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Las galanterías iban abriendo en
ella un espacio de curiosidad que desde hacía mucho tiempo
había estado sellado con lacre.
Una interrogante nacía en su pecho
y no importaba demasiado si surgían respuestas. El sólo
hecho de ir borrando aquella vistosa cicatriz roja situada entre
espalda y tórax ya era ganancia.
Así una tarde hubo un primer encuentro
a solas, y cuando él se aproximó más allá
de lo esperado, una extraña sensación debajo de su
lengua la invadió asaltando glándulas, estremeciendo
su ombligo, entrando al centro del vientre y renovando su piel.
Todo esto en un breve instante en el que se impuso un orden universal
dentro de una historia cotidiana esbozada con un fino trazo místico.
Algo fuera de lo banal los unía bajo un raro designio y como
un imán atávico la sensación de pertenecer
a aquel hombre se extendió al punto de poder reconocer ese
llamado ancestral. La vocación estaba planteada, el asunto
sería seguirla.
Durante más de un mes se reunieron
con regularidad, y el sabor de lo ya vivido se fue acumulando en
ellos de manera constante como signo inequívoco de sus encuentros,
hasta llegar a afianzarse. El déja vù fue recíproco
y este hecho los desconcertó por igual. Por ello, la necesidad
de averiguar quiénes eran fue imperiosa. Era preciso dilucidar
con urgencia qué oscura simiente se hallaba detrás
de tales coincidencias, pues más allá del halago y
de la habitual coquetería de esos primeros encuentros, sus
diálogos y movimientos parecían responder, de modo
inexplicable, a un texto escrito por anticipado. ¿Qué
invisibles hilos los vinculaban de forma tan estrecha? ¿Qué
peculiar estupor era el que los rodeaba con tanta persistencia?
La sola necesidad de volverse a ver apenas
se separaban, hacía que se reencontraran al día siguiente
con premura adolescente: el tiempo era un dolor para los dos. Ambos
sentían la ausencia del otro como un algo lacerante, pero
una vez que se hallaban podían recuperar su respiración
nuevamente. Así fueron acercándose con inusitada rapidez
y, de un momento a otro, como si de un ventrílocuo se tratara,
empezaron a decir mecánicamente palabras mil veces trasegadas,
cual si sus voces fueran tan sólo el eco de otras voces y
lo dicho hubiese calzado, con arcana precisión, en una representación
infinita. Sobrevenía una intensidad de torbellino que inauguraba
un desgaste inexorable en un amor que, bien llevado, habría
podido alcanzar rasgos de trascendencia. De modo que, en un tiempo
muy corto, la relación pasó de tener un horizonte
dichoso a presentar indicios inquietantes que poco a poco se tornaron
en una desmesurada cantidad de datos atroces, casi licensiosos,
que fácilmente catalogaban a aquel vínculo como un
infructuoso y temerario naufragio. No obstante, los protagonistas
ya habían saboreado la vehemencia propia de esos mundos fantásticos
aprisionados en ciertos libros y, por lo tanto, habían ingresado
decididamente a los inhóspitos terrenos minados por las alegorías,
los monstruos y los fantasmas nacidos de la ponzoñosa mezcla
entre realidad y ficción. Así alcanzaron el punto
de no retorno. Conocieron el miedo y se alimentaron de él.
La tierra se estremeció y todo lo circundante se agitó
a un ritmo espeluznante. La conexión ya había iniciado
un viaje subterráneo de implicaciones infrahumanas que rayaban
en lo sobrecogedor. Definitivamente no era el camino a seguir, pero
una vez que alguien se interna en él, no hay vuelta atrás.
Finalmente, no hubo llamadas de despedida,
sólo una súbita y primordial huída en la que
ambos se esfumaron. No estuvo presente el tedio de las explicaciones.
Bastó con que lo eterno los abrazara por unos cuantos segundos
y así mismo se abandonaran a sus respectivas suertes. Bebieron
de sus almas dentro de un libreto escrito por una mano divina e
implacable que los obligó a enamorarse para no durar. Sin
embargo, irremediablemente la embargaba a ella la extraña
sensación de pertenecer a aquel hombre para volver a comenzar.
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