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| Una vida
con arte |
1942. Nace en Buenos Aires
el 15 de noviembre. A los cinco años comienza a estudiar
piano con su padre.
1950. Primer recital público.
1952. La familia emigra a Israel. Debuta en Roma y en Viena.
1954. Estudia con Igor Markevich y con Nadia Boulanger.
1955. Comienza a tocar en las principales ciudades de Europa
y de Estados Unidos.
1965. Con la English Chamber Orchestra, de Londres, graba
la integral de los conciertos para piano de Mozart, tocando
y dirigiendo a la vez.
1967. Se casa con la violoncelista Jacqueline Du Pré.
Con ella, Pinchas Zukerman e Itzhak Perlman, conforma un célebre
grupo de cámara.
1969. Se inicia como director de las grandes orquestas filarmónicas
de Berlín, Viena, Nueva York, y las sinfónicas
de Chicago y Cleveland, entre otras.
1973. Debuta como director de ópera con Don Giovanni,
de Mozart, en el Festival de Edimburgo. Ocupa el cargo de
director de Orquesta de París, que conserva hasta 1989.
1987. Después de una larga enfermedad muere Jacqueline
Du Pré. Ese mismo año se casa con la pianista
Elena Bashkirowa, madre de sus dos hijos, David y Miguel.
1991. Ocupa el cargo de director de la Orquesta Sinfónica
de Chicago y, al año siguiente, el de director de la
Opera de Berlín.
1999. Funda con Edward Said la West-Eastern Divan, por la
que en 2002 reciben el Premio Príncipe de Asturias
a la Concordia.
2002. Premio Tolerancia de la Academia Evangélica de
Tutzing, Alemania. Obtiene la Gran Cruz al Mérito de
la República Federal de Alemania.
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Daniel Barenboim
Sin fronteras
Claudia Selser
Es titular de la Orquesta Sinfónica
de Chicago y director artístico de la Opera de Berlín,
pero cosecha premios por haber logrado la utopía de una orquesta
de jóvenes árabes, israelíes y alemanes.
Menudito, con un smoking hecho "como para
un caballerito de pantomima", responde a los aplausos del público
multitudinario con una venia que en los diarios del día siguiente
los críticos van a encontrar graciosamente militar, pero
militar de juego infantil. Después se sienta al piano e interpreta
el Concierto Nº 1 de Prokofieff.
Es enero de 1957. El piano ocupa el centro del Carnegie Hall de
Nueva York. El chico se llama Daniel Barenboim, tiene 14 años
y unas manos asombrosamente pequeñas. Es argentino pero vive
en Israel.
La orquesta, que el día anterior acompañó por
la Séptima Avenida el cortejo fúnebre del gran Toscanini
lo aplaude ahora de pie. ¿Se trata de un genio? Sí;
el oído lo ayuda en más de un sentido y de manera
prodigiosa: habla bien español, inglés, francés,
está aprendiendo el hebreo, y se sabe de memoria sesenta
grandes obras de orquesta; entre otras, todas las sinfonías
de Beethoven, con excepción de la Novena. Pero su padre,
Enrique Barenboim, profesor de piano y maestro de Daniel, quiere
que sea un niño normal. Por ese tiempo no lo dejan tocar
más que una hora y media al día. Ni puede más
porque está haciendo su bachillerato, no debe desaprobar
ninguna materia, y tiene que ir al cine. El día de su concierto
en el Carnegie no estudió más que de costumbre: tuvo
que ir por la tarde a ver la película del Don Juan de Mozart.
Hoy, cuarenta y seis años después de aquel concierto
a sala llena en Nueva York, Daniel Barenboim habla de su maestro:
"¿Mi padre? El era una persona muy inteligente y con
muy buen instinto y que, me imagino, vio en mí desde muy
chiquito un cierto talento, pero él nunca lo explotó
-como suele pasar bastante a menudo con chicos dotados-, y primero
que todo se esmeró para que yo tuviera una educación
normal, como todos los chicos y amigos de mi edad. En música,
me enseñó a no hacer las cosas mecánicamente,
a relacionar la técnica; es decir, la posición de
la mano, del codo o de la muñeca, con el fin musical al que
quiero llegar. El creía que la gente tiene o no tiene talento,
y que si existe, va a salir".
Su padre lo protegió de la fama...
"Sí, la verdad es que no me dejó tocar demasiado.
Tomó la decisión de que yo siguiera yendo a la escuela.
Se imagina que yo, a los 13, 14 años, si hubiera podido elegir,
hubiera seguido de gira, viajando, tocando, y no hubiera vuelto
a la escuela a hacer los deberes".
La entrevista telefónica con el pianista y director de orquesta
tuvo un backstage de quince días de contactos entre
los agentes de prensa de Emi Music en Buenos Aires y sus asistentes
en el hotel de Austria, donde ensayaba para dirigir la Filarmónica
de Viena.
"No es que anduve viajando. Estuve ensayando aquí toda
la semana, tuve un concierto anteayer y otro hoy por la noche. Mañana
parto para Berlín. El problema es que siempre tengo muy poquito
tiempo. Suele pasar que le digan que llame el jueves a las dos de
la tarde y que, o usted no puede llamar en punto y yo haya tenido
que ausentarme, y ya no se atreva a volver a llamar o le cueste
volver a encontrarme. Pero yo estuve toda la semana, tranquilito,
aquí...".
Barenboim se ríe, sin formalidad. Hechos todos los deberes,
hace décadas que se da el gusto de vivir viajando. Después
de nueve años en la Argentina natal, formado en Israel -donde
se instaló en 1962 siguiendo la voluntad sionista de sus
padres-, vivió diez años en Londres, quince en París,
y los últimos diez entre Estados Unidos y Alemania porque
el pianista, director de orquesta, músico de cámara
y solista, es titular de la Orquesta Sinfónica de Chicago
y director artístico de la Opera de Berlín, ciudad
donde está radicado con su segunda mujer y sus dos hijos.
¿Qué es para usted el éxito?
"En primer lugar, es el placer de saber que lo que uno hace
gusta, y que uno representa algo positivo para la gente. Y, en segundo
lugar, al ser conocido, la gente le presta a uno atención
y uno puede decir lo que piensa sobre lo que le molesta. En mi caso,
sobre el conflicto del Cercano Oriente y todas esas cosas. El éxito
le permite a uno tener la posibilidad de expresar una opinión
y ser escuchado".
Utopías realizadas
En octubre del año pasado, junto a su amigo el escritor palestino
Edward Said, recibió en España el Premio Príncipe
de Asturias a la Concordia, una condecoración que se entrega
a "un individuo, grupo o institución, cuyo trabajo contribuye
de manera ejemplar y significativa a la hermandad de los hombres,
a la lucha contra la injusticia, la pobreza, la enfermedad o la
ignorancia, o la defensa de la libertad y la apertura de nuevos
horizontes de conocimientos, y también a proteger y preservar
la herencia de la humanidad". Los premiaron por haberse atrevido
a soñar una orquesta integrada por estudiantes de pueblos
enemigos ancestrales: 78 músicos árabes, israelíes
y alemanes, todos jóvenes, de entre 13 y 26 años.
La idea surgió en 1999, cuando el palestino-norteamericano
Said y el argentino-israelí Barenboim se encontraron en la
ciudad alemana de Weimar en ocasión de celebrarse los 250
años del nacimiento de Goethe. La utopía fue una realidad:
la orquesta itinerante -que logró su sede permanente en Sevilla-
sigue presentándose con el nombre de West-Eastern Divan Project,
traducción al inglés del título del libro Poemas
del diván de Oriente y Occidente, con el que Goethe dio
a conocer los textos que escribió inspirado por su descubrimiento
del islam y la poesía persa, al que Barenboim considera un
"extraordinario conjunto de poemas sobre el otro".
Tal como se cuenta en el libro Paralelos y Paradojas: Reflexiones
sobre música y sociedad, escrito en coautoría
con Said, llevó bastante tiempo preparar el acontecimiento.
Por supuesto, exigió hacer pruebas. "Resultó
muy sorprendente que, por lo menos en algunos países árabes,
se planteara la cuestión de si los gobiernos permitirían
que los estudiantes asistieran. Al final, vinieron todos, incluyendo
un grupo de Siria, otro de Jordania, otro de los territorios palestinos
y otros de Israel, Egipto, Líbano, entre otros países.
(...) La idea del experimento era ver qué sucedería
si se reunía a todas esas personas para que tocaran en una
orquesta en Weimar. (...)
"Teníamos ensayos con la orquesta cada día, por
la mañana y por la tarde. Allí estaban todos aquellos
estudiantes, que no se habían visto nunca, y por la noche,
varios días a la semana, teníamos debates (dirigidos
por Said) sobre música, cultura, política; surgía
todo tipo de cosas, nadie sentía presión alguna para
no decir lo que fuera. Y como los grupos eran tan heterogéneos,
tanto la animosidad como la cordialidad eran casi siempre manifiestas.
Lo único que no se produjo fue un enfrentamiento político
directo: había una regla no escrita sobre esto. (...) Se
plantearon cosas como: No puedes tocar música árabe,
sólo los árabes pueden tocar música árabe
(cuando se quiso incluir en un grupo que practicaba por la noche)
o ¿Qué te da derecho a tocar a Beethoven?: no eres
alemán. Al principio había un ambiente muy cauteloso.
Lo que me parecía extraordinario era la ignorancia que existía
respecto del otro. Los chicos israelíes no podían
imaginar que hubiera personas en Damasco, Amán y El Cairo
que fueran capaces, realmente, de tocar el violín y la viola.
(...) El mismo chico árabe se encontró compartiendo
atril con un violoncelista de Israel. Trataban de tocar las mismas
notas, con la misma dinámica, con el mismo movimiento del
arco, con el mismo sonido, con la misma expresión. Trataban
de hacer algo juntos, algo que les importaba, que les apasionaba
a los dos. Bien, una vez conseguido -escribió Barenboim-,
ya no pueden mirarse de la misma manera, porque han compartido una
experiencia común. Y para mí, esto es, de verdad,
lo importante del encuentro".
Por lo general se piensa en el director de orquesta como quien
ejerce el poder. Desde usted, es quien integra lo diferente...
"Es que el director de orquesta no tiene el poder. Al contrario:
es el único músico que no tiene contacto con el sonido.
Por eso depende enteramente de las posibilidades y de la voluntad
de la orquesta. La responsabilidad de un director es animar a los
músicos, enseñarles, llevarlos e inspirarlos para
que ellos puedan sacar lo mejor de sí mismos. Porque la armonía
obliga a dar lugar a cada uno en función del conjunto; a
escuchar al otro para no sonar más fuerte ni desentonar.
Por eso creo firmemente, como escribí alguna vez, que una
orquesta es un taller de convivencia democrática".
Daniel "el travieso"
El ambiente familiar de su infancia quedó reflejado a lo
largo de los años y de los innumerables reportajes: "El
piano gobernaba mi casa desde que amanecía. Mi padre era
un ejecutante de cámara; mi madre daba lecciones de solfeo
durante diez horas diarias. Era normal, pues, que yo aprendiera
las escalas antes que las letras del alfabeto. Creía que
el mundo estaba poblado sólo por gente que tocaba el piano,
al punto de que la primera vez que salí a jugar a la vereda
me sorprendió ver que chicos jugaran con figuritas redondas
de cartón. Había imaginado que la calle estaba llena
de pianos".
El 19 de agosto de 1950, Daniel, de siete años, tuvo su primera
actuación pública en Argentina, en la Sala Breyer
(hoy desaparecida), sobre la calle Maipú. Al año siguiente,
de pantalón corto, ejecutó el Concierto K488 de
Mozart en la sala de la facultad de Derecho. Ya había
tocado en varios recitales.
"Daniel fue un niño terrible. Por lo inquieto",
recuerda su tío, Félix Schuster, hoy decano de la
facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires, quien tenía 14 años cuando conoció a
Daniel, el hijo de su prima hermana Aída Schuster. "Si
no recuerdo mal, lo llamaban Buyik. No sé por qué
le habían puesto ese sobrenombre. ¿Vio que uno después
quiere olvidarse de esos apodos?... Mi familia acababa de mudarse
a Buenos Aires desde Pehuajó, y vivíamos muy cerca".
Entre los árboles que todavía están en pie
y que servían de arco, los domingos por la tarde tío
y sobrino jugaban a la pelota: "Pasábamos horas jugando
al fútbol. Buyik era un vago absoluto. Nadie podía
pensar que tocaba el piano como lo hacía. En realidad, él
andaba haciendo lío por el departamento y así como
así, se sentaba al piano y tocaba maravillosamente. Sí;
él tocaba como jugando. No era consciente de sí mismo.
Era bravo, eso sí, como si desde chico hubiera sabido lo
que quería".
¿Lo dejaban atajar con las manos?
"La relación de Daniel con sus padres era muy estrecha.
Aída, la más sionista de toda la familia, era una
mujer muy dulce, de ésas que ayudan a todo el mundo y con
la que todos querían estar, y compensaba lo estricto de Enrique
Barenboim, un hombre muy peculiar, con muchas preocupaciones intelectuales
y filosóficas. Enrique pudo haber sido concertista pero sus
padres se opusieron a que fuera a dar conciertos fuera del país.
Así que se transformó en un profesor de música,
y yo diría, en un gran profesor de música. Daniel
tuvo frente a sí a esa figura que lo dominaba de manera estricta,
y a la vez libertad, porque la verdad, cuando jugábamos al
fútbol, él atajaba y, bueno, a veces le hacían
alguna observación, pero yo no veía un cuidado especial
de las manos. Porque se podía fracturar una mano, atajaba
y se tiraba, no era alguien que tuviera las manos guardaditas. El
chico era un genio, pero no se notaba en absoluto. Le importaba
el fútbol, era bueno, era muy aguerrido, se enojaba, no le
gustaba perder... Es muy libre, eso se nota en su música.
Incursionó en el tango con Rodolfo Mederos y Héctor
Console (1995); grabó un tributo a Duke Ellington... Su marca
es su lado heterodoxo, y es desafiante, combativo, de decisiones
firmes. ¿Buyik? No. No recuerdo el significado. No sé
bien qué quería decir".

No a la mano dura
Barenboim es un fuerte crítico de la política de mano
dura del primer ministro israelí, Ariel Sharon, con los palestinos,
y de la ocupación militar hebrea de Cisjordania y la Franja
de Gaza, así como también de los atentados suicidas
palestinos. Con Issac Stern y Zubin Mehta actuó en conciertos
en Jerusalén durante la Guerra del Golfo, mientras sonaban
sirenas de alarma (los espectadores seguían escuchando la
música pero con las máscaras antigases colocadas).
Poco después de ganar el Príncipe de Asturias, en
octubre de 2002, dirigentes políticos, jefes militares y
representantes de colonos en los territorios ocupados exigieron
al gobierno revocar su nacionalidad israelí porque, en un
intervalo de sus presentaciones en el Festival de Música
de Cámara en Jerusalén, se trasladó sin permiso
y con pasaporte argentino a Ramallah, para escuchar tocar a 200
jóvenes palestinos. No le perdonan tampoco que en 2001 hubiera
tocado, durante un festival en Israel, una obra del compositor alemán
Richard Wagner -la apertura de Tristán e Isolda-,
cuyas piezas hace años que no se ejecutan allí por
sus posturas antisemitas y porque fue el músico favorito
de Hitler.
"Seguir ignorando la música de Wagner equivale a pensar
que Hitler ganó -se defendió Barenboim-. Wagner está
en el centro de una polémica que permite hablar del patrimonio
universal de la cultura, de la necesidad de separar la ideología
de un escritor o de un compositor de su producto artístico.
Y también la música como un lenguaje universal. La
música es el lenguaje de la paz".
Más prosaica pero no menos contundentemente, la pianista
rusa Elena Bashkirowa -su segunda esposa y madre de sus dos hijos-,
reaccionó en septiembre de 2002 a los insultos de un grupo
de judíos ortodoxos de extrema derecha en el restaurante
de Tel Aviv donde comían, arrojándoles un plato de
fideos a la cara.
La relación con Elena también tiene un toque de transgresión.
Casado en 1967 con Jacqueline Du Pré, considerada la mejor
violoncelista joven del mundo, el pianista armó con ella
el dúo de más prestigio de su generación. La
pareja estuvo de moda, y rodeada por un aura de glamour en toda
Europa hasta que en 1973 ella enfermó de esclerosis múltiple,
la enfermedad que la condujo paulatinamente a no tocar más,
a la inmovilidad y finalmente a la muerte, el 19 de octubre de 1987.
La historia ha sido pasto de chismes, libros y filmes variados,
como la película Hillary y Jackie, basada en el libro
A genious in the Family (Un genio en la familia) que
narra la vida de dos hermanas, la flaustista Hillary y la violoncelista
Jacqueline -escrito por la misma Hillary y por Piers Du Pré,
hermanos de Jackie-. Una escena recrea a Barenboim -ya director
de la Orquesta de París- hablando por teléfono con
Jacqueline, enferma en Londres: le dice que no podrá ir a
verla. Se escucha el llanto del bebé que ya tiene con Elena.
Según explican sus defensores, nadie en el mundo musical
ignoraba ese vínculo que todos, por otra parte, comprendían.
Como testimonio de aquel amor quedan algunas grabaciones memorables.
No mucho tiempo después de la muerte de Jacqueline, Daniel
se casó con Elena, con quien nunca compartió un concierto.
Cuando le preguntan por qué no actúan juntos, dice:
"No es conveniente que el matrimonio se extienda también
a lo artístico. Es mejor que cada uno tenga su propia carrera.
Así no hay rivalidades y, al regresar al hogar, uno puede
ocuparse de otras cosas que no sea el trabajo".
Los hijos hacen música. Se ríe a carcajadas cuando
oye la pregunta:
¿Usted es un papá como su papá?
"No, porque cada uno de nosotros trata de acordarse de aquello
que no le gustó para no repetir. Repetir los aciertos y evitar
lo que no le gustó. David, de 19 años, hace hip-hop;
y Miguel, de 17, prefiere el violín. Los dos tienen fascinación
por el sonido, pero son diferentes a mí".
Como la música, a la que define -en palabras de Ferruccio
Busoni- como "aire sonoro", con un apellido por lo demás
musical, Daniel Barenboim no tiene patria ni frontera. Reconoce
que le debe a su padre su técnica perfecta, su desdén
por la ortodoxia en la ejecución, y su facilidad para tocar
como se le da la gana. "Nací en Argentina, mis abuelos
eran judíos rusos, pasé mi adolescencia en Israel
y toda mi vida adulta en Europa. Pienso en el idioma que hable en
ese momento; me siento alemán cuando dirijo a Beethoven e
italiano cuando dirijo a Verdi. Y esto no me provoca la sensación
de no ser fiel a mí mismo, sino todo lo contrario".
A los 60 años, con una fama bien ganada, él puede
darse el lujo de ser libre. Olvida piadosamente haber sido el buyik
(burro, tonto en yiddish ruso) de su familia y no se interesa por
las críticas de los diarios. Ni siquiera piensa en ellas.
Y no lo hace, como algunos creen, por fatuo o vanidoso, sino porque
aprendió a convivir con la más descomunal de las exigencias.
Como confesó alguna vez, él es el mejor juez de sí
mismo: "Siempre sé, con exactitud, cuáles fueron
mis errores y por qué los tuve. Es más, podría
escribir un artículo sin concesiones sobre el recital de
ayer. No me tengo la menor misericordia".
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