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  Arepita de cebada
Mónica Montañes

 

Una tarde de estas escuché con asombro a una preciosa abuela argentina cantarle a su nieto la siguiente estrofa infantil: "Tortita de manteca pa' mamá que da la teta, tortita de cebada pa´ papá que no da nada". Me asombraron dos cosas. La primera, que en tierras sureñas le cantaran a los niños lo mismito que a nosotros, cambiando, claro está, las arepas por las tortas, lo que nos lleva rápidamente a concluir lo contrario, que nosotros cambiamos las tortas por las arepas y que ese juego de niños nos viene de la Colonia y de la Madre Patria, pues. La segunda, mucho más interesante y pavorosa, que desde tiempos, probablemente, inmemoriales las madres le cantamos a los hijos que los padres no dan nada. Aquí vale que se rían de mis interpretaciones cuaimísticas de la realidad, pero lo cierto es que la realidad, con erre mayúscula, nos vive asaltando con anécdotas que parecieran darme la razón.
En estos días me consigo con una amiga estupefacta. Ella anda en una de conseguirse una casa nueva, pues los dueños de su casita de toda la vida han decidido venderla. Está, en consecuencia, atribulada por la mudanza inminente y los precios exorbitantes de los alquileres, pero su estupefacción no viene por ahí. Resulta que ella tiene una hija preciosísima que acaba de cumplir 18 añitos, cuyo padre, el ex de mi amiga, decidió que, como la muchacha ya es mayor de edad y la ley ya no lo obliga, pues él no va a pasar ni medio más, y listo. Hasta ese día de cumpleaños inolvidable llegan sus obligaciones de padre, al menos en lo que a economía se refiere. Bien bello, ¿no? Más allá de lo oportuno del momentazo en el cual el caballero tomó tamaña decisión, quedan muchas preguntas devastadoras en el aire. Preguntas que por cierto no son mías ni de mi amiga, sino de la indignada y dolida muchachita. "¿Quiere decir eso que ya no soy su hija?, ¿ya no le importo?, ¿será que sólo se ocupó de mi porque la ley así lo decía?". Por supuesto, me sumé al coro de destrozadoras verbales del caballero en cuestión, hasta que me invadió un silencio espeluznante, pues me vino a la mente un grupejo de otros padres, cercanísimos, a los que trato, incluso bien, que no es que dejaron de pasar platita a los 18, sino que nunca han pasado ni medio. Contra los cuales el ex de mi amiga podría ripostar, quedando como un príncipe, yo al menos piché durante casi veinte años. ¿Por qué es tan cotidiano este fenómeno? No abundan las respuestas pero sí podríamos aventurar que esos señores tienen la absoluta certeza de que sus ex mujeres no los van a imitar. Que mi amiga nunca le va a decir a su muchacha, chica, fíjate que tu papá tiene razón, ve a ver cómo haces para pagar la universidad, comer y vestirte, porque la ley dice que ya eres mayor de edad y no es asunto mío. Como a ninguna de las madres de la otra situación se le cruza por la cabeza decirle a los bebés, chico, muérete que tetero no hay ni pañales, ¿cómo haríamos?, y apréndete ahí los números y las letras como puedas porque tu papá no me ha dado ni medio y yo menos. La mujer venezolana en su inmensa mayoría hace como mi amiga y miles de otras amigas mías, sonríe, echa pa'lante, resuelve, incluso se siente orgullosa y digna de no necesitar al padre de sus hijos para nada. Hay quien nos echa la culpa de eso, quien dice que nosotras les estamos robando un derecho a los hijos al no obligar, demandar y hasta meterles presos a sus lindos papás. Puede ser. También puede ser que, desde tiempos inmemoriales, nos llega cantandito la certeza de la arepita o tortita de cebada que rima tan bien con que papá no da nada. l

 
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