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revista Estampas
 

Una mezcla de nostalgia y esperanza se plasma en cada uno de los yukpa, quienes se mantienen luchando para sobrevivir con el paso del tiempo, dejando una marca indeleble en las nuevas generaciones

Tierra de motilones

Cinco grandes etnias representan a las comunidades indígenas en la región. Este texto se ocupará de descubrir los orígenes barí y yukpa, apostados aún en la Sierra de Perijá  Edwin Prieto / Fotos: Ana Viloria

Cuando se habla de indígenas zulianos vienen a la mente los hermanos wayúu —o guajiros—. Sin embargo, esta tierra occidental cuenta con cinco grandes etnias, aquellas que le daban vida a la pequeña Venecia descubierta por los colonizadores europeos —además de los wayúus, están los añús, los japrerias, los baríes y los yukpas. Internados en el verdor de la Sierra de Perijá, aún pueden encontrarse algunos asentamientos que mantienen vivas las raíces indígenas de la región. Las dos últimas comunidades luchan por mantener su esencia y no dejarse avasallar por el paso de la tecnología y el desarrollo.

La selva fronteriza entre Venezuela y Colombia alberga, entonces, bajo su espesa vegetación, a los baríes y a los yukpas. Mitos, leyendas, costumbres, cultura y gastronomía, son particularmente distintos para ambas. Este es un esbozo para descubrir sus rostros hoy día, en un recorrido por la historia ancestral. Prepárese, entonces, para conocer de cerca a estas comunidades hermanas.

Reencuentro con el pasado
Es muy temprano en la mañana y nos disponemos a penetrar en el pasado, aunque sea por un solo día. Salimos de Maracaibo en la madrugada, respirando el sereno, antes de que salga el intenso sol veraniego. Vamos rumbo a la centenaria comunidad barí de Aruutatakae —que en barí significa “casa de tronco y hoja”— o Campo Rosario, como la conocen en el sector; para luego trasladarnos hasta la comunidad yukpa de Toromo.
El recorrido promete ser toda una aventura, sobre todo por los comentarios de quienes dicen conocer la zona. Llevamos una lista de recomendaciones y pensamos acatarlas todas, incluyendo la solicitud de un guía, para no arriesgarnos al supuesto peligro, tomando en cuenta que nos dirigimos a una zona de frontera semivirgen.

Tres horas más tarde, llegamos a la población de El Cruce, ubicada en el Municipio Jesús María Semprún, al sur del Lago de Maracaibo; una hora atrás quedó Machiques de Perijá. La ansiedad es insoportable... Luego de encontrarnos con nuestro servicial guía, continuamos rumbo por 20 minutos más, para llegar hasta nuestro primer destino.

Al final del recorrido, por una vía en aceptable estado, en medio de granjas y fincas, se abre ante nosotros Campo Rosario, con un gran letrero que nos muestra cómo el hombre de la ciudad ha ido dejando su huella tras el paso del tiempo. Esperábamos encontrar a un anciano cacique, conocedor de todo los secretos de esta cultura. Pero para sorpresa de todos, en un enorme bohío hecho de palma real y madera, se encuentra un joven barí, con la investidura propia del líder de la comunidad, compuesta por 411 indígenas, entre ellos 169 niños.

Mientras el cacique Saúl Ayoo nos da la bienvenida, observamos a nuestro alrededor como sólo se aprecian escasos vestigios de una cultura ancestral. Casas de bloque y cemento, una escuela bolivariana, una iglesia, una casa alimentaria, una modesta medicatura y hasta una cancha deportiva, se ubican en el centro de dos mil 700 hectáreas de comunidad. Hombres, mujeres, niños y hasta animales domésticos salen a nuestro encuentro. Reunidos en el gran bohío comienza nuestro paseo por el pasado.
El territorio tradicional barí que se extendía por la cuenca del Catatumbo en el Zulia, fue reducido en primera instancia por la colonización española. Las misiones católicas —especialmente las misioneras de la Madre Laura—, propiciaron la pacificación entre los baríes y los explotadores petroleros que llegaron a la Sierra a principios del siglo XX y a quienes cedieron dos terceras partes de su territorio.

Desde el corazón de la piña
Con una mirada serena y voz pausada, Saúl se explaya en comentarios sobre los orígenes de los baríes. El dios Sabaseba vino desde el occidente cuando la tierra era caótica, para ordenarla con su trabajo, disponiendo el Sol, la Luna y las estrellas. Cuenta la leyenda que los baríes nacieron del corazón de la piña.

Cuando Sabaseba cortó una piña amarilla surgió el primer hombre, al cortar otra nació la primera mujer y de la tercera un niño. De las siguientes piñas cortadas surgieron los primeros ñatubai que aprendieron a construir bohíos comunales o malokas —los cuales tienen una peculiar forma de piña— y les fueron asignados sus respectivos territorios. Estos primeros baríes eran saimadoyi, auxiliares de Sabaseba, y enseñaron al resto de los descendientes las labores de la agricultura, caza y pesca.

Los antepasados se organizaban en grupos locales compuestos por aproximadamente 50 personas, quienes poseían hasta tres malokas, en cada una de las cuales vivían varias familias. Se establecían por unos diez años en lugares escogidos, ubicados estratégicamente, cerca de ríos abundantes en pesca y en zonas que escapaban a las inundaciones.

Pero la realidad de hoy es otra. En Campo Rosario pueden encontrarse 15 viviendas de bloque y cemento, junto a unas rudimentarias construcciones de paredes de zinc y techo de palma real. Todos en medio de una escasa comodidad y subsistiendo con muy poco, considerando que en cada núcleo familiar se sostiene hasta una docena de hijos. Las ancianas de la comunidad son las comadronas oficiales, quienes ayudan a venir al mundo a los nuevos baríes.

Los matrimonios se establecen entre personas de diferentes familias y son prohibidos entre parientes. Además de la filiación marital, entre familiares directos está prohibido cualquier contacto o juego, estos están reservados para aquellos que no pertenezcan al mismo conjunto de consanguíneos. Una pareja se formaliza cuando participa en la construcción de una maloka. Generalmente el marido va a vivir con el grupo de la mujer.

Como todos los indígenas, los baríes son por herencia agricultores, cazadores, pescadores y recolectores. En campos cercanos a las casas comunales cultivan piña como principal rubro, también siembran yuca, batata, plátano, zapallos, maíz, ñame, caña de azúcar, ají, cacao, algodón y achiote. Por otra parte, cazan aves, monos, cachicamos, chigüires, dantas y roedores. Utilizan como armas de caza y pesca el arco y flecha.

La recolección de los productos es para el consumo de la propia comunidad. Para obtener dinero venden cestas y artesanía indígena, así como también la producción de piña. Con eso adquieren sal, herramientas metálicas, receptores de radio, baterías y otros artículos.

Tiempos modernos
La llegada de los medicamentos a la comunidad desplazó, en cierta medida, las prácticas naturales que se utilizaban ancestralmente. Cuando alguien se enfermaba todo era más sencillo de curar, porque se utilizaba el tabaco como remedio universal. Aún se mantiene esta práctica, aunque en menor medida. Se toma una hoja de planta de selva y se pone a secar el tabaco, luego se pulveriza y se ingiere como medicamento para la fiebre, diarrea y cualquier otro malestar.

La escuela se estableció desde hace poco tiempo. Antaño, eran los misioneros quienes se encargaban de enseñar a leer y escribir el español. Ahora, y con el paso del tiempo, en la escuela bolivariana los jovencitos reciben desde educación inicial hasta sexto grado. Todas las clases son bilingües, alternando barí con español, para garantizar la perpetuidad del idioma.

Como sucede en la mayoría de las sociedades mundiales, todos los integrantes de la comunidad barí tienen voz y voto en las decisiones que los benefician. El cacique, por ejemplo, se elige en asamblea general y levantando la mano, así se suman los votos para decidir quién tiene las cualidades de líder. Inexorablemente, el paso del tiempo ha repercutido en la transformación de las culturas indígenas originarias. En el rostro de cada barí se revela el deseo de que esto no ocurra más.

La conversación llega a su fin, y es el momento de continuar el viaje. Saúl se despide agradeciendo la visita. Los niños levantan sus manitas para decir adiós. Las mujeres se reponen de la timidez para pedir que no las olvidemos y que regresemos en otra oportunidad. Los hombres, en medio de su silencio, estrechan las manos ofreciendo su sincera amistad. Nuestro corazón se prende de la Sierra.

Segundo destino
Tomamos la vía de regreso y, luego de una hora de recorrido, llegamos hasta Machiques de Perijá. Entramos al pueblo y, luego de preguntar un par de veces, encontramos el camino que conduce hasta la comunidad yukpa de Toromo, muy cerca del conocido balneario Kunana. Transcurren 45 minutos de muy mala vialidad, hasta que aparece el pequeño asentamiento a orillas del río.

Desde lejos pueden apreciarse las pequeñas y rudimentarias casas de troncos y palma que se entremezclaban con unas pocas construcciones de bloque y cemento. Al frente de ellas, varios jóvenes desgranan mazorcas de maíz cariaco, su principal actividad productiva. Una pila de granos se extiende en el suelo a pleno sol para secar la humedad.

Por más de cien años, Toromo —que significa “hoja de bijao” en yukpa—, se ha mantenido vivo. Ya no usan el típico guayuco de tiempos inmemoriales, lo han sustituido por pantalones y camisas con símbolos o imágenes de moda, que nada tienen que ver con su cultura. Esta comunidad es habitada por 250 indígenas, de los cuales 110 son niños. La electricidad es el único servicio público con el que cuentan. El agua viene de manantial y los desechos van directo al río.

Alma de pájaro carpintero
Se pregunta por el cacique para que cuente sobre la cultura y la historia de los yukpas. Unos niños corren a buscar a Nohelio Romero Bohórquez, quien es el joven líder de la comunidad de Toromo. Muy amablemente accede a conversar y abre las puertas de su corazón para expresar lo más recóndito de su cultura. Hasta tanto, hay tiempo para observar cómo dos mil 800 hectáreas de verdor y naturaleza rodean las casas, una escuela bolivariana, una iglesia, y un pequeño ambulatorio.

Los yukpas son el único grupo étnico de filiación caribe que reside en el occidente de Venezuela. Sus asentamientos se ubican desde el río Santa Rosa en el sur, hasta el alto río Guasare; considerando a los ríos Palmar y Lajas en la zona norte. Su presencia en esta región montañosa se registró desde la expedición de Alfinger cuando cruzó la serranía en el año de 1630.

Este grupo étnico presenta cierta homogeneidad cultural. Sin embargo, parece ser que el relieve bastante accidentado de la Sierra ha producido diferencias en la etnia, principalmente marcadas en el dialecto, las cuales han contribuido a la formación de un subgrupo diferente en prácticamente cada valle.

Nohelio nos cuenta que el surgimiento del primer yukpa resultó de una antigua ave. No existía ninguna persona en el mundo hasta que el dios Amõretocha se peleó con uno de sus hijos —quien tenía forma de pájaro carpintero— y lo hizo vagar por la Sierra durante tres meses. Regresaba a la casa sólo a dormir por las noches. Otros seres le comentaron al pájaro que un árbol había hablado, era el mameracha. Preguntó dónde era y durante tres meses lo buscó. Al encontrarlo se quedó allí y comenzó a picotearlo hasta formar unas figuras humanas de donde surgieron los primeros hombres yukpa.

Tradicionalmente, los asentamientos yukpa eran más pequeños que en la actualidad, y estaban conformados por una familia extendida y encabezada por su jefe. Agrupaban varias viviendas y en cada una habitaba una familia nuclear. Actualmente, las comunidades son de mayor tamaño y, desde la retirada hacia el sur, muchos de ellos se han establecido en las tierras bajas al pie de la Sierra, especialmente en la conocida misión del Tokuko y sus alrededores, así como en la población de Toromo.

INDIGENEAS EN NUMEROS
  TOTAL VIVIENDO EN COMUNIDADES VIVIENDO EN CIUDADES
Venezuela
511.784
183.171
327.986
Añú
11.205
3.854
7.351
Bari
2.200
1.867
333
Japrería
216
190
25
Wayúu
293.777
33.845
259.932
Yukpa
7.522
6.688
834
Fuente: Censo Indígena Nacional de Venezuela. Año 2000

Desde la tierra
La agricultura de tala y quema sigue siendo su principal actividad de subsistencia, complementada por la caza, pesca, recolección y una incipiente ganadería. El maíz cariaco es el cultivo y alimento principal de los yukpas, combinado con la yuca dulce, los plátanos y los cambures. En las últimas tres décadas, el cultivo del café se ha extendido por las comunidades y constituye la actividad comercial más importante de sus familias. Los yukpas lo comercializan a través de su propia empresa cooperativa establecida en Machiques.

El contacto de los yukpas con la sociedad criolla ha producido profundos cambios en su cultura. El surgimiento de asentamientos de gran tamaño, conformados por viviendas rurales, es una expresión visible de este cambio. No obstante, los yukpas han logrado conservar una fuerte identidad cultural con su lengua, organización social y económica; así como con sus creencias religiosas. Los yukpas contemporáneos están más conscientes de sus derechos y se mantienen unidos en la defensa de su unidad territorial frente a Ios proyectos de explotación de carbón en su tierra.

Las mujeres aún mantienen la costumbre de elaborar cestas y collares con semillas propias de la región. Por su parte, los hombres fabrican cruces multicolores, arcos y flechas, y otras artesanías. Legumbres y hortalizas son cultivadas por ellos mismos. Frondosos árboles bordean la comunidad ofreciéndoles todos sus frutos.

Luego del recorrido se pudo apreciar la riqueza de nuestros ancestros indígenas y de cómo esas raíces aún se mantienen vivas. Nos despedimos, ha llegado la hora de regresar a la metrópoli. Las actividades cotidianas nos hacen volver a la realidad, donde la Sierra no existe y los indígenas sólo se ven en fotografías o caminando andrajosos por las calles de asfalto y cemento, bajo el inclemente sol.

eprieto@laverdad.com

 

Otros zulianos

Wayúu: Es una de las etnias más numerosas de Venezuela y es quizás la que ha alcanzado mayor participación social a pesar de su desorganización en los centros urbanizados. Están ubicados principalmente en el Estado Zulia y en Colombia y su actividad económica tradicional es el pastoreo. Las mujeres son mayoría y sus decisiones son las que mueven a los distintos grupos. Los guajiros se dividen en 12 castas y tienen sus propias leyes que datan de cientos de años. Son descendientes de la familia arawacos.

Añú: Antiguamente, los asentamientos de los añús o paraujanos, se hallaban a lo largo de toda la costa occidental del Lago de Maracaibo e islas de la bahía de El Tablazo. Hoy se concentran en el noroeste del estado, tanto en rancherías palafíticas como en tierra firme, desde la Laguna de Sinamaica, las  ciénagas vecinas y el río Limón, hasta los poblados de Carrasquero, Campo Mara y El Moján, e islas de la bahía de Urubá; el barrio Santa Rosa de Agua y barrios vecinos, en Maracaibo; y en la costa noroeste del Lago de Maracaibo, desde Curarire hasta la desembocadura del río Palmar.

Japreria: Estos indígenas pueden encontrarse en la Sierra de Perijá, en los valles de los ríos Lajas, Palmar y Alto Guasare. Antes eran conocidos como los motilones mansos, diferentes a sus vecinos baríes. Los japrerias también eran considerados un subgrupo de los yukpas, pero ellos mismos se han encargado de protestar esta denominación por lo que hoy en día se les considera una etnia.





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