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ALIRIO PALACIOS

Cree que la montaña es una reminiscencia de Dios, una belleza que le cambia el corazón; tanto, que al verla le dan ganas de vivir para siempre
Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand

"Voy a pintar cincuenta cuadros de El Ávila"

Más que una entrevista, fue un encuentro inolvidable. Estábamos en una galería de arte, apacible, impecable, el tiempo se había detenido. Nos rodeaban unas presencias majestuosas: un Rengifo en la pared, un Ávila de Pedro Ángel González, un Soto hermosísimo, un Michelena de 1895, y Eugenio Montejo en un libro sobre la mesa. Y allí estaba yo, vibrando con la prosa elaborada de quien parece un poeta, pero no lo es. Es un artista, uno de los más destacados del país, maestro del grabado, cuyas obras se venden mucho antes de que las realice. Allí bullían mis preguntas para descubrir -¡qué delicia de trabajo!- La Caracas de Alirio Palacios, Premio Nacional de Artes Plásticas 1978 y merecedor de otros 25 reconocimientos en varios países, quien ha realizado cerca de 30 exposiciones individuales y 120 colectivas, y es representado en la actualidad en una decena de museos en todo el mundo.

"A veces llego cansado y paso horas frente a El Ávila, gozándolo, descansando, pues de sólo mirarlo me repongo. Ese es un respiro de belleza que me cambia el corazón, es una terapia, el pago contra lo malo que hay, un tesoro de la vida, una reminiscencia de Dios."


"Ninguna ciudad es como esta, con un clima tan bello y una montaña tan preciosa; cuando la veo, y veo los días iluminados y el cielo claro, pienso: 'Yo no quiero morirme nunca'", dice, y desde la primera frase deja ver que es un amante de esta capital. Con los ojos brillantes, llenos de emoción, cuenta: "A veces llego cansado y paso horas frente a El Ávila, gozándolo, descansando, pues de sólo mirarlo me repongo. Ese es un respiro de belleza que me cambia el corazón, es una terapia, el pago contra lo malo que hay, un tesoro de la vida, una reminiscencia de Dios. Cuando veo las nubes que lo cubren y descubren, el agua que lo baña, los guacamayos que lo cruzan, me lleno de vida y me convenzo de que hay que ver la montaña para curarse mentalmente. Por eso, no me importa si estoy en Nueva York o París, el encanto de mi Caracas no lo tiene más nadie".

Es que aquí, dice, pinta más bonito que en cualquier otro lugar, pues lo hace al aire libre, entre pájaros, perezas, cunaguaros y árboles: "Es un ambiente mágico para un artista", y valga acotar que este hombre ha vivido y creado en no menos de ocho países.


Por eso, aunque reconoce también lo malo de la urbe, su tráfico y los demás lugares comunes del lamento, asegura que basta con alejarse un poquito de ella, mirarla desde La Cota Mil, para hallar nuevamente la paz.


Aunque nació en Tucupita, estado Delta Amacuro, a sus 70 años Alirio Palacios se dice caraqueño, y hasta confiesa, no con pesar, que paulatinamente esta ciudad ha ocupado un lugar en su vida que hacía años sólo pertenecía al imponente río Orinoco.

"Ahora mi mundo se aferra a Caracas, a la montaña, a la historia que ella contiene", señala. Por eso visualiza nuevas obras: Pizarro entrando al valle, Diego de Lozada en plena fundación, o Pinzón bajando del cerro a caballo, claro, pues este animal es un elemento fundamental a lo largo de su obra. Curiosamente, aunque mucho admira El Ávila, el momento de pintarlo no ha llegado todavía. Pero sabe que eso viene, lo siente. Para ello guarda unas acuarelas, de las mejores que ha conseguido, y unos finos papeles elaborados a mano en Nueva York. Los preserva con el único fin de utilizarlos el gran día, ése en que se siente a darle formas y colores al objeto máximo de su contemplación. "Una tarde de estas saco mis cosas y me pondré a pintar, no sé, 50 cuadros de El Ávila. ¡Qué hermoso sería! -dice. Por eso quisiera vivir 140 años, para ver si me alcanza el tiempo de hacer todo lo que quiero,porque,lamentablemente, la vida es muy corta, y el arte es muy largo".

johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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