposición inadecuada puede pasar una elevada factura.
Infancia
Si hay una época en la vida en la que hay
que extremar las precauciones, esa es la infancia. Hasta los seis meses los bebés
nunca deben exponerse al sol de forma
directa; a partir de entonces, y hasta los
tres años, conviene extremar las medidas:
los pequeños deben ir siempre protegidos
con camiseta, gorra y cremas con altos
factores de protección, pues su piel es mucho más frágil y sus mecanismos de termorregulación no están suficientemente desarrollados. Por eso, a veces, es demasiado tarde y el niño sufre el llamado eritema actínico con enrojecimiento
de la piel, quemaduras, fiebre, náuseas, insomnio, etcétera. Además, las radiaciones solares se graban sobre la piel y su efecto se va acumulando con la edad. Existen investigaciones que relacionan directamente las quemaduras solares en la infancia con la aparición de melanomas malignos a una edad adulta. A la hora de proteger
a los niños, suelen ser mejores los productos con pantalla solar que los que tienen filtros, ya que los primeros poseen un bloqueador contra las radiaciones solares,
no se absorben por la piel debido al mayor tamaño de las partículas, y, además,
son inertes y fotoestables. Asimismo conviene emplear productos resistentes
al agua y a la arena, y, por supuesto, reaplicarlos cada vez que los menores
salgan del agua.
Adolescencia
Aunque a estas edades la piel ya es mucho más madura no hay que bajar la guardia, porque aunque se recupera rápidamente de la agresión del astro rey, el capital solar va disminuyendo a medida que nos vamos exponiendo al sol. Además, en esta etapa de la vida muchos jovencitos sufren un problema que les puede llegar a causar complejos: el acné. Este surge como consecuencia de los altos niveles en sangre de progesterona y testosterona, lo que hace que las glándulas sebáceas trabajen excesivamente llegando a obstruir los poros y provocando los granitos y puntos negros. Muchos adolescentes ven en el sol un verdadero aliado para acabar con el problema, aunque realmente sólo lo disimula. Aunque, efectivamente, el sol seca los granos también hace algo más: con el bronceado la piel se torna más gruesa temporalmente, los poros se cierran, y, de ese modo, las glándulas sebáceas permanecen "encerradas" bajo la superficie de la epidermis. Pero cuando pasa el tiempo, la piel recupera su grosor inicial y el problema reaparece con más virulencia.
De los 20 a los 30
En términos generales, las pieles en esta etapa de la vida suelen mantenerse jóvenes y tersas por lo que la hidratación diaria y, por supuesto, la protección, serán suficientes para mantenerla en buen estado. Eso sí, si se toma la píldora anticonceptiva también hay que tener otras precauciones, ya que este fármaco es fototóxico, absorbe mayor radiación solar y puede producir, al combinarse con el sol, manchas en la piel.
Otro factor que puede propiciar la aparición de manchas en la piel a esta edad es el embarazo. Se trata de manchas de color café con leche, que tras el parto no siempre desaparecen.
De los 30 a los 40
A partir de los treinta años la cosa cambia. Entramos en la década fronteriza entre la juventud y la vejez de la epidermis. Todas las precauciones son pocas si se quiere gozar de una piel bella durante la madurez. A esta edad es cuando empiezan a aparecer las primeras patas de gallo, las arrugas y se evidencia una pérdida de elasticidad y firmeza en la piel. Entre los múltiples factores que provocan el envejecimiento prematuro de la piel se encuentra la exposición al sol.
La estrategia: sobreprotección solar y contraatacar la formación de radicales libres con fórmulas antioxidantes. Conviene prestar especial atención al contorno de los ojos y de los labios. Además, el sol es también uno de los desencadenantes de la aparición de ojeras. Y por si todos estos motivos no fueran suficientes para huir de él, se debe recordar que los rayos ultravioleta de tipo A penetran hasta la dermis desgastando las fibras de elastina y el colágeno, lo que acentúa lo que ya, por razones de edad, empieza a vislumbrarse: la flacidez, en el rostro y el cuerpo.
De los 40 a los 50
La década de los cuarenta supone un importante bajón para la piel. La capa dérmica se adelgaza, la producción de lípidos se reduce considerablemente, los niveles de colágeno y elastina descienden en picada y todo ello se manifiesta en una piel más sensible, áspera, seca, tirante y con más arrugas. Si esto se combina con un exceso de sol, los daños se multiplican. Pero aún hay más: los melanocitos pierden la capacidad de síntesis de la melanina por lo que es difícil conseguir un bronceado uniforme y aparecen las manchas o lentigos solares. Estos suelen manifestarse en las zonas más expuestas —dorso de las manos, cara, escote y antebrazos— como consecuencia del daño solar acumulado a lo largo de toda nuestra vida. Por todo ello, es vital extremar los cuidados y hacerse con toda la artillería solar: productos preparados, cremas de protección ricas y untuosas, así como productos reparadores que contengan activos antienvejecimiento.
De los 50 en adelante
Llega la menopausia y con ella, además de numerosos cambios físicos y psíquicos, también
se producen transformaciones en la piel. Junto
con la disminución de estrógenos se pierde
parte del colágeno encargado del espesor
de la dermis, la regeneración celular se reduce
casi a la mitad, la piel retiene menos cantidad
de agua… y todos los problemas que nos acechaban en la década de los 40 se agudizan
al sobrepasar la barrera de los 50. De esta
forma, se produce un aumento de las arrugas,
la relajación de los músculos cutáneos, el adelgazamiento de la piel, y la deshidratación… Por eso hay que reforzar —¡aún más!— la prevención y protección solares porque las radicaciones ahora actúan sobre una piel más
frágil y desprotegida, cuyos melanocitos no
son tan abundantes y efectivos como antes.
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