- La camisa "chiconomic"
de Hugo Espina
-

Oliver Stone
"Es difícil no dividir opiniones"

-

El divertido caso de ser gemelas

- Tras la sombra de una estrella
TENDENCIAS
PROTAGONISTAS
-

Hannah quiere ser normal

- ¡Cómo han pasado los años!
- Los cinco imprescindibles de...
LA CARACAS DE...
- Alberto De Castro
MODA
-

Detalle en pink

GASTRONOMÍA
- 5 delicias
que dan contento
TECNOLOGÍA
-

!Vamos a twittear!

VIVIR MEJOR
BELLEZA
- Cabello radiante
SALUD
- Así se entrena
tu memoria
TENDENCIAS
- Sigue tu intuición
COCINA
- Delicias afrutadas
MASCOTAS
-

Vacunación oportuna

PUNTO Y APARTE
CRIMENES
HORÓSCOPO
HUMOR
CRUCIGRAMA
crucigrama.shtml
ARCHIVO
CONTACTENOS

CRÍMENES MAX HAINES
 

SE HIZO JUSTICIA CON UN LINCHAMIENTO

La pareja de asesinos nunca imaginó lo desacertada que resultaría su elección de la víctima

Tendemos a creer que los linchamientos pasaron de moda después de la desaparición de los vaqueros y los cuatreros. Resulta perturbador enterarse de que esta práctica desagradable, quizás, incluso, absolutamente repugnante, estaba muy en boga hasta bien entrado el siglo XX en muchas áreas de Estados Unidos.

En 1933, Alex Hart era dueño de una de las tiendas por departamentos más grandes de San José, en el estado de California. Su hijo Brooke, de 22 años, acababa de graduarse en la universidad y de ser nombrado socio minoritario del próspero negocio.

A las 6:00 pm del 9 de noviembre de 1933, Brooke, su padre y su hermana fueron las últimas personas en salir de la tienda. Cerraron con llave y esperaron mientras el joven caminaba tres cuadras hasta el estacionamiento para recoger el vehículo Studebaker de la familia.

Alex Hart y su hija esperaron cierto tiempo antes de llegar a la conclusión de que quizás Brooke había pensado que no tenía que pasar a buscarlos. Se fueron a casa, pero allí tampoco había señales de él. Después de llamar a sus amigos, decidieron notificar a la policía. A eso de las 10:00, el terrible pensamiento de que Brooke podía haber sido secuestrado cruzó las mentes de los familiares. A las 10:30, sus peores temores se materializaron. Alex recibió una llamada telefónica. "Tenemos a su hijo. Queremos 40.000 dólares por él. No avise a la policía si desea volver a verlo vivo".

Alex informó a la policía de la llamada, pero no se supo nada más de los secuestradores durante varios días. Cuando nadie lo esperaba, una jovencita tocó la puerta de la casa de los Hart; tenía una nota que dijo que se la había dado un desconocido, quien le pidió que la entregara en esa residencia. En el pedazo de papel estaban escritas estas palabras: "Tenemos a Brooke y estamos tratándolo bien".

Unos sesenta hombres lograron pasar... sólo había TRES oficiales entre ellos y los asesinos

Al día siguiente encontraron el auto en las afueras de San José; el vehículo no aportó ninguna pista. Los secuestradores se mantuvieron en contacto; una vez más llamaron a Alex el 15 de noviembre y le dieron instrucciones detalladas en cuanto a dónde debía dejar el dinero del rescate. En esta ocasión la llamada pudo ser rastreada. La policía se dirigió rápidamente a un estacionamiento de San José y detuvieron a un tal Harold Thurmond.

Ahora bien, Harold no era un criminal común. Venía de una familia respetable y nunca había estado involucrado en ningún problema. Cuando lo interrogaron, le dijo a la policía que tenía un cómplice, Jack Holmes, quien también fue detenido.

Los dos hombres confesaron y les contaron a las autoridades la misma historia. Ambos estaban desempleados y habían tenido tiempo para tramar su plan de aficionados. Agarraron a Brooke en la calle mientras se subía al auto. Con el cautivo a bordo, condujeron el Studebaker hasta el puente San Mateo-Hayward. Una vez allí, uno de ellos golpeó a Brooke con un ladrillo que habían llevado específicamente con ese propósito. Los dos secuestradores amarraron al joven con cable a un bloque de concreto para que se hundiera en el río.

Justo cuando estaban por arrojarlo desde el puente, Brooke recuperó el sentido y comenzó a gritar. Lo lanzaron al agua. Para asegurarse de que muriera, Harold le hizo varios disparos al joven, pero no creía que le hubiera acertado.

Fue un despiadado y cruel relato de asesinato, y había una gran preocupación por la seguridad de los dos asesinos confesos. Fueron enviados a la Prisión de San Francisco para garantizar su seguridad. Inexplicablemente, seis días después fueron transferidos a la Cárcel del Condado de Santa Clara, de menos seguridad, y alojados en celdas separadas en pisos distintos.

Diecisiete días después del secuestro, se encontró el cadáver de Brooke. Dos hombres que cazaban patos se toparon con el cuerpo sin vida al sur del puente. La losa de concreto que usaron para que el cuerpo se hundiera se había soltado.

En San José, la noticia del asesinato se difundió por la comunidad. Era como si la ciudad esperara una excusa para hacer algo: el descubrimiento del cadáver, lo cual confirmaba el terrible rumor, fue esa excusa.

Una multitud, calculada en 15.000 personas, se congregó frente a la cárcel. Muchos eran jóvenes de la misma edad de Brooke y de los dos hombres detenidos. Algunos eran ex compañeros de escuela de la víctima. A los niños los levantaban en brazos para que pudieran ver mejor lo que estaba por ocurrir.

El alguacil Bill Emig estaba consciente de que había una atmósfera muy tensa. Estaba preparado para tal eventualidad; había solicitado la ayuda de 20 oficiales. Armados con escopetas y gas lacrimógeno, se apostaron en cada ventana y puerta. Alex Hart, a pesar de sentirse devastado por la muerte de su hijo, logró reunir suficientes fuerzas para dar un conmovedor discurso frente a la cárcel e implorar a la muchedumbre que se fuera a casa. Apenas fue escuchado en medio de la algarabía de la gente.

Emig había establecido barricadas. Unos 60 hombres embistieron contra las barreras y fueron repelidos con gas lacrimógeno. En el cuarto intento, lograron pasar. Con tablones y tubos que tomaron de una construcción cercana, rompieron las puertas de la cárcel. Adentro, sólo había tres oficiales entre ellos y los asesinos; los agentes fueron rápidamente desarmados.

El ayudante John Moore fue obligado a conducir a la multitud a la celda de Jack Holmes. Éste, aterrorizado, imploró: "Por amor de Dios, denme una oportunidad". La turba rió y procedió a darle una severa golpiza a su presa. Luego siguió a la celda de Harold Thurmond. Estaba vacía. Harold, presa del miedo, había logrado encontrar un lugar para ocultarse en el techo. Lo vieron, lo hicieron bajar, lo amarraron con una cuerda y lo arrastraron por las escaleras, con la cabeza por delante. Los dos hombres fueron llevados al parque St. James. Harold fue colgado de un gran árbol. Su ejecución no se llevó a cabo según lo previsto; se asfixió en el extremo de la cuerda. Jack fue obligado a mirar el cadáver de su amigo antes ser ahorcado él también. Alguien de la turba sabía cómo hacer un nudo para ahorcamiento, por lo que Jack no sufrió tanto como su compañero. Todo había concluido. La muchedumbre siguió adelante; desgarró la ropa de los dos muertos para llevarse "recuerdos". Los ciudadanos se ufanaban de haber participado en el linchamiento. Durante años se pudieron comprar recuerdos de los acontecimientos en San José y en sus alrededores.

Se realizó una investigación en torno a las dos muertes, pero no se formularon acusaciones ni nadie fue jamás enjuiciado por el linchamiento.

El gobernador de California expresó los sentimientos de la ciudad cuando afirmó: "Perdonaría a esas personas si alguna fuera acusada. Les entregaría todos los secuestradores de las prisiones de San Quentin y Folsom a los patrióticos y buenos ciudadanos de San José".

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso