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Felices sesenta
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El comienzo de la década del sesenta
debió pertenecer a gente muy dada a las celebraciones;
matrimonios, verbenas, bailes, bautizos o té canastas,
cualquier excusa era válida para invitar a los amigos
a pasar un buen rato, a juzgar por la cantidad de reseñas
de la vida social capitalina publicadas en la revista, que
dibujan perfectamente la alegría que definía
al venezolano de la época. Y es que en Caracas, por
aquellos días, se hablaba mucho de una nueva modalidad
de evento "muy en boga en América e Inglaterra":
El Cocktail Party. Es así como se puede leer
en una de las columnas de consejos sobre normas y etiqueta,
un dato muy llamativo: "El Cocktail Party caracteriza
nuestra época actual, agitada y turbulenta, que nos
priva del tiempo necesario para dedicarnos a otras actividades...
Son fiestas poco solemnes..., no hay horarios ni formalidades".
El invitado, si quería, podía llegar y marcharse
a la media hora; licencia muy bien aceptada por los más
bonchones ya que esto les permitía ir "de fiesta
en fiesta", costumbre que sin duda alguna no han perdido
los caraqueños. Quizás ahora no sean Cocktail
Parties sino rumbas de las que los muchachos "rebotan
durísimo" si no encuentran lo que andan buscando.
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Rifa
Mirtha Rivero
A propósito del casorio de una amiga,
a Alba y a Renata les dio por disertar sobre la institución
del matrimonio y las "posibilidades de éxito" a
las que se enfrenta cualquiera que en estos días se arriesga
a casarse o a vivir como pareja bajo un mismo techo. Es muy difícil
acertar en esa lotería, decían.
Ambas (solteras, por cierto) exhibieron sus teorías -y sobre
todo sus dudas- en un café al aire libre, ante la presencia
de otras tres amigas que durante un buen rato escuchamos atentas
la larga exposición.
Al margen de los buenos deseos que tenían para los recién
casados -que se quieran mucho y sean muy felices-, se mostraban
escépticas sobre las probabilidades de logro en una empresa
matrimonial. Porque ya no es como antes, dijo Alba, magnificando
las bondades de otras épocas, cuando las que hoy son nuestras
abuelas se casaban o se arrejuntaban y a nadie, ni a ellas ni a
los que estaban a su alrededor, le asaltaban dudas acerca de la
perpetuidad de la relación.
En aquellos tiempos -especificó- las personas se emparejaban
y los matrimonios perduraban, y ya está. No había
ese montón de solteros que hay ahora ni ese pocotón
de desconfiados.
Pero es que antes -le apuntó Renata- las parejas se casaban
y se aguantaban. Hoy en día la gente se casa para ser feliz,
no para asegurar la perpetuidad de la especie. Es muy fatigoso y
complicado calarse a un compañero que no comparte el gusto
que uno tiene por los poetas del siglo de oro español, que
ronca por las noches y que, encima, no suelta el control remoto
del televisor.
No vale todo lo que se quiera a alguien -señaló la
otra, mucho más pesimista-. No cuentan las ganas que se tengan
de que las cosas salgan bien ni lo muy parecidos que sean los novios.
Cuando la cosa va a salir mal, sale mal. No hay garantía.
Para Alba y Renata, era evidente, el tema del casamiento acarreaba
una gran dosis de aprensión, y por más de una hora
estuvieron razonando sobre el asunto sin poder ocultar el miedo
que sentían. Así fue como (quizá buscando un
patrón que disipara sus inseguridades) comenzaron a enumerar
experiencias conocidas.
Hablaron de Jenny y Antonio, una pareja que lleva más de
seis años junta porque, además del amor mutuo, comparten
la afición por los deportes de alto rendimiento, el gusto
por la comida sana, el camping, las películas de detectives
y un religioso viaje anual a la Gran Sabana.
Recordaron la historia de Adolfo y Miriam. Ambos deliran por la
música de los años '60, la buena mesa, la novela contemporánea,
y están igualmente apasionados por el conocimiento de las
capas y las fisuras de la tierra -los dos son geofísicos-.
Se conocieron y enamoraron cuando estudiaban en la universidad,
tuvieron cuatro años de novios, dos de convivencia y sólo
once meses de casados.
Mencionaron también a Sofía y Daniel, un par que congenia
en gustos e intereses pero diverge en la manera de ser. Ella, siempre
correcta, formal y diplomática en todo, y él, tan
seco, directo y cortante. Estuvieron juntos durante doce años,
al cabo de los cuales se divorciaron. Veinticuatro meses después
volvieron a casarse, y por estos días, según cuentan,
parece que piensan en nueva separación.
Para concluir, se refirieron a la relación de Rubén
y Mariana, dos seres que no coinciden ni en el aire que respiran.
Mariana puede dormir con la televisión encendida y las cortinas
recogidas, Rubén prefiere el silencio y la oscuridad. A ella
le gustan las comidas "húmedas", con muchas salsas,
pero a él le apetecen los platos "secos", a la
plancha y sin aceites. Mariana disfruta con un gentío y las
reuniones familiares, Rubén prefiere las celebraciones privadas.
Ella se muere por una balada pop mientras que él es fanático
de la música clásica. Él se acuesta a dormir
a las ocho de la noche, ella en cambio puede -sin ningún
problema- irse a la cama a las ocho de la mañana. Y así
y todo, llevan 25 años de casados.
Está dicho: es una lotería -exclamó Renata,
de repente, mirando cómplice a la muchacha que se acercaba
a servirle el tercer café de la tarde-. El matrimonio es
una lotería. ¡Una rifa!
Sí -le dijo la joven-, es una rifa, pero como en toda rifa,
hay que jugar para poder llevarse el número ganador. l
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