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¡Hazme feliz!
Mónica Montañes
¿Qué carrizo es el amor?
La pregunta es aparentemente estúpida pero la respuesta es
complicadísima. Basta ver como parejas que arrancaron tan
entusiasmadas, adorándose, jurando que no podían vivir
el uno sin el otro, terminan matándose frente a un abogado,
o llenándose las respectivas cabezas de cuernos, o hablando
pestes el uno del otro, o lanzándose dardos mortales mientras
se pasan el puré o las milanesas, o sencillamente mudos el
uno frente al otro. ¿Qué
es lo que pasa, de qué se trata eso de amarse? Hay quien
sostiene, luego de muchos intentos fallidos, que el amor es esa
maravilla que se siente sólo en los primeros seis meses de
una relación y que el error está en la terquedad de
empeñarse en seguir juntos una vez pisado el séptimo
mes. Otros apuntan que es una cuestión puramente química
que nos lleva a querer estar todo el tiempo besando y tocando y
cualquier otro verbo riquísimo que termine en "ando",
pero que como quiera que es un asunto que se rige por las leyes
de la química no depende de uno y, por lo tanto, se termina
un buen día y despertamos al lado de un ser que, en pleno
uso de nuestra sensatez, jamás hubiéramos elegido
para compartir algo tan amplio como la vida. Otros indican que el
problema está en que por culpa de los adelantos de la ciencia,
ahora vivimos más y, por lo tanto, cuando una pareja jura
que van a estar juntos para siempre, ese "siempre" es
una cosa larguísima, interminable y, por lo tanto, insoportable.
De ahí que proponen cambiar el "para siempre" por
algo más factible como "juntos mientras seamos felices".
Zass. Porque resulta que poner sobre el otro la inmensa responsabilidad
de hacernos felices no es ningún moco de pavo.
Mi amiga Mimí tiene una teoría al respecto que considero
interesantísima, abalada en sus no pocos intentos en eso
de ser feliz en pareja, y que voy a compartir con usted por si le
sirve de algo.
Mimí sostiene que el error está precisamente en creer
que la pareja nos puede hacer felices. Veamos, la cosa es más
o menos así: todos nosotros somos el resultado de una familia
común y corriente y por lo tanto complicadísima, conformada
por un padre que quizá era un déspota o un avaro o
un sinvergüenza o una ausencia, y por una madre que vivía
amargada o triste o furiosa o sacrificada, y en ese clima de hogar
dulce hogar nos criaron. Uno, a su vez, anda intentando hacerse
una vida propia, llena de unos cuantos sueños, un bojote
de fracasos, algunas virtudes, un montón de defectos, ciertas
valentías y un gran cúmulo de miedos. Y, entonces,
va uno y se enamora, quién sabe si por enésima vez,
y pretende que ese pobre ser lo haga a uno feliz. ¡Feliz!
Es decir, pretendemos que esa pobre criatura llene los vacíos
del padre, las tristezas de la madre y borre de un plumazo las desventuras
vividas en las anteriores relaciones. O sea que uno va y se enamora
e inmediatamente convierte al otro en una especie de Amadis de Gaula,
con todo y corcel blanco, armadura pulidísima y espada vencedora
y le gritamos "¡Hazme feliz!". Pobrecito. Sin darnos
cuenta de que ese ser está tan asustado como nosotros, tan
a pie como uno, tan desarmado, pues. Según Mimí, el
día que entendió lo absurdo de la empresa comenzó
a ser feliz, no por su pareja sino junto a ella. Aceptando que no
va a acabar con sus propios monstruos sino que va a escuchar a su
pareja, intentará entenderla y quizá entre los dos
logren que la carga sea menos pesada y que la vida sea un poquito
más llevadera.
No sé qué crean ustedes, pero a mí me suena
muy sensato y las cosas sensatas, hoy en día, son tan escasas
como las parejas felices. ¿O no?
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