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  La historia propia
Mirtha Rivero

Hace más de diez años, el capataz de un rancho mexicano en las afueras de Tecate, una población en el norteño estado de Baja California, me preguntó: ¿Y qué idioma tienen ustedes? La pregunta, sobra decir, me dejó boquiabierta. No era la primera vez que hablaba con Neptalí; de hecho, era la tercera vez que lo visitaba en la hacienda en donde vivía junto con su mujer y su hijo. Nos habíamos conocido cuando yo, en labores reporteriles, lo abordé para un trabajo sobre la vida en la frontera. Después de eso pude verlo un par de veces más, y en la última ocasión que nos encontramos me disparó: ¿Y qué idioma tienen ustedes?
Neptalí, un hombre pequeño, cobrizo y de unos 50 años de edad, había sido educado por curas en el seminario católico que lo había acogido cuando apenas se levantaba medio metro del suelo, y donde vivió hasta llegar a la mayoría de edad.
El sabía que yo era una periodista venezolana, y que Venezuela es un país latinoamericano. El sabía eso. Pienso yo. Pero aun sabiéndolo, se lanzó: ¿Qué idioma tienen ustedes? Y yo -tratando de desfruncir el ceño que se me había fruncido de repente- alcancé a decir: castellano, sorprendiéndome a mí misma de no haber dicho "español". Dije "castellano", y lo repetí mentalmente como para asegurarme de que había dado la respuesta adecuada. Contesté casi con timidez, como si me hubiesen agarrado en falta grave. Castellano. Y él -creo que hasta con lástima, y más sorprendido que yo- volteó sus ojos negrísimos hacia la cara redonda de su esposa, y exclamó: ¡Uy, no tienen idioma propio!
Su conclusión fue más desconcertante que la pregunta. ¡No tienen idioma propio! Me dejó sin habla.
Desde ese día, la sentencia de Neptalí se me quedó grabada, y hace poco dio pie para una conversa histórica en una reunión entre amigos.
Coromoto fue la primera en alegar: "Es que los mexicanos se sienten los propios descendientes de una civilización milenaria. Provienen de un Imperio, con mayúscula. Se muestran orgullosos de una historia antigua, de una cultura ancestral que conoció lenguas distintas a la de Hernán Cortés".
"En cambio nosotros -dictaminó Victoria, una ácida reportera que trabaja en una agencia de noticias- no nos sentimos descendientes de nada. De qué civilización vamos a ser herederos".
"¿Y dónde me dejas a los timotocuicas?", saltó Juancho, reivindicando ancestros andinos.
"¿Y quién se acuerda de ellos?", bromeó Camila.
"Déjate de boberías", respondió Victoria a Juancho. Tú mismo no sientes a los timotes como tus abuelitos. Ni siquiera tatarabuelos. Aquí, y eso lo sabemos todos, lo que más había eran tribus desperdigadas de recolectores primarios: comían lo que había en las matas, y cuando las frutas se acababan se iban con su cachachá para otra parte.
"Pero no se daban mala vida por eso -intervino Coromoto-, como tampoco nos la damos nosotros. No nos sentimos menos porque no fuimos parte de un imperio…".
"Y tampoco nos tenemos que sentir más por todo lo que vino después -interrumpió mi marido-. Por mucho que ahora se hable de hazañas y de proezas decimonónicas. No tenemos vocación de historia, de 'ese' tipo de historia. No somos héroes ni nos sentimos héroes. Para nosotros, las gestas del siglo diecinueve las ejecutaron unos cuantos hombres. Así lo machacan los libros. No fue la decisión de todo un pueblo, o por lo menos así es como lo vemos. Fueron individualidades, personajes definidos: especies de Rambos o tipos todopoderosos, superhéroes que sobresalieron entre la multitud. Y unos más que otros".
"Pero los héroes fueron ellos -coincidió Victoria-, y están todos muertos. El pasado ya pasó".
"Claro, porque a nosotros lo que nos interesa es el día a día -protestó Sebas-, y no miramos para atrás. Somos unos irreverentes. No respetamos a nadie y no cultivamos raíces. Nos importa un pito lo que pasó antes. No nos interesa la historia".
"¡Pero cómo nos va a importar, si es que no tenemos historia! -gritó Victoria-. El pasado nuestro comienza ahí mismito".
"¿Y que tiene de malo eso de no tener historia? -preguntó mi hija de 25 años que, hasta ese momento, era espectadora muda de una conversación entre viejos-. ¿Cuál es el problema? Mi pasado es lo que he vivido, es mi familia. Esas son mis raíces. Con eso me identifico. Es lo que me pertenece. El resto de la historia: la del mundo, la de la especie, la de la humanidad, la leo en los libros. Y yo veré si me quedo con ella o no". l

 
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