|
Una tarde de estas escuché con asombro
a una preciosa abuela argentina cantarle a su nieto la siguiente
estrofa infantil: "Tortita de manteca pa' mamá que da
la teta, tortita de cebada pa´ papá que no da nada".
Me asombraron dos cosas. La primera, que en tierras sureñas
le cantaran a los niños lo mismito que a nosotros, cambiando,
claro está, las arepas por las tortas, lo que nos lleva rápidamente
a concluir lo contrario, que nosotros cambiamos las tortas por las
arepas y que ese juego de niños nos viene de la Colonia y
de la Madre Patria, pues. La segunda, mucho más interesante
y pavorosa, que desde tiempos, probablemente, inmemoriales las madres
le cantamos a los hijos que los padres no dan nada. Aquí
vale que se rían de mis interpretaciones cuaimísticas
de la realidad, pero lo cierto es que la realidad, con erre mayúscula,
nos vive asaltando con anécdotas que parecieran darme la
razón.
En estos días me consigo con una amiga estupefacta. Ella
anda en una de conseguirse una casa nueva, pues los dueños
de su casita de toda la vida han decidido venderla. Está,
en consecuencia, atribulada por la mudanza inminente y los precios
exorbitantes de los alquileres, pero su estupefacción no
viene por ahí. Resulta que ella tiene una hija preciosísima
que acaba de cumplir 18 añitos, cuyo padre, el ex de mi amiga,
decidió que, como la muchacha ya es mayor de edad y la ley
ya no lo obliga, pues él no va a pasar ni medio más,
y listo. Hasta ese día de cumpleaños inolvidable llegan
sus obligaciones de padre, al menos en lo que a economía
se refiere. Bien bello, ¿no? Más allá de lo
oportuno del momentazo en el cual el caballero tomó tamaña
decisión, quedan muchas preguntas devastadoras en el aire.
Preguntas que por cierto no son mías ni de mi amiga, sino
de la indignada y dolida muchachita. "¿Quiere decir
eso que ya no soy su hija?, ¿ya no le importo?, ¿será
que sólo se ocupó de mi porque la ley así lo
decía?". Por supuesto, me sumé al coro de destrozadoras
verbales del caballero en cuestión, hasta que me invadió
un silencio espeluznante, pues me vino a la mente un grupejo de
otros padres, cercanísimos, a los que trato, incluso bien,
que no es que dejaron de pasar platita a los 18, sino que nunca
han pasado ni medio. Contra los cuales el ex de mi amiga podría
ripostar, quedando como un príncipe, yo al menos piché
durante casi veinte años. ¿Por qué es tan cotidiano
este fenómeno? No abundan las respuestas pero sí podríamos
aventurar que esos señores tienen la absoluta certeza de
que sus ex mujeres no los van a imitar. Que mi amiga nunca le va
a decir a su muchacha, chica, fíjate que tu papá tiene
razón, ve a ver cómo haces para pagar la universidad,
comer y vestirte, porque la ley dice que ya eres mayor de edad y
no es asunto mío. Como a ninguna de las madres de la otra
situación se le cruza por la cabeza decirle a los bebés,
chico, muérete que tetero no hay ni pañales, ¿cómo
haríamos?, y apréndete ahí los números
y las letras como puedas porque tu papá no me ha dado ni
medio y yo menos. La mujer venezolana en su inmensa mayoría
hace como mi amiga y miles de otras amigas mías, sonríe,
echa pa'lante, resuelve, incluso se siente orgullosa y digna de
no necesitar al padre de sus hijos para nada. Hay quien nos echa
la culpa de eso, quien dice que nosotras les estamos robando un
derecho a los hijos al no obligar, demandar y hasta meterles presos
a sus lindos papás. Puede ser. También puede ser que,
desde tiempos inmemoriales, nos llega cantandito la certeza de la
arepita o tortita de cebada que rima tan bien con que papá
no da nada. l
|