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| El
verdadero hijo |
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El hijo de la novia es la segunda
película que realiza en Argentina Juan José
Campanella. La primera se llama El mismo amor, la misma
lluvia. En Estados Unidos ya había filmado dos
largometrajes: El niño que gritó puta
(el caso real de un psicópata de 12 años y asesino
múltiple) y Ni el tiro del final, basado en
un libro de José Pablo Feinmann. A ese país
(donde todavía vive) había llegado para estudiar
cine en Nueva York. El reconocimiento obtenido por su primer
largometraje le valió para que le ofrecieran dirigir
documentales para la serie Life Stories de HBO.
Luego llegarían sus trabajos para La ley y el orden,
serie a la que todavía le dedica su tiempo, y la comedia
Ed. Los trabajos de Campanella en Estados Unidos han recibido
28 nominaciones para los premios Emmy (se ganaron seis). El,
como director, ha recibido dos. Actualmente prepara una nueva
película en la que volverá a contar con los
actores Ricardo Darín y Eduardo Blanco. "Eso sí,
no va a tener nada que ver con las dos anteriores. Nos estamos
quedando un poco vacíos de historias personales sentidas,
entonces iremos por otro lado". Una promesa interesante
de alguien que ha dicho varias veces que lo suyo es la comedia
y la emoción.
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El hijo de la novia
La errática búsqueda
de la felicidad
Raúl Chacón Soto
La película argentina que el año pasado
compitiera por el Oscar, se estrenará, por fin, en Venezuela. Vaya
a verla y confirme usted mismo por qué ha gustado tanto donde la
han pasado. Se llevará una grata sorpresa .
Es después de la primera media hora
cuando esta película empieza a maravillar al espectador.
Lo que en un principio se perfila como una historia más de
un hombre en plena crisis de la mediana edad, empieza a tomar giros
insospechados y no porque lo que allí se cuente sea inesperado
o delirante, sino porque está repleta de pequeños
detalles, de acertados diálogos y, sobre todo, de un sentido
del humor que siempre viene al auxilio cuando las cosas se están
poniendo muy graves; porque hay que decirlo: lo que el espectador
presencia es un verdadero drama que muchas veces llega a punto de
lágrimas pero que, afortunadamente, también encuentra
la manera de darle entrada a la sonrisa y hasta a la risa abierta.
El hijo de la novia, de Juan José Campanella, es una
de las tantas películas que han confirmado las buenas condiciones
de las que actualmente goza el cine argentino. Al verla se entiende
por qué figuras como Pedro Almodóvar y Antonia San
Juan, la actriz de Todo sobre mi madre, la incluyen entre
lo mejor que vieron el año pasado en su país, por
encima de producciones de gran envergadura que llevan el sello Made
in Hollywood, y también con ventaja sobre las propias
cintas españolas.
¿Qué tiene El hijo de la
novia para que haya gustado tanto? En primer lugar, y como ya
se ha dejado entrever, un guión muy bien escrito (un trabajo
en conjunto firmado por Campanella y su inseparable llave, Fernando
Castets), en el que todo parece calzar a la perfección, y
que recuerda mucho la manera de enfrentar un libreto de los buenos
guionistas estadounidenses; esa donde cada línea de diálogo,
por pequeña que sea, está puesta al servicio de la
estructura general del relato. En segundo lugar, la presencia de
unos extraordinarios actores que levantan la película en
sus momentos bajos, y entre los que resulta muy difícil escoger
los mejores, si bien no hay duda de que el trío protagónico
es insuperable, empezando por Ricardo Darín (Rafael), el
hijo de la novia, un hombre en sus cuarenta que termina por darle
un vuelco a su vida; Héctor Alterio (Nino), el novio más
que maduro a quien se le ocurre, después de más de
cuatro décadas, llevar al altar a su pareja; y Norma Aleandro
(Norma), la novia en cuestión, conmovedora en su papel de
mujer afectada por el Mal de Alzheimer. Por sobre todas estas cualidades,
siempre el humor, que permite que el filme no se tome demasiado
en serio (lo que hubiese resultado fatal), y que aparece algunas
veces con mejores resultados que otras, pero que cuando acierta
da el empujón definitivo.
Nada
fácil la tenía Campanella con esta historia. Después
de todo, el proceso de cambio sufrido por el protagonista (un hombre
de 42 años, divorciado, con una hija, que ha descuidado todos
sus lazos afectivos por la rutina que le exige la dirección
del restaurante familiar, hasta que un "buen" infarto,
y un extraño deseo de su padre de pedir en matrimonio, ya
anciano, a la mujer de su vida, quien parece ya desconectada de
todo, terminan por hacerle torcer de rumbo y preocuparse por las
cosas realmente importantes), podría prestarse a tratamientos
edulcorados y muy vistos. Por el contrario, la anécdota es
un pretexto para tocar con inteligencia temas universales como el
éxito, el fracaso, las relaciones familiares, la religión,
los ideales, la vejez, la enfermedad y el amor, en el marco de la
crisis política y económica que más tarde arreciaría
en ese país; valiéndose también de un puñado
de personajes secundarios que a medida que avanza la trama van cobrando
fuerza sin que se desvirtúe el argumento principal (destacan
la ex esposa de Rafael, su amigo de la infancia -interpretado por
Eduardo Blanco- y la actual novia). El director supo dar el tratamiento
adecuado, y eso que era una historia con fuertes visos autobiográficos
(o quizás justamente por ello, aunque Campanella asegura
que hay más de Castets), ya que al igual como sucede en la
película, su padre quiso alguna vez casarse en la iglesia
con su madre después de 35 años de convivencia, algo
que nunca se puedo realizar; antes, porque se trataba de una mujer
divorciada y, recientemente, porque padecía de Alzheimer.
Escenas memorables las hay y, casi todas, después del providencial
infarto. Sobre todo destacan las del monólogo de arrepentimiento
que recita Rafael (el personaje de Darín) frente a la cámara
de video del intercomunicador del edificio donde habita su novia
y la de la boda de los padres, repleta de ternura y humor. Momentos
felices sobran, de esos realmente conmovedores. Después de
todo no con frecuencia se encuentra el espectador con películas
tan llenas de humanidad como esta que lleva firma argentina. Por
cierto, si finalmente decide disfrutar de sus imágenes y
de su historia, terminará por preguntarse quién es
un tal Dick Watson. Si no quiere quedarse con la duda, no se vaya
hasta que haya leído los créditos del final.
rchacon@eluniversal.com
Ver también en Encuentros:
- El show de Eminem
- Joyas para el mundo
- El señor
de los anillos
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