| La prueba estaba en el pudín
Una mujer inocente pudo haber sido colgada
por el asesinato de su esposo.
Max Haines
El
pueblo de Wrangle en Lincolnshire, Inglaterra, es conocido por la
emocionante vida de sus habitantes. Hace más de cien años,
el pueblo, sin reserva alguna, podía denominarse tranquilo.
William Leffey, un granjero de 59 años,
vivía en aparente armonía con su esposa Mary, quien
tenía 10 años menos que él. La pareja, sin
hijos, poseía una hermosa casita de campo.
En la mañana del 6 de febrero de 1884,
Mary abandonaba su hogar para viajar a un pueblo vecino con la intención
de vender mantequilla, la cual los Leffeys producían en su
propia granja. Will se subió en el carro de Sam Spence y
acompañó a su mujer durante una media hora. Después
se volvió de nuevo a su casa, caminando.
Varios paisanos vieron y hablaron con Will
esa mañana. Más tarde declararon que él actuó
con toda normalidad. A las 3:00 pm, Will Leffey salió a toda
prisa de su casa y bajó la calle hasta llegar a casa del
médico, el doctor Bubb.
Desafortunadamente, el especialista no se
encontraba allí, pero la criada Elizabeth Hill le ofreció
avisar a la hermana del doctor, para que lo atendiera en su lugar.
Will le dijo a Elizabeth que la señorita Bubb no podría
hacer nada en absoluto. Cuando la amable señorita apareció,
Will sacó un tarro de la cesta que llevaba consigo. El tarro
contenía pudín de arroz. Will fue directo al grano.
“He sido envenenado”, dijo. Después se tambaleó
hasta el jardín, vomitó y colapsó, gimiendo
contra una bala de heno. Rogó a las dos mujeres que fueran
en busca del doctor.
Las damas le dijeron a Will que el sustituto
de Bubb, el doctor Faskally, llegaría en cualquier momento:
“Eso no servirá de nada. Quiero verlo en un minuto.
Me muero rápidamente”, dijo el agonizante hombre.
El doctor Faskally llegó a la escena
e inmediatamente estuvo de acuerdo con el diagnóstico de
Will, por lo que lo trató lo mejor que pudo bajo dichas circunstancias.
Entonces pidió la ayuda del albañil Robert Chapman
para llevar a Will a su casa. El doctor Faskally también
les siguió.
Mientras Chapman estaba ayudando a Will, le
pidió a una de las damas del pueblo, la señora Longden,
que le echara una mano. Pronto se les unió otro voluntario,
Richard Wright. No cabía duda, la enfermedad súbita
de Will había causado cierto revuelo en el tranquilo pueblo.
Finalmente, el séquito pudo llevar exitosamente a Will hasta
su cama.
A eso de las seis de la tarde, Mary llegó
a casa, después de haber vendido toda la mantequilla. Mary
subió directamente a la habitación. Le echó
un vistazo rápido a su adorado marido y gritó: “¿Qué
es lo que te pasa? ¿De qué se trata todo esto?”.
Will se paró con la suficiente fuerza como para levantar
su cabeza y responder de mala manera: “Tú ya sabes
todo, querida. Baja, y no quiero volver a verte”.
Mary estaba muy dolida. Se dio la vuelta y
salió de la habitación dando un portazo. Unos minutos
más tarde, Richard Wright bajó en busca de una taza
de té. Se encontró a Mary, quien contribuyó
con una afirmación bastante clara: “Supongo que ha
sido envenenado. Nosotros no tenemos nada de veneno en la casa desde
hace años”.
Richard tuvo que apresurarse a subir sin responder
a Mary, porque Will volvía a vomitar de nuevo. Cuando la
señora Longden bajó, Mary le ofreció un té
e hizo hincapié en que ella también se había
sentido mal todo el día. Lo dijo como para explicarse: “Puse
el azúcar y el arroz para el pudín y dejé a
mi marido que pusiera la leche”.
A las 8:30 de ese misma noche, el doctor Faskally
le dijo a Mary que su marido estaba muriéndose. Mary, la
bocazas, replicó: “Si él ha sido envenenado,
yo soy inocente. La gente no sabe que la otra noche salió
y se quería colgar. Si ha sido envenenado, no sé de
dónde lo ha podido sacar”. Cuarenta y cinco minutos
después, Will Leffey abandonaba este mundo.
Más tarde, esa misma noche, la policía
interrogó a Mary. Ella les dijo que su marido estaba perfectamente
normal cuando se bajó del carro de Spence y volvió
a casa. Ella había preparado el pudín de arroz en
la cacerola para que Will lo cocinara cuando quisiera. No había
nada fuera de lo normal en ello. Ella preparaba pudín de
arroz cada semana cuando iba a vender la mantequilla: “Si
consiguió veneno, se lo ha debido administrar él mismo.
No he tenido nada de veneno en la casa desde hace años”.
El día después de la muerte
de Will, Mary fue arrestada y acusada de la muerte de su marido.
El 7 de mayo de 1884 se celebró su juicio poniendo su vida
en la balanza.
Las evidencias contra Mary eran arrolladoras. Se encontró
arsénico en el cuerpo de Will. La mitad del tarro que contenía
el pudín de arroz tenía 135 gramos de arsénico.
Dos gramos son considerados mortales. Las porciones endurecidas
encontradas en las paredes del tarro eran casi en su totalidad arsénico
sólido. De hecho, el pudín contenía tanto arsénico
que se había formado una pasta en el fondo del tarro.
Todos los del pueblo que habían ayudado
a Will durante las horas previas a su muerte testificaron las diversas
frases de Mary. Otros tres testigos dieron evidencias insinuando
que el asesinato podría haber sido premeditado. Declararon
que Mary les había dicho que deseaba que Will estuviera muerto
y fuera de su camino en los días justo antes de su muerte.
El abogado defensor apareció con un
sobrino del fallecido, Will Lister, quien testificó que había
dormido, días antes de su muerte, en la casa de su tío.
Por la noche, su tío se metió con él en la
cama y le dijo que se había intentado colgar él mismo.
La defensa presentó la alternativa
de suicidio frente al asesinato. También mencionaron la improbable
teoría de que algún forastero podría haber
puesto arsénico en el pudín antes de que Will volviera
a la casa.
El jurado de Lincolnshire tan sólo
deliberó 35 minutos antes de declarar a Mary Leffey culpable
de asesinato. Mary fue sentenciada a muerte y ahorcada el 26 de
mayo de 1884.
Tras la ejecución de Mary, el caso
entero fue estudiado de una forma más objetiva. Nunca se
encontró arsénico en el hogar de los Leffey, y tampoco
se había observado a Mary poniéndole arsénico
a la comida de su marido.
Cuando Will salió desesperado de su
hogar, pasó varias granjas antes de llegar a la residencia
del doctor Bubb. Muchos creyeron que hubiese sido mucho más
natural haber buscado ayuda en la casa de algún vecino cercano
ante la primera señal de malestar.
Comúnmente el arsénico se usa
como veneno para ratas. La mayoría de los granjeros sabían
lo que significaba una dosis mortal. Por supuesto, Mary sabía
que tal cantidad podría ser fácilmente detectada.
Hubiera sido probable que, de usarlo, Mary hubiera puesto una cantidad
de arsénico mucho menor en el pudín de arroz para
evitar su detección.
¿Es posible para un hombre consumir
la mitad de un tarro de pudín de arroz sin darse cuenta de
que sabe a arsénico?
Después
de todo, él comía pudín de arroz todas las
semanas y hubiera notado la diferencia. Si Mary hubiera envenenado
a su marido ¿no hubiera preparado una coartada en vez de
ir diciendo que ella no le había envenenado?
En ningún momento nadie demostró
que Mary y Will no se llevaban bien. El motivo, el ingrediente más
importante de cualquier caso de asesinato, estaba ausente.
El joven Will Lister testificó que
su tío admitió haber intentado colgarse él
mismo. No tenía ninguna razón posible para mentir.
¿Y si Will Leffey padecía de algún trastorno
mental y se envenenó a sí mismo para poder terminar
con su vida y buscar venganza contra su mujer por haber hecho algo
que él se había imaginado?
Nunca lo sabremos con seguridad, pero muchos
creen que Mary Leffey, quien se subió a la horca proclamando
su inocencia, podría haber sido colgada por un asesinato
que nunca tuvo lugar. l
Ilustraciones: David Márquez
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