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Sinceramente
Hilda

Reservada y celosa de su vida personal, la actriz habló con franqueza de sus miedos, sus anhelos y su futuro profesional. En una larga conversación confesó que hoy es una nueva mujer. Raúl Chacón Soto. fotos: Guillermo Felizola

Cuando se le ve de pie, esperando, no se puede dejar de pensar en una femme fatale, en una de esas sensuales y peligrosas mujeres que habitan tanta película de cine negro. No están ausentes las curvas, por supuesto, a las que una ceñida falda marrón y una blusa negra sin escote —ni falta que hace—, saben dar realce, mientras se dirige, marcando el paso, hacia la sala donde se realizará la entrevista. No la contradicen, tampoco, el tono de la voz, grave, profundo; y, mucho menos, las bocanadas de humo que expele del único cigarrillo que se fumará durante todo el encuentro, y que apaga apenas se acomoda en el asiento y cruza una de sus piernas cubiertas por unas largas botas de cuero negro. La imagen permanece unos instantes, domina el ambiente mientras se abren paso las primeras preguntas... ella misma, con sus respuestas, se encarga de desvanecerla.

Hilda Abrahamz es intimidante a primera vista. Es, sin duda, una mujer de fuerte presencia. Ella lo sabe e, incluso, así se define en algún momento del encuentro. No deja de sorprender, entonces, que apenas iniciada la conversación, hable de sí misma como una persona en plena búsqueda espiritual, como alguien que está viviendo una etapa de renovación, donde lo importante es conocerse y aprender a quererse. Sus palabras podrían tomarse a la ligera -sabida la onda new age que impera por estos días en el medio artístico-, pero no las repetidas veces que deja entrever la insatisfacción por la manera que llevaba su vida y las pérdidas que ha tenido que afrontar para llevar adelante el cambio. “Yo estoy ahora en una etapa de conocerme a mí misma, de saber lo que soy, de saber lo que quiero... y eso implica dejar de lado muchas cosas con las cuales estoy a disgusto, que nunca me han hecho feliz con respecto a mi persona, a mi manera de conducirme. Algo que aprendí, y es una verdad que alguien me dijo, es que la felicidad no es externa, va de adentro para fuera... que no es algo que te dan, que obtengas materialmente. Uno llega a esa conciencia a través de los golpes. Yo llegué porque alguien me dijo: ‘tú no te valoras a ti misma, tú no te quieres’... si tienes un novio, o un marido crees que esa es la persona que te va ser feliz, y eso es mentira. Lo he vivido y lo he comprobado. No hay nadie que te pueda dar la felicidad si no estás en paz, y es el conocimiento de ti misma, de lo que eres, de dónde vas, de por qué estás aquí, lo que te lleva a sentirte bien, pero es un proceso muy duro porque tienes que dejar muchas cosas atrás. Incluso puedes dejar amigos, relaciones, que te das cuenta de que no... rompes con muchas cosas, es duro”.

Hilda lo dice con convicción. Lo dice tantas veces que hasta cabe la pregunta de si está practicando alguna doctrina o religión en especial, algo a lo que contesta con un rotundo no. Lo de ella es una búsqueda individual, personal, a la que se ha dedicado con ahínco.

De la actriz poco se encuentra al rastrear en Internet a pesar de que se ha mantenido trabajando constantemente, sobre todo, en la pantalla de RCTV. Ella dice que ha sido un descuido de su parte, un abandono que está dispuesta a enmendar. De allí las fotos con Guillermo Felizola, donde se muestra renovada, tal como asegura sentirse hoy. Por ello también esta entrevista, donde insistirá en que no es la mujer que muchos creen, esa a la que tanto personaje de malvada y sensual ha contribuido a modelar. Las pocas entrevistas que se le han hecho, son, justamente, las que obedecen al lanzamiento de una nueva telenovela, donde habla del personaje de turno. En esta ocasión, el que la tiene en el tapete es el de Constanza, en Estrambótica Anastasia, un rol de “buenota” sin cerebro al que asegura haberle tomado el pulso recurriendo, entre otros recursos, a la imitación de la voz de Marilyn Monroe. “Cuando Martin (Hahn) me entregó el personaje dije ‘gracias a Dios voy a poder hacer una caracterización’. Estoy muy contenta. Constanza es tan bruta, tan despistada, tan divina, tan ingenua... y me da la oportunidad de manejar la comedia que me gusta muchísimo. Pero yo tengo una voz muy fuerte, así que la única manera de atacar el personaje, para que realmente me saliera, era poniéndole una vocecita. Y pensé en Marilyn... y creo que salió algo aceptable, que se ve en pantalla y es creíble. Para que la voz salga tengo que ir poco a poco hasta que logro encontrarla. Me produce una irritación en la garganta”.

En su ya larga trayectoria en la televisión, la actriz ha hecho infinidad de personajes, pero pocos como aquel de Maniña Yerichana en Kaína, que todavía muchos recuerdan como su mejor papel. Es justamente el primero que menciona cuando se le pide que hable de los roles que más satisfacciones le han dado, aunque prefiere no adjudicarle el título del mejor de su carrera; opta, más bien, por hablar de un antes y un después. “A partir de Kaína tengo un nombre. Esa es la importancia que tiene. Además de haber sido un personaje espectacular, con una magia indescriptible, como ninguno otro que haya hecho”. Y ha hecho muchos, Candela Pabuena, en Carita Pintada, y Olimpia, en Mi gorda bella, una malvada estereotipada, son dos de los que más se enorgullece, pero queda la sensación de que aún el gran personaje está por llegar. Aunque ya no queda mucho tiempo, a juzgar por los severos patrones con los que juzga el porvenir en su carrera.

Muchos han sido los rostros de Hilda durante su trayectoria de 23 años. En la foto de arriba se le ve en sus comienzos, mientras que la del medio es un retrato del personaje Maniña Yerichana en Kaína

El imperio de la imagen
Avanza la conversación e Hilda se va relajando. De reojo, a veces parece una veinteañera ensayando posturas en el sillón. Ayudan el cabello, con el que no se cansa de jugar, la delgadez del cuerpo, la ropa que lleva encima. Es coqueta, lo sabe y ella misma lo dice. Habla, entonces, de su futuro en el medio. Y suelta otras frases inesperadas: “Yo siento que tengo diez años más de carrera. Yo tengo talento pero siempre la apariencia es muy importante. Es duro”. En ese momento cambia el tono de la voz y continúa: “Mi físico me ha ayudado a estar donde estoy, pero es una de las cosas más pesadas con las que tengo que cargar. La gente te quiere ver bien, siempre te quiere ver más bonita y nunca te perdona que te pongas fea. Es muy duro. Yo estoy bien porque me gusta verme bien. Además soy muy coqueta. Gracias a Dios tengo una buena genética. Yo me cuido, no hago grandes esfuerzos, pero sigo una dieta, voy al gimnasio. Tampoco soy una obsesiva del ejercicio ni de los productos de belleza. Me limpio y me lavo la cara como todo el mundo y me echo un tónico o un hidratante todos los días, y más nada... Voy al gimnasio tres veces a la semana, como dulces los sábados y domingos... pero es mi cuerpo. Y a veces la gente me dice ‘¿qué te has hecho ahora?’... ¡Y yo no me hago nada! Lo que pasa es que vivimos en un mundo prefabricado, donde la gente está haciéndose siempre algo nuevo. Yo, gracias a Dios, todavía no me he hecho nada, pero eso no significa que no me lo vaya a hacer más adelante, cuando mi piel esté más flácida, cuando necesite realmente recogerme la cara, y lo voy a hacer, porque a mí me gusta... En algún momento de mi vida dije, esto es vanidad, pero no, es autoestima, que es distinto. Mi imagen ha sido algo que ha penetrado mucho en la gente... el hecho de que con la edad que tengo me veo muy bien... No quisiera que fuera así. Por eso no quisiera estar viejita en el medio. Me gustaría retirarme en un determinado momento”.

Frente a ese argumento no hay peros que valgan. Se le habla de renombradas actrices que han seguido vigentes en la pantalla. De grandes papeles logrados a los 60 y los 70 años. Para ella no son más que excepciones que confirman una regla tajante: la industria está hecha por jóvenes para los jóvenes. Es la ley del dinero. Y bajo esta ley la apariencia es la reina: “La belleza es un arma de doble filo; mientras te conservas bien... pero en el momento en que no estés bien... no lo sé, lo he pensado. ¿Desaparecerá la imagen que ellos tienen de ti? ¿desaparecerá la Hilda Abrahamz que ellos ven?, de repente el talento puede seguir, puedo ser, incluso, mejor actriz, pero... no sé cómo explicártelo. A mí la gente se me acerca en la calle y me dice ‘qué bien estás’, ‘qué bonita eres’. Admiran esa parte de ti, que te ven bien a pesar de los años. Me pasa muchísimo”.

El tema de la vejez sale a colación. Lo menciona cuando se le pregunta sobre sus temores. Ahora profundiza: “Lo que yo veo alrededor de todas las personas mayores es eso de ‘la abuela está chocha, qué fastidio’. Llegar a tener que depender de alguien es lo más duro. No es sólo porque te veas fea, porque tu piel se deteriora, porque envejezca todo... A mí me parece terrible. Aun con eso de que con los años viene la sabiduría. A mí no me gustaría llegar a una edad muy avanzada. Cuando me pongo a pensar en eso... mejor dicho, no me pongo a pensar en eso. Cuando llegue lo tendré que vivir y ya”.

La conversación se había puesto seria. Hilda se preocupa por no parecer dramática. La oportunidad es, entonces, para que hable de cómo es ella, más allá de los papeles que interpreta: “Soy una mujer de carácter, cuando hay que tenerlo. Soy una mujer que infunde mucho respeto. A mí la gente me tiene miedo y no sé por qué. Creo que es una imagen que la gente se crea. Sé que tengo una presencia imponente y una personalidad fuerte, pero es que soy muy estricta en mis convicciones, por eso es que me ven dura. Y lo soy con mis cosas, con mi trabajo, con lo que tiene que ser. A veces soy intolerante. Pero hay gente que me conoce realmente, y en mi trato soy amable, afable, cordial. Yo me llevo bien con mis compañeros. Amigos no tengo en el canal, pero me llevo bien con todos. Hay un nexo de cariño profundo, porque siento que RCTV es como una familia. ¿Qué me gustaría que se supiera de mí? Que soy más buena que el pan, que soy una maravilla”. Y suelta la risa.l

rchacon@eluniversal.com

En instantáneas

¿Qué le agradeces a la vida?
“La vida misma”.

¿A quién extrañas?
“A veces extraño una parte de mí que se ha quedado atrás: la niña”.

¿Qué te hace sonrojar?
“Los piropos”.

¿Cuál es el principio que nunca sacrificarías?
“La verdad... la honestidad”.

¿A quién te pareces?
“Todos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios”.

¿Cuál es el objeto más valioso que tienes?
“Estoy en una etapa de crecimiento espiritual. Lo que más valor tiene en este momento es haberme descubierto. Quererme a mí misma”.

¿Sin qué no puedes vivir?
“Sin amor...”.

¿Una rutina indispensable?
“Bañarme... y cuando llego, me vuelvo a bañar”.

¿A qué le tienes más miedo?
“A la oscuridad, a quedarme sola. También a la vejez”.

¿Con cuál prejuicio has tenido que luchar?
“Con eso de que por ser bonita eres superficial”.

¿Tu peor vicio?
“El chocolate, los dulces”.

¿El mayor mito sobre el sexo opuesto?
“Que son el sexo fuerte”.

¿El talento que más envidias?
“La sabiduría”.

¿A qué te huele tu infancia?
A trinitarias. Mis hermanas y yo —son cinco mujeres—, vivíamos en una casa con un jardín muy amplio. El muro estaba cubierto por trinitarias. Mi mamá nos daba unas botellas de malta y nos decía, vayan a cazar pegones. Siempre lo recuerdo”.

¿Qué no puede faltar en tu nevera?
“Salchichas de pavo y pollo, queso, huevos y Coca Cola light... y casabe, como kilos y kilos, pero eso no lo pongo en la nevera”.

¿Lo más difícil de tener pareja?
“Escuchar... amarse incondicionalmente”.

¿Qué te hace perder el control?
“Que no me escuchen, que me mientan”.

¿Qué te pone nerviosa?
“Llegar tarde al trabajo. Soy muy puntual”.

¿Cuál es el objeto más tonto que atesoras?
“No considero nada de lo que atesoro tonto. No soy de las que coleccionan cosas”.

¿Cuál es el mayor favor que te han hecho?
“Recuerdo a una persona muy especial cuando yo entré a concursar en el Miss Venezuela: Ignacio Font Coll. Cuando fui a renunciar bajo la presión de mi familia, me dijo: ‘por favor, quiero que te quedes, yo te voy a ayuda, te veo una gran carrera’... nunca me voy a olvidar de eso”.

¿En quién te gustaría reencarnar?
“No sé... pero creo que me he portado bastante bien como para que mi próxima reencarnación sea más suave. Aunque no me puedo quejar de la vida que he llevado”.

¿Qué idioma te gustaría hablar?
“El italiano. Siempre me ha gustado. Nicola Di Bari me encantaba. Muchos amigos, o novios que tuve, tenían descendencia italiana, y mi actual esposo también”.

¿Qué cambiarías de tu físico?
“A ver... Nada”.

¿A quién le pedirías un autógrafo?
“No me gusta pedirlos. Pero me encantaría conocer a Bono, a Sting y a Robert de Niro”.

¿Qué escena bíblica te gustaría presenciar?
“Las bienaventuranzas, porque son nuestras primeras enseñanzas de amor. Me parecen bellísimas”.

¿Por qué venderías tu alma?
“No la vendería. Porque eso es lo que soy. El cuerpo muere”.


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