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La
sal de la vida
John Briffa
Se sabe que la sal hace daño. Está
al acecho en los lugares donde uno menos lo imaginaría -como
el cereal.
Durante siglos, la sal ha sido venerada y
usada en todo el planeta para reforzar el sabor de los alimentos
y para preservarlos. El deseo de comer con sal no ha disminuido:
muchos agregan sal a la comida mientras cocinan o cuando se sientan
a la mesa. Este mineral está siempre presente en la mayoría
de los alimentos procesados. Una pequeña cantidad es importante
para mantener el balance en la bioquímica del organismo.
Sin embargo, las investigaciones sugieren que demasiada sal puede
aumentar la presión sanguínea, incrementando el riesgo
de problemas circulatorios como enfermedades cardíacas y
apoplejías. Las evidencias señalan que las consecuencias
para la salud de una dieta con alto contenido de sal pueden dejar
un sabor nada agradable.
Numerosos estudios han sugerido que el alto consumo de sal puede
"disparar" la presión sanguínea. Para nadie
es un secreto que la industria salina ha defendido a viva voz su
producto. No obstante, a pesar de sus protestas, muchas investigaciones
científicas realizadas en los últimos diez años
sostienen la idea de que la sal puede aumentar los problemas de
alta presión sanguínea.
La presión sanguínea se mide en milímetros
de mercurio (mmHg), y se expresa en dos valores, uno sobre el otro;
por ejemplo, 120/70. El valor más alto corresponde a la presión
sistólica, la presión máxima que ocurre durante
la contracción del corazón. El más bajo representa
la presión diastólica, la restante en el sistema entre
cada latido.
El aumento en la presión sanguínea se ha considerado
por mucho tiempo como un factor de alto riesgo en las enfermedades
cardíacas y apoplejías. Un estudio reciente, publicado
en la revista médica Lancet, encontró que en individuos
con edades entre 40 y 69, un aumento en la presión sanguínea
sistólica de 20mmHg estaba asociado a un doble riesgo de
muerte debido a estas enfermedades.
Los estudios indican que la reducción en el consumo de sal
podría tener implicaciones considerables en la salud pública.
Recientemente, investigadores de la Unidad de Presión Sanguínea
del Saint George's Hospital, en Londres, analizaron información
proveniente de 29 estudios que examinaban el efecto de una reducción
en el consumo de sal en la presión sanguínea. Según
los datos, si el consumo de sal se recortara a la mitad se observarían
disminuciones significativas en la presión sanguínea
de la población.
Al reducir el consumo de sal en la dieta diaria se podría
lograr una disminución de entre 9 y 14% en las muertes por
enfermedades cardíacas y apoplejías, respectivamente,
en las personas que sufren de alta presión sanguínea.
Resulta interesante, sin embargo, saber que quienes no tienen problemas
de alta presión sanguínea también pueden reducir
el riesgo en cierta medida.
La mayor parte de la sal que consumimos proviene de los alimentos.
Los refrigerios condimentados, los vegetales enlatados, el queso
y las carnes procesadas constituyen fuentes obvias. Pero se pueden
encontrar altos contenidos de sal en donde menos se piensa. Las
hojuelas de maíz del cereal, una a una, contienen incluso
más sal que el agua de mar. Una estrategia bastante segura
para ayudar a mantener la salud a largo plazo consiste en reducir
la ingestión de alimentos preempacados y la sal que contienen.
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