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Pesando las probabilidades
Max Haines
¿Son siempre limpios los resultados de la lotería? Pues... no

No sería maravilloso comprar una boleta de lotería y saber por adelantado que acabas de adquirir la boleta ganadora? Aunque usted no lo crea, eso ha ocurrido. El 24 de abril de 1980 la fija estaba dada para el "Número Diario" de la Lotería de Pennsylvania.
La conspiración nació de la fértil mente de un nativo de Pittsburgh llamado Nick Perry. A los 64 años de edad, Nick había hecho de las suyas. Durante 20 años, alto y buen mozo, condujo dos programas de televisión: Bowling for Dollars (Jugando a los bolos por dólares) y el Campeonato de bolos en la cadena WTAE-TV. En 1977, cuando comenzó la lotería, él surgió como un candidato natural para oficiar de maestro de ceremonias para la tirada del Loto.
Era un gran trabajo. La tirada del número se desarrollaba durante seis noches a la semana. Nick recibía 100 dólares por noche, por decir nada más que "Si lo tiene, venga y búsquelo... si no, mejor suerte mañana".
Además de su trabajo como conductor, Nick era el dueño del George Aikens Delicatessen (una casa de comidas) con los hermanos Peter y Jack Maragos. Nick se acercó a los hermanos con la estafa de arreglar el "Número Diario" y los dos aceptaron inmediatamente. La lotería se hacía con tres máquinas, como las que se ven en las salas de bingo. Bolas de ping pong, numeradas del cero al nueve, se colocaban en cada una de esas máquinas. El aparato tenía incorporado un mecanismo soplador de aire y una caja de cristal con un tubo de selección que daba a un receptáculo.
Cada noche un anciano tenía el honor de sostener las bolillas y leer los números ganadores. Esto tenía que ver con que una porción del dinero recaudado por la lotería se designaba a la atención de los abuelos; como el cuidado médico y vivienda. Cada noche la lotería pagaba más de un millón de dólares.
Luego de haber estudiado el procedimiento durante años, Nick se dio cuenta de que si algunas bolas de ping pong eran más pesadas, nunca se podrían levantar hasta la apertura del tubo. ¿Quién mejor para fabricar las bolas más pesadas que el propio encargado de escenario, Fred Luman? Con el objeto de producir duplicados de las bolas de ping pong, Nick reclutó al ex director de arte de la estación televisiva, Joseph Bock. Las porciones de cada uno de los dos hombres serían las ganancias que daban los garantizados números ganadores.
A fuerza de la prueba y error, Luman aprendió que si inyectaba 4.5 gramos exactos de pintura dentro de ciertas bolas de ping pong, éstas nunca alcanzarían el tubo de selección. Los chicos lo probaron mientras se llevaron la máquina fuera del estudio para una supuesta reparación. Luman era el técnico. La pintura se difuminaba de manera pareja y era imposible de detectar a simple vista. El minúsculo agujero hecho con una aguja hipodérmica era cubierto por el número con pegatina.
Había varias formas de ganar en el juego diario de los números. Si uno tenía los tres números en el orden preciso en que habían sido escogidos era el gran ganador 500 a uno, pero también se podía ganar de otras formas, por ejemplo teniendo los números correctos en cualquier orden. Nick decidió volver más pesados todos los números en las tres máquinas, con la excepción de los cuatro y los seis. Si todo funcionaba como estaba planeado, los números ganadores tendrían que estar entre los ocho números siguientes: 666, 664, 644, 646, 464, 446, 466 y 444.
Los oficiales de la lotería se jactaban de que la selección de las bolillas no estaba en tela de juicio. Nadie tocaba las máquinas durante las horas anteriores al programa. El gerente del organismo general oeste de la lotería, Edward Plevel, acordó con Nick no tocar las máquinas durante algunas horas antes del show. Su botín por mirar hacia el otro lado, era de 2.500 dólares. Con la ayuda de Plevel, Nicky pudo destruir las bolas falsas de ping pong luego del programa y reemplazarlas con las legítimas.
Luman, Bock y los hermanos Maragos colocarían pequeñas apuestas a través del estado, para no levantar sospechas. Este detalle era muy importante porque la mafia tenía un juego basado en los números ganadores de la lotería de Pennsylvania y tenían poder sobre todo el estado. El jefe era un matón conocido, llamado Tony Gross. La mafia le daba a los ganadores apenas mejores probabilidades que la lotería legítima, y pagaba en efectivo, por lo que los ganadores se evitaban pagar impuestos por las ganancias.
Si la mafia descubría una gran cantidad de dinero apostada a ciertos números, podría comprar boletas legales de la lotería de Pennsylvania, limitando así sus pérdidas. Todo el mundo al norte de la línea de Mason-Dixon sabía que no valía la pena meterse en el territorio de Grosso.
La avaricia se hizo cargo. En vez de hacer pequeñas apuestas, los Maragos hicieron grandes jugadas y compraron cientos de boletas. Todos podían verlos, bien vestidos, atravesando las afueras de Filadelfia en un Cadillac blanco, haciendo apuestas en salones baratos. En un lugar en particular, Pete Maragos, con una rubia del brazo, compró de forma casual 900 dólares en boletas de lotería con múltiples combinaciones de seis y cuatro. Luego, caminó lentamente calle abajo y gastó 4.000 dólares en boletas con combinaciones de seis y cuatro. En total, los conspiradores compraron más de 10.000 boletas. Era como decirle a la mafia en la cara que algo estaba podrido.
Antes del mediodía del día en que estaba precisada la tirada, ya se sabía en Pittsburgh y Filadelfia que había números "fijos ganadores" y que eran el cuatro y el seis. A medida que se corría la voz, también aumentaban los apostadores que se apresuraban a comprar boletas. La mafia se vio afectada. Se apuraron a comprar boletas legítimas con las combinaciones de cuatro y seis, para limitar sus pérdidas en caso de que los números salieran ganadores, como todos esperaban.
Violet Lowery de 68 años estaba nerviosa mientras se paraba delante de una cámara de televisión por primera vez. Levantó las primeras tres bolas de ping pong que habían salido a través del tubo de selección hasta el receptáculo. El número era el 666. Nick cerró el programa con su frase: "Si lo tiene, venga y búsquelo... si no, mejor suerte mañana".
Ese día, el Estado de Pennsylvania recaudó un millón de dólares y pagó 3.5 millones. Un par de días más tarde, Pete Maragos le dio a Nick una bolsa de papel que contenía 35.000 dólares, el primer pago de un total de 1.2 millones que los conspiradores tenían en boletas ganadoras.
Pero ya se sabía. Edward Plevel fue interrogado por sus superiores. Juró que todo estaba en orden y hasta firmó una declaración afirmando que nunca había dejado de vigilar las máquinas. Con todo, los rumores sobre la conspiración seguían vigentes, tanto así que el estado llevó a cabo una investigación. Se examinaron las máquinas, y se comprobó que estaban en perfectas condiciones.
Violet Lowery confesó que Edward Plevel había dicho una "mentirita piadosa". Un rato antes de la tirada él la había escoltado a otro estudio, dejando así las máquinas sin atender.
Mientras tanto, la mafia se negó a pagar a los ganadores, arguyendo que había habido trampa. A partir de ahí hubo más enojo y más exposición. El fabricante de las máquinas dijo que si las bolas habían sido inyectadas con algún tipo de líquido nunca alcanzarían el tubo de selección. Era posible, entonces, arreglar por adelantado la lotería.
Algunos testificaron y dijeron ver a los tipos bien vestidos que habían comprado las boletas con las combinaciones de seis y cuatro. Muy pronto la presión alcanzó a los hermanos Maragos. Luego de un intenso interrogatorio, los hermanos se declararon culpables.
Devolvieron 600.000 dólares de sus ganancias y una cantidad de boletas ganadoras y acordaron testificar en contra de Nick Perry y Edward Plevel a cambio de una sentencia a libertad condicional de cinco años.
Block y Luman se declararon culpables y fueron sentenciados de uno a cinco años en la cárcel.
Edward Plevel y Nick Perry fueron enjuiciados por cargos de conspiración criminal, daños criminales, robo fraudulento y por arreglar un concurso de exhibición pública. Plevel fue hallado culpable de todos los cargos. Fue sentenciado de dos a siete años de prisión, fue multado con 1.000 dólares y ordenado a pagar al Estado de Pennsylvania los 2.500 dólares que había recibido por participar en la estafa. Nick Perry fue hallado culpable de los mismos cargos y fue sentenciado de tres a siete años en la cárcel, multado con 3.000 dólares y ordenado a devolver los 35.000 que le había dado Pete Maragos.
Irónicamente, los grandes ganadores fueron los mafiosos. Se negaron a pagar a los ganadores de las boletas con la combinación 666, y se beneficiaron con los fondos obtenidos de las apuestas legales que habían hecho.

 
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