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Donde hubo fuego...

Sólo cenizas se encontraron en la caldera donde, se suponía, habían incinerado a Rose. Max Haines

Fue uno de esos misterios que ocurren cada tanto para desconcertar y abochornar a aquellos cuya ocupación es servir y proteger: los policías.

Por allá en 1950, en Chicago, una respetable ama de casa de 58 años, Rose Michaelis, desapareció en circunstancias misteriosas. Rose siempre había sido una persona apegada a sus rutinas. A la misma hora le preparaba la cena a su esposo, Milt, salvo las noches en que él debía quedarse hasta tarde en la fábrica de vidrio en la que trabajaba como tasador.

Un día Milt llamó a Rose a las 4:30 pm para decirle que trabajaría tiempo extra. Calculaba llegar a casa a las ocho en punto. Rose, con su estilo meticuloso, le dijo a su esposo de tantos años que ella ajustaría su rutina. La cena estaría lista, puntualmente, a las ocho.

Pocos minutos después de las ocho, Milt llegó a casa. La puerta principal estaba cerrada. Tocó el timbre. Nadie respondió. Milt se dirigió a la puerta trasera, pero ésta también estaba cerrada. Aquello era muy inusual en Rose. Ella sabía muy bien que tenía la única llave. Milt se sentía aprehensivo. ¿Podía Rose haber sufrido un accidente o un infarto?

Milt solicitó la ayuda de un vecino. Juntos rompieron la puerta principal y entraron en la casa. Todo estaba en su lugar. La mesa estaba puesta. La cena se cocinaba a fuego bajo sobre la hornilla. Todo estaba como debía estar, salvo una cosa. No se veía a Rose por ninguna parte.

Milt llamó a varios familiares que vivían cerca. Llegaron en cuestión de minutos para ayudarlo a buscar a Rose. Detrás del hogar de los Michaelis había un callejón que la mayoría de los residentes usaba como atajo. En el callejón, el grupo de búsqueda encontró la llave de la puerta trasera de la casa y una jarra que había pertenecido a Rose. A menudo la usaba para traer agua de una planta de purificación. Además, encontraron el tacón de uno de los zapatos de Rose. Milt llamó a la policía.

La policía encontró manchas de sangre en un poste telefónico en el callejón cerca del hogar de los Michaelis. Los detectives pensaron que era posible que Rose hubiera sido víctima de un conductor que la atropelló, se detuvo, vio el cuerpo y decidió deshacerse del mismo en otro lugar. Era una teoría un tanto peregrina, pero ha ocurrido. Se hizo una investigación en los talleres mecánicos en busca de vehículos sospechosos.

Entretanto, otros oficiales investigaron la teoría de que Rose había podido ser víctima de un crimen en el callejón y quizás fue arrastrada al sótano de una vivienda cercana. Milt dijo que conocía bastante bien al conserje de un edificio vecino. Su nombre era Joe Nischt. Milt a veces jugaba cartas con el conserje, quien a menudo hacía algunos trabajos para Rose.

Joe Nischt era un hombre alto y apuesto de 30 años que se tomaba sus deberes como conserje muy en serio. Se podía comer en los pisos del edificio de apartamentos en el que trabaja Joe. Fue interrogado por la policía y expresó gran tristeza por la desaparición de Rose. Los detectives estaban en ascuas. Aunque tenían algunas sospechas tanto del esposo como de Joe, no había evidencia contra ninguno de los dos hombres.

Joe les dijo a los detectives que su patrono le había pagado alrededor de las 4:30 de la tarde en cuestión. Se detuvo en un bar para beber algunas cervezas. Regresó a su apartamento cerca de las 7 pm y se quedó allí toda la noche, salvo por un breve momento a las 9 pm, cuando había atizado el fuego en el cuarto de la caldera de la calefacción. Como era su costumbre después de atizar el fuego para que se reavivara durante el resto de la noche, había cerrado la puerta del sótano que daba al callejón. No escuchó ni vio nada sospechoso.

Todo el edificio, incluso los 36 maleteros del sótano, fueron registrados por la policía. Nada de Rose. Desesperados en busca de una pista, los agentes de la policía realizaron una profunda investigación de los antecedentes de Milt. Estaba tan limpio como el colmillo de un sabueso. No era el caso de Joe. Había algunos nubarrones en su pasado.

Joe había sido arrestado por pegarle a una mesera en un restaurante. Los cargos fueron retirados. En otra ocasión fue acusado de invasión de morada. Nuevamente, los cargos fueron retirados cuando se supo que nada había sido robado. En ambos casos, que habían ocurrido años atrás, Joe se encontraba ligeramente ebrio.

Luego ocurrió algo, la pista clave que debió conducir a los investigadores directamente al asesino. El dueño de un estacionamiento informó a la policía que un cliente había dejado un vehículo con el radiador roto y un golpe en el parachoques. La policía raspó cabello humano en la rejilla del radiador. Se ubicó al propietario del auto. El cabello encontrado en el vehículo era de su cabeza.

Asustado y contrariado, el propietario demostró que su accidente había ocurrido varios días antes de la desaparición de Rose. Mientras examinaba los golpes en sus manos y rodillas, se había golpeado la cabeza contra la rejilla. Este desafortunado caballero demostró, sin lugar a dudas, que no tenía nada que ver con la desaparición de Rose Michaelis.

Precisamente cuando creían que jamás se resolvería el misterio de lo ocurrido a Rose, la policía recibió una llamada anónima. El informante dijo a los oficiales que Joe Nischt no había estado en el edificio desde las 7 pm como había afirmado. Eso fue suficiente para que le hicieran otra visita al conserje.

¡Sorpresa! Joe lo confesó todo. Dijo sollozando: “La mate. Sí, yo la maté”. Joe contaría los detalles. “Llegué a casa como a las seis. La vi venir por el callejón, y repentinamente me dio una especie de ataque. La sujeté y ella gritó que la dejara ir. Luego la golpeé con mi puño y se pegó con el poste telefónico al caer. La arrastré hasta el sótano. La empujé dentro de la caldera, cerré las puertas y aumenté el calor. Luego lavé el piso del sótano”.

Al día siguiente, Joe limpió las cenizas, que normalmente recogía el camión de una compañía privada que había sido contratada para realizar esa tarea. Los detectives fueron conducidos a un basurero donde se habían depositado las cenizas.

Se necesitaron tres días para revisar 25 toneladas de cenizas. El doctor Wilton Crogman, profesor de antropología de la Universidad de Chicago, supervisó la operación, pero todos los esfuerzos fueron en vano. No se encontró nada, ni un hueso, ni una hebilla, ni un diente, ni un pedazo de ropa, ningún rastro de Rose.

Joe, quien hasta entonces había cooperado, aprovechó esta oportunidad para retractarse de su confesión, lo cual dejó a la policía sin testigo ocular, sin confesión y sin cadáver.

Determinadas a averiguar la verdad sobre Joe, las autoridades trajeron a expertos que testificaron que el calor en la caldera del edificio era muchos grados más intenso que un crematorio estándar. Incluso llegaron a conseguir un cadáver de la escuela de medicina local. Introdujeron el cuerpo en la caldera, el cual fue destruido totalmente por el violento fuego.

Joe Nischt, quien aún se declaraba inocente, fue enjuiciado por el asesinato de Rose, pese al hecho de que nunca se encontró rastro de su cuerpo. En medio del proceso, pidió conversar con el fiscal. Con voz fuerte y clara, anunció: “No puedo soportarlo. Mi conciencia no lo permitiría. La maté y quiero confirmar mi confesión original”.

Joe se declaró culpable y fue sentenciado de inmediato a cadena perpetua en la prisión Joliet. Y sí, incluso hace más de 40 años, alguien podía ser sentenciado por asesinato en Estados Unidos sin la presencia de un cuerpo.l

 

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez

david.marquez@cantv.net

 
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