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LA CARACAS DE ...

El reconocido escritor
se define como un
"animal urbano",
amante de las grandes
ciudades y enamorado
de su metrópolis,
en cuyo Ávila quiere
reposar


Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand


A los 17 años viajó a Nueva York, experiencia durante la cual descubrió
un tinglado de personajes urbanos, un sinfín de paisajes citadinos y la constante calzada hirviendo de gente. García Lorca, en un libro bajo el brazo, fue su compañero de aventuras y quien le llevó a reflexionar: "Caracas también debe tener su poesía". Entonces regresó a Venezuela con una nueva mirada, la de peatón empecinado.

Fue durante esas jornadas "de a pie", a lo largo y ancho de la capital, cuando halló la ciudad anónima de la que tanto ha escrito, la sintió en sus mínimos detalles, midió su temperatura, identificó su olor. "Las mejores páginas que he escrito sobre esta ciudad las concebí en ese tiempo. Caminar por las calles te da otra visión, muy distinta a la que uno tiene cuando anda dentro de un carro con los vidrios cerrados. Vas dentro de una burbuja", dice, lo cual reconoce como una traición a lo urbano.

Leonardo Padrón, de 47 años, es uno de los escritores más exitosos del país. Autor de ocho telenovelas, cinco libros, tres películas y un millar de historias sin contar, se rinde a diario a los pies de Caracas, "un valle hermoso, un cerro inmenso, una exposición de colores... una vista panorámica de esta ciudad es el requisito indispensable para toda casa en la que vaya a habitar", confiesa. "Es que como ahora no camino tanto a Caracas y ya no la tengo en los pies, quiero, al menos, tenerla en los ojos", añade.

Sin embargo, entes de escribir sus telenovelas, siempre vinculadas con lo urbano, decide volver a las calles. "Antes de hacer Ciudad Bendita realicé un trabajo de investigación. Anduve entre buhoneros, fingí ser un cliente, compré cosas tratando de entender sus realidades", cuenta, y asegura que ser un ciudadano de a pie es su nostalgia más grande.

Padrón es un enamorado de Caracas. Califica su relación con la ciudad como "amorosa, que raya con lo vicioso". De pronto hace una pausa, abre un libro y lee extractos de un poema que le dedicara hace unos años: "Caracas es un olor a mujer, un escándalo de loros a las seis de la tarde, un puñetazo en la cara, lluvia, lujo, breve país, un valle culpable y súbito"...

Lógicamente, hay cosas que le desagradan, aunque no las condena. A veces, atascado en el tráfico, se desespera, pero de pronto la visión de un par de guacamayas azules volando sobre la autopista lo "reconcilia" en el acto con la ciudad. Pero no deja de dolerle que Caracas se haya convertido en una ruleta rusa, "en la cual salir a pasear puede significar salir a morir. A mi mejor amigo lo mató la inseguridad de esta ciudad", dice con tristeza.

No obstante, para bien o para mal, Padrón ha convertido esta metrópolis en su discurso vital. Cierto es que desde joven le ha emocionado conocer nuevas urbes: le encantaría vivir un año en París, otro en Nueva York y otro en Praga... pero siempre volver, terminar en su cuna: "Mi pasión irrenunciable, mi norte y mi noche, la responsable de muchos de mis insomnios y muchas de mis plenitudes".

De nuevo hace una pausa y toma otro libro, Tatuaje, su poemario publicado en 2000, y lee: "Un deseo: amanecer en Lima, almorzar en un café de Grecia, ser mediterráneo a las tres de la tarde, caminar para siempre Barcelona, conocer la lluvia de Salzburgo, repetirme en los atardeceres de Caracas, envolverme en los fragmentos de Roma, beberme el cielo de Florencia, las mayúsculas de Río, decir París y otra vez París y oscurecerme en el neón de Nueva York. Yo quisiera morir en un momento del Ávila con la visión de mi ciudad y el recuerdo de todas las demás. En sobredosis. Morir de ciudad".

 
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