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LA CARACAS DE ...

EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL

RODOLFO SAGLIMBENI

Director de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y Grado de Honor de la Real Academia de Música en Europa, ha dirigido unos 500 conciertos en la capital. Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand

"Hacer música
en Caracas es un
privilegio"

Terminó el bachillerato en Barquisimeto y al día siguiente se vino. Es que aunque en su tierra existe una importante tradición musical, la capital era la meca. Nacía para entonces el Sistema Nacional de Orquestas y la formación y las oportunidades hervían en esta ciudad, por lo que Rodolfo Saglimbeni, a los 17 años, no lo dudó para mudarse, acertada decisión para quien hoy es uno de los más respetados directores de orquesta de Venezuela.

"Pero ya desde antes venía a Caracas -dice-; todos los viernes, al salir del colegio, tomaba un avión y a las dos ya estaba aquí. Pasaba la tarde en clase: piano en Santa Mónica, trompeta en Bellas Artes, dirección en Parque Central o El Paraíso, en la noche me colaba a la ópera del Teatro Nacional, y luego me iba al Nuevo Circo, a las 11:00 pm, para regresar a Barquisimeto en autobús", recuerda.

"Éste era el lugar donde debía estar para desarrollar mi pasión. Pero con el tiempo se convirtió en mi ciudad, la de mi familia, la de mis hijas, la de mi crecimiento", apunta, y añade: "Hacer música en Caracas es un privilegio que me dio la vida".

"Un lugar que me encanta es la Universidad Central... disfruto mucho sus espacios, sus estadios, el hospital, y más que todos, desde luego, mi lugar: el Aula Magna"

Y lo dice porque aquí la Orquesta Sinfónica Municipal (de la que es director artístico) puede interpretar a Beethoven, "y después acompañar a Alexis Cárdenas con un pajarillo; o Gabriela Montero toca a Rachmaninoff, y luego improvisa sobre La Cucaracha. En un mismo recinto puedes escuchar a Mozart y a Rafa Galindo. Esa dicha no la tienen muchas ciudades", afirma.

Pero su relación con la capital comenzó hace años, cuando paseaba con su padre por Candelaria y él le contaba cómo había llegado aquí desde Italia. "Me hablaba de sus trabajos, de cuando vendía suspiros aquí o raspados allá. Me explicaba lo que era tomar un carrito en el Centro y 'viajar' hasta Chacao… así fui enamorándome de Caracas", dice.

En aquel momento, impresionado por los anuncios de neón y los enormes distribuidores viales -El Pulpo, El Ciempiés y La Araña-, él creía haber llegado a Nueva York.

Estuvo dos años acá y se marchó a Inglaterra, donde logró un grado, dos postgrados, y tiempo después un Grado Honorario de la Real Academia de Música (la institución musical más antigua de Europa). Durante todo esa etapa, una certeza lo acompañó infaltable: "Desde que me fui, en 1981, hasta que regresé, en 1987, sabía que tenía que volver a Caracas, porque era -y sigue siendo- un centro mundial de la música".

Y fue aquella pasantía en Europa lo que lo capacitaría para dirigir, en los próximos 20 años, unos 500 conciertos en la capital. Sin embargo, lo que más le enorgullece, y donde cree está el poder transformador de su arte, es en el trabajo comunitario. Allí ha obtenido grandes satisfacciones tocando en barrios, ancianatos, hospitales y cárceles… Sí, inolvidable aquel diciembre en que se presentaron en La Planta y, después, en agradecimiento, los presos tocaron salsa para ellos. "Esas son realidades ocultas en el subterráneo de la ciudad", afirma.

Viéndolo bien, su amor por esta urbe es quizá comparable al que profesa por la música. Por lo menos eso se observa en su biblioteca personal: una mitad corresponde a su profesión, y la otra está repleta de Caracas.

"Y un lugar que me encanta, y que no había nombrado, es la Universidad Central. Cuando ensayamos allí, siempre salgo muy temprano para llegar antes y poder caminarla. Tengo ubicadas sus más de 60 obras, y me voy a visitar cuantas puedo. Disfruto mucho sus espacios, sus estadios, el hospital, y más que todos, desde luego, mi lugar: el Aula Magna".

johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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