- La más grande actriz viviente. Se Dice: Joaquín Cortés.
- Una ruta admirable. La cirugía se estrena en TV. El Click: construcción olímpica.

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  Angeles
Rosa Elena Pérez Mendoza

 

Las galanterías iban abriendo en ella un espacio de curiosidad que desde hacía mucho tiempo había estado sellado con lacre.

Una interrogante nacía en su pecho y no importaba demasiado si surgían respuestas. El sólo hecho de ir borrando aquella vistosa cicatriz roja situada entre espalda y tórax ya era ganancia.

Así una tarde hubo un primer encuentro a solas, y cuando él se aproximó más allá de lo esperado, una extraña sensación debajo de su lengua la invadió asaltando glándulas, estremeciendo su ombligo, entrando al centro del vientre y renovando su piel. Todo esto en un breve instante en el que se impuso un orden universal dentro de una historia cotidiana esbozada con un fino trazo místico. Algo fuera de lo banal los unía bajo un raro designio y como un imán atávico la sensación de pertenecer a aquel hombre se extendió al punto de poder reconocer ese llamado ancestral. La vocación estaba planteada, el asunto sería seguirla.

Durante más de un mes se reunieron con regularidad, y el sabor de lo ya vivido se fue acumulando en ellos de manera constante como signo inequívoco de sus encuentros, hasta llegar a afianzarse. El déja vù fue recíproco y este hecho los desconcertó por igual. Por ello, la necesidad de averiguar quiénes eran fue imperiosa. Era preciso dilucidar con urgencia qué oscura simiente se hallaba detrás de tales coincidencias, pues más allá del halago y de la habitual coquetería de esos primeros encuentros, sus diálogos y movimientos parecían responder, de modo inexplicable, a un texto escrito por anticipado. ¿Qué invisibles hilos los vinculaban de forma tan estrecha? ¿Qué peculiar estupor era el que los rodeaba con tanta persistencia?

La sola necesidad de volverse a ver apenas se separaban, hacía que se reencontraran al día siguiente con premura adolescente: el tiempo era un dolor para los dos. Ambos sentían la ausencia del otro como un algo lacerante, pero una vez que se hallaban podían recuperar su respiración nuevamente. Así fueron acercándose con inusitada rapidez y, de un momento a otro, como si de un ventrílocuo se tratara, empezaron a decir mecánicamente palabras mil veces trasegadas, cual si sus voces fueran tan sólo el eco de otras voces y lo dicho hubiese calzado, con arcana precisión, en una representación infinita. Sobrevenía una intensidad de torbellino que inauguraba un desgaste inexorable en un amor que, bien llevado, habría podido alcanzar rasgos de trascendencia. De modo que, en un tiempo muy corto, la relación pasó de tener un horizonte dichoso a presentar indicios inquietantes que poco a poco se tornaron en una desmesurada cantidad de datos atroces, casi licensiosos, que fácilmente catalogaban a aquel vínculo como un infructuoso y temerario naufragio. No obstante, los protagonistas ya habían saboreado la vehemencia propia de esos mundos fantásticos aprisionados en ciertos libros y, por lo tanto, habían ingresado decididamente a los inhóspitos terrenos minados por las alegorías, los monstruos y los fantasmas nacidos de la ponzoñosa mezcla entre realidad y ficción. Así alcanzaron el punto de no retorno. Conocieron el miedo y se alimentaron de él. La tierra se estremeció y todo lo circundante se agitó a un ritmo espeluznante. La conexión ya había iniciado un viaje subterráneo de implicaciones infrahumanas que rayaban en lo sobrecogedor. Definitivamente no era el camino a seguir, pero una vez que alguien se interna en él, no hay vuelta atrás.

Finalmente, no hubo llamadas de despedida, sólo una súbita y primordial huída en la que ambos se esfumaron. No estuvo presente el tedio de las explicaciones. Bastó con que lo eterno los abrazara por unos cuantos segundos y así mismo se abandonaran a sus respectivas suertes. Bebieron de sus almas dentro de un libreto escrito por una mano divina e implacable que los obligó a enamorarse para no durar. Sin embargo, irremediablemente la embargaba a ella la extraña sensación de pertenecer a aquel hombre para volver a comenzar. l

 
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