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Erase una vez
Maritza Sayalero

La reina de belleza que se fue hace veinticuatro años de Venezuela para vivir su sueño, regresó como una madre serena y feliz. Hoy, la Sayalero hace memoria y cuenta parte de su historia, una historia donde una muchacha venezolana quedó cautivada por el encanto de un tenista mexicano. Mario Aranaga

Concertar la cita no fue una tarea sencilla, pero la insistencia superó los obstáculos y, finalmente, logramos compartir una hora con una de las venezolanas más famosas y queridas de la saga de la belleza nacional. Maritza Sayalero fue la primera Miss Universo criolla, y eso marcó su vida para siempre. Hoy, convertida en la señora Ramírez y madre de tres hijos, la miss del cuerpo prodigioso hizo memoria para compartir los recuerdos de una vida que no cambiaría por nada.

Acompañada por sus padres y por dos diligentes asesores, Maritza llegó puntual al encuentro. Vestida y arreglada para un compromiso televisivo posterior, la todavía imponente dama marcó con sus maneras un encuentro amable y cercano. Quince minutos para posar ante la cámara, y cuarenta y cinco minutos frente a frente, bastaron para escuchar el cuento de una bonita reina.

Las coronas
“Llegué al Miss Venezuela por Osmel Sousa. Un domingo, comiendo con mis papás en un restaurante, Osmel se acercó a la mesa y nos dijo: ‘esta muchacha tiene muchas aptitudes para el concurso, buen tamaño, buen cuerpo, y es muy guapa´. Pasó el tiempo y, como un año después, nos volvió a ver. Yo tenía ya diecisiete, y esta vez me dejó el gusanito, lo platiqué con mis padres, pero mi papá estaba renuente, ¿quién sabe qué pensaba él?... Pero tenía el apoyo de mi mamá y entre las dos lo convencimos. Ella fue mi mejor aliada. Desde el principio hasta el día cuando me pusieron la corona siempre estuvo a mi lado, iba con ella a todas partes. Yo era una muchacha de su casa, estudiante. Eso me sirvió para que la gente me quisiera y me tomara cariño. Fui una concursante tranquila, nada conflictiva, muy apoyada y seguida por los medios. La única fue Chepa Candela que a veces se metía con mi papá... fueron tonterías, nunca tuve una experiencia desagradable”.

“Cuando gané sólo faltaban dos meses para el Miss Universo. Fueron semanas de mucha preparación, tocar puertas, aprender ciertos detalles, pedir ropa prestada... yo venía, y todavía pertenezco a una familia normal, de clase media, nada de lujos ni de mucho dinero. Recuerdo que dos señoras, Maruja Beracasa y Antonieta Scanonne, me prestaron la ropa para el concurso. La señora Beracasa me prestó un abrigo de zorro plateado larguísimo, un abrigo que me trajo suerte y que recorrió todo el planeta”.

“Ese año el concurso de Miss Universo era en Perth, Australia. Era invierno. Cuando llegué, después de un viaje eterno, me concentré en hacer el mejor papel. Un día me tocaba una sesión de modelaje con los fotógrafos y corresponsales que cubrían el evento, así que me puse mi bikini, uno chiquitito negro, me recogí el pelo, me maquillé, me puse mis pulseras y unas argollas grandotas, y salí para la piscina del hotel con el abrigo de zorro puesto. Hacía un frío horrible y estaba congelada. Llegué a la piscina y estaban todos los fotógrafos. De repente me subí en una piedra y les dije -en español- ‘¿ya están listos?, porque tengo mucho frío, okey’. Ellos se prepararon y yo abrí el abrigo. Nunca imaginaron que yo estaba en bikini, ¿quién sabe qué estaban esperando? Me tomaron millones de fotos, fue una locura. Yo sólo oía los flashes, y los clicks, estaba solita, pero era mi momento”.

“Gané el Miss Universo. Fue un sueño, una maravilla, algo inolvidable. Me regalaron un abrigo de piel, un carro, ropa por un año, maquillaje. Tenía derecho a una audición para hacer una prueba para cine, que no hice... pero sí fui a una prueba de modelaje en la agencia de John Casablanca. Me entrevisté con él dos veces y había quedado que cuando terminara mis compromisos con el Miss Universo me establecería unos tres meses en Nueva York para probar. Si no hubiera conocido a mi esposo posiblemente lo hubiera hecho. Cuando me despedí del señor Casablanca le di las gracias por la oportunidad y le dije que a lo mejor había perdido a la top model de los ochenta, pero que yo tenía otros planes. Me gané veinte mil dólares en efectivo y le di la mitad a mis papás”.

“Todavía adoro los concursos de belleza. En casa saben que no me pierdo el Miss Universo, me voy al cuarto y lo disfruto, lo veo y lo vivo con amor y pasión... cruzando los dedos por la venezolana, que siempre está pisándoles los talones a todas, y mi marido, que lo ve conmigo, siempre me dice: ‘no puede ser, otra vez la venezolana’. Y a veces vacila: ´A mí se me hace que hay un pacto, un negocio, porque esas venezolanas siempre dan el susto...´”.

“Mi experiencia ha sido cien por ciento positiva, no puedo hablar mal ni decir nada feo de los concursos de belleza que gané, porque si no hubiera sido por esos dos eventos de mi vida yo no tendría lo que tengo ahorita. Estoy muy agradecida”.

El amor
“Tenía seis meses como Miss Universo y estaba en una gira por la península de Baja California. Una de las ciudades que tenía que visitar era Ensenada. En aquel momento el papá de Raúl Ramírez, mi esposo, tenía que ver con el gobierno, y el presidente municipal le pidió el favor de que fuera mi anfitrión y me ofreciera un cóctel de bienvenida. Sin embargo, hay un preámbulo: Raúl hijo, tenista profesional, estaba en Montecarlo y su papá lo llamó para decirle que la Miss Universo venía a Ensenada y que si no le gustaría conocerla. Según cuenta Raúl hijo, él se emocionó mucho, eso de conocer a la reina venezolana le causaba curiosidad. Entre una cosa y otra, padre e hijo hablan y Raúl decide tomar un avión y regresar a Ensenada para recibirme. Pero no fue así no más; él pidió datos míos, le dijo a su hermana que buscara fotos o revistas, él cuenta que quería verme, para ver si valía la pena el viajecito... Su hermana le consiguió una revista Vanidades y en el reportaje yo salía en traje de baño. Raúl dice que me vio y le dijo a su hermana: ‘pues no está mal, nada mal... valió la pena el viajecito’”.

“El día que lo conocí quedé impactada. Desde el primer minuto hubo química. Me acuerdo clarito... lo primero que me recibe en la casa de los Ramírez es un portón de madera, sigo caminando con las personas de la organización y, de repente, salen a mi encuentro unos mariachis y veo en el centro a un hombre guapísimo, enorme, con los bigototes y el pelo largo y con un ramo de rosas rojas en las manos... Yo me quedé impactada, no me lo imaginaba así. No tenía ninguna expectativa, nada de nada. Por eso creo en el destino. Dios tiene bien marcadito lo que le va a pasar a cada quien”.

“No pensé nunca en los sacrificios, si viviría contenta o triste; por ahí no fueron mis pensamientos, más bien yo me sentía tan feliz, tan realizada... Era una niña y todo me estaba saliendo tan bien, que no podía sentirme presionada, ni nerviosa. Hubo momentos difíciles, fueron decisiones serias, trascendentales. Pero México y Raúl me recibieron con cariño. Yo estaba muy firme, muy segura de lo que quería y de quién era Raúl”.

La vida
“Vivo desde hace veinticuatro años en Ensenada, en la Península de Baja California, en México. Una ciudad de mar, un poco turística, un poco industrial. Es un lugar tranquilo y muy lindo, tengo una casa confortable y una vida buena con mis hijos y mi marido”.

“Mis días típicos son agitados. Me levanto muy temprano en la mañana para ayudar a mi hijo menor a prepararse para ir a la escuela, le doy el desayuno -él lo podría hacer solo, pero es un instinto de madre que lo he tenido siempre, desde que tuve a mi primera hija, Rebeca-. Me gusta hacerlo y me sirve de rutina. Luego me visto y me voy al gimnasio -está muy cerca de casa- soy fanática del spinning, entreno durante una hora y regreso a mi casa. Me organizo y comienza una rutina nada especial para una ama de casa: pagar cuentas, ir al banco, al mercado, ver a mis amigas, diligencias...”.
“Comparto mucho tiempo con mi marido, estamos siempre juntos haciendo cosas, porque con el tipo de trabajo que tiene Raúl se presta. Cuando tiene eventos especiales o viajes lo acompaño. Mi marido, ahorita, hace clínicas de tenis para niños y jóvenes. Su trabajo principal son los torneos de su categoría, ocho al año. También vamos a exhibiciones privadas con otros tenistas de su generación. Pero casi siempre estamos en Ensenada, en nuestra casa”.

“Tengo tres hijos: Raúl -el del medio- tiene fuera de casa dos años, vive y estudia en Guadalajara, va a terminar su segundo año de Comercio Internacional. Mi hija Rebeca -la mayor- vive con nosotros y es cosmetóloga, está recién graduada. Ella es la que se encarga de mantener más o menos mi cara bien, y a todos en la familia nos hace faciales y nos da masajes; y el último, Daniel -el pequeño- que está en tercer año de bachillerato”.

“Vivo en México y mis hijos son mexicanos, pero Venezuela es mi tierra, mis recuerdos, mi familia. Este viaje será inolvidable, fue como vivir mis triunfos de nuevo. Aquí me siento querida. Mucha gente se siente orgullosa de mí y eso se me hace increíble, bien bonito. Que alguien se sienta orgulloso de ti quiere decir que, con todo y todo, con tus tropiezos y tus defectos has hecho las cosas bien”.

“No soy una mujer de la farándula, de peluquería. En Ensenada no tengo costumbre, mi vida es muy diferente, salgo con poco maquillaje, mi pintura de labios, mi gorrita, mis jeans, soy, como dicen los americanos, low key”.

“Me gusta la vida que tengo, no extraño nada, viajé y disfruté mucho. Yo no quería ser artista, ni modelo, ni comentadora de televisión, sino vivir muchas experiencias, y créeme que lo he hecho. Después de veintitrés años de matrimonio veo a mis tres hijos, mi marido fantástico, no puedo pedir más”. l

 

Sabía usted...
José Ramón López es periodista y coleccionista de memorabilia del Miss Venezuela desde hace más de veinte años. En un encuentro con Estampas presentó imágenes
y testimonios sobre Maritza Sayalero.

“Maritza ganó con dieciocho años, 1,72 de estatura y 89-60-89 de medidas corporales”.

“M. S. fue preparada para el concurso Miss Venezuela por el entonces cronista social y colaborador del certamen Osmel Sousa”.

“En 1979 concursaron con Maritza, Tatiana Capote, Nilza Moronta, Nidia Centeno, Marisela Buitriago y Jeannette Rodríguez”.

“Fue la primera candidata que admitió públicamente haberse realizado una
cirugía plástica en la nariz”.

“Siendo la candidata apoyada por Sousa, Maritza fue el primer triunfo de la llamada “Fórmula Osmel”, que hoy en día se aplica a todas las concursantes del Miss Venezuela”.

“Se dijo que la inversión económica de la candidatura de M.S. , desde el Miss Venezuela hasta el Miss Universo, llegó a la astronómica suma -para la época- de ciento cincuenta mil bolívares, alrededor de treinta y cinco mil dólares”.

“El vestido que lució fue un diseño de Osmel Sousa, confeccionado en el taller de Piera Ferrari.
Sousa también fue el creador del traje típico, un tradicional liqui-liqui con hot pants”.

“La madre de Maritza es prima de la famosa actriz española Sarita Montiel”.


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