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Cabalgar el río bravo

Un fin de semana en Barinas sirvió para hacer catorce kilómetros de rafting sobre dos de los ríos más potentes del llano venezolano: Acequia y Sinigüis. Fueron cuatro horas cargadas de adrenalina y emoción en contacto pleno con la madre naturaleza. Por Johan Ramírez

Barinas, llano a pie de monte, muy distinto al llano abierto, al gigante y sin límites que predomina en Apure y Cojedes. Sí, es muy distinto éste, más boscoso, más frío, y, dependiendo de lo que cada uno decida hacer, más emocionante. Esta vez nos fuimos tierra adentro, bordeando las márgenes del río Acequia, subiendo hasta un raudal rabioso del Sinigüis, desde donde, en los días despejados, se contempla la cumbre nevada del Pico Humboldt (la segunda montaña más alta de Venezuela). Hasta allá fuimos con un solo propósito, ponernos nuestro chaleco salvavidas, sujetarnos el casco, tomar el remo y no soltarlo jamás, y subirnos a un bote inflable para cabalgar, domar -tal vez sería más justa esa palabra-, las briosas aguas de aquellos ríos potentes, fríos por ser su caudal producto del deshielo, y recorrerlos palmo a palmo a lo largo de un intenso tramo de catorce kilómetros; serían cuatro horas rodeados por toneladas de agua, navegando entre un paisaje fabuloso, sorteando rocas del tamaño de un automóvil… todo con tal de vivir la experiencia única de hacer rafting en Barinas.

DE ENTRENAMIENTO

El viaje duró tres días. Llegamos el sábado por la mañana al campamento que Guamanchi Expeditions acababa de construir a la orilla del Sinigüis. La mañana fue compartida entre el canopy (que consiste en cruzar por una cuerda un trecho entre dos árboles utilizando un arnés y una polea para deslizarse), y el muro de escalada.

En el canopy había tres estaciones, siendo la segunda la más larga -un poco más de cien metros-, y la más emocionante, pues uno "vuela" sobre el río estruendoso.

La pared de escalada, por su parte, mide doce metros. En honor a la verdad, parece fácil de ascender, pero no se engañe, no lo es.


Las nuevas instalaciones de Guamanchi invitan a quedarse
un poco más
Si bien reina la aventura, en el campamento también puede relajarse  

Tras el almuerzo nos preparamos para las primeras zambullidas en el río. Hoy sería sólo un abrebocas, un entrenamiento en realidad. Nos dieron las pautas necesarias para remar correctamente, los tips de qué hacer en casos de emergencia, cómo reaccionar si un compañero cae al agua, o si uno es quien se sale del bote. Hacer rafting parece muy riesgoso (y lo es, en cierto sentido), pero lo importante es que la mayoría de las emergencias están previstas de antemano. Entonces el riesgo adquiere un carácter muchos menos alarmante: "riesgo controlado".

Esa tarde navegamos poco, tal vez unos 45 minutos bastaron para hacer el recorrido y las prácticas programadas. Fue emocionante, pero nada del otro mundo. Sin embargo, los guías y organizadores del viaje nos alertaban que la aventura del siguiente día, cuando sí haríamos los catorce kilómetros pautados, sería absolutamente electrizante. Todos esperábamos que así fuese… y así fue.

RÍO BRAVO
A la mañana del domingo tomamos nuestro desayuno, bien balanceado y suficiente, y nos preparamos para salir. La partida sería justo detrás del campamento, por donde pasa el Sinigüis. Hubo un breve repaso de lo aprendido el sábado, algunas fotos en la orilla, y nos fuimos… subimos todos al bote y nos dejamos llevar por la corriente indetenible de aquellas aguas. A lo lejos, atemorizante ya, se revolvían las espumas del primer rápido de la jornada. La emoción apenas comenzaba, pues uno tras otro aparecieron los raudales más potentes que jamás habíamos navegado: la batidora, la lavadora, la quiebra costilla, el guabineo, la poceta, el alacrán, dos bocas, etcétera. Los nombres son más que evidentes.

No sólo debe domarse al tempestuoso río, también debe prestarse atención a las enormes rocas que avisan peligro

El recorrido de cuatro horas está lleno de emociones, uno estalla en adrenalina con cada rápido, con el choque de las olas y el escándalo de las aguas enloquecidas. Sin embargo, tras cada clímax, viene un remanso apacible donde los cuerpos se relajan, los remos reposan y la mirada se pierde entre la hermosura de los árboles enormes que crecen robustos junto al río. Hay también en el camino varias paradas para tomar un baño, o para saltar de alguna roca elevada que sirve de trampolín improvisado. A las tres horas de camino, más o menos, aparece un puente colgante, tal vez el tercero que habíamos visto. La diferencia es que desde éste sí puede brincarse. Subimos impacientes, nos paramos sobre las débiles barandas de madera vieja, y cada uno a su tiempo y con su grito saltó a una altura, quizá, de unos ocho metros sobre el agua.

Y así pasamos el día, entre chapuzones tranquilos y el ánimo alterado por el rafting, casi con la certeza de estar enfrentando, en desventaja, a la madre naturaleza.

Un puente colgante invita a saltar desde unos ocho metros de altura

Finalmente, después de cruzar el último rápido, el guía del bote nos invitó a saltar al agua y dejarnos llevar por la corriente hasta la orilla donde nos esperaba el vehículo del campamento. No dudé en dejarme caer a las frías aguas que alguna vez fueron glaciar en el Humboldt. Floté dichoso sobre ellas y, arriba, cientos de metros por encima de mí, volaba a plenitud un ave, quién sabe cuál sería. La miraba desde abajo, y por un momento, en la felicidad absoluta que me embargaba, sentí que era yo su sombra reflejada en el río, y esa sola idea, me hizo cien veces más feliz, pues tuve la sensación invariable del hombre libre, del que acaba de montar millones de litros de agua embravecidos, de quien ha contemplado la maravillosa potencia de la creación, de quien ahora respeta más el planeta, y de quien, por un instante y tal vez sólo en su imaginario, puede convertirse en la sombra de un pájaro que cruza los cielos… qué raro, ¿no?…

"UNO ESTALLA DE ADRENALINA EN CADA RÁPIDO, CON EL CHOQUE DE LAS OLAS"

La batidora, la lavadora, la quiebra costilla, el guabineo... los nombres de los raudales lo dicen todo
 


Por si quedan ganas

El tercer día es opcional. La mayoría de los turistas sólo se queda el fin de semana, pero si usted dispone del tiempo y los recursos, es mejor que permanezca hasta el lunes. En la tarde del domingo, tras el rafting maratónico y en lugar de regresar a Barinas, uno puede salir en bicicleta de montaña a recorrer un rato las sabanas o, simplemente, quedarse a descansar. En la noche, un buen baño y la completa cena dan paso a un tiempo para la lectura o la sola reflexión, y al sueño imperturbable gracias al cansancio físico. Al día siguiente, después de almuerzo, es hora de partir de vuelta a Barinas, donde termina el viaje.


Familiar
El campamento no sólo ofrece la posibilidad del rafting o el canopy, actividades que pueden ser consideradas como "extremas". También pueden hacerse recorridos para la observación de aves, paseos a caballo, rutas en bicicleta, muro de escalada, visita a unos petroglifos que rodean el lugar o, simplemente, se opta por el descanso en la posada, amplia, cómoda y silenciosa. En todo caso, cuenta John Peña, dueño de Guamanchi, que el rafting corto puede ser disfrutado por niños desde los ocho años, e incluso menos, dependiendo del tamaño, contextura y actitud de éstos. El largo, igualmente partiendo de algunas condiciones, es apto para mayores de doce, por lo general.

COORDENADAS
El viaje realizado fue una cortesía de Guamanchi Expeditions. Para mayor información sobre servicios, costos y otros destinos, puede llamar al (0274) 252.2080; escribir a info@guamanchi.com; o visitar www.guamanchi.com.


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