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Viaje al centro
de la memoria
Eliana Galarza

Gracias a la ciencia, ahora se puede saber cómo funciona y responder viejas preguntas. ¿Por qué olvidamos siempre las mismas cosas? ¿A qué edad empieza a decaer?
¿Cuáles son su enemigos?

Podras dejar de quererme pero olvidarme... jamás. ¿Jamás? ¿Seguro? Las razones de la memoria son tan misteriosas como las del corazón. De repente, aquellas facciones ideales, esa sonrisa arrebatadora y esos dedos magnéticos, no se añoran más. Quedan archivados en el tomo 18.439, última página, inciso Z, de los libros y libros de recuerdos que se almacenan en eso que llamamos memoria. Y chau.
Y así como se olvidan personas "inolvidables", también se desdibujan el lugar donde quedaron las llaves, el nombre de la maestra del niño, la clave del cajero, el año del gol de Maradona a los ingleses, etcétera.
Con sus 100.000 millones de neuronas interconectadas, el cerebro se las ingenia para recordar muchas situaciones, y otras, ni las registra. Tal vez porque uno se desprende insensiblemente de pequeñas cosas, como dice la canción, se padecen cada vez más pequeños olvidos. Está en la punta de la lengua el nombre de... y no sale.
Una de las explicaciones para este fenómeno que se conoce como olvidos benignos es el estrés, algo que en nuestro país abunda. El estrés afecta al proceso de memoria en todas sus etapas: fijación, almacenamiento y evocación (recordar). En nuestra estadística, entre el 20 y el 30 por ciento de las personas que son tratadas por estrés comentan sus dificultades para memorizar. Lo llamativo es que sus mecanismos de memoria se encuentran intactos. Pero al sufrir estrés crónico no tienen una capacidad de concentración adecuada. Y si uno no se concentra, es lógico que no retenga, comenta el doctor Daniel López Rosetti. López Rosetti, médico cardiólogo, representa uno de los enfoques para estudiar y entender los mecanismos de la memoria, el de la clínica médica. Los laberintos de la mente son tan amplios que también pueden abordarse desde el punto de vista psicológico, neurológico, endocrinológico y de la biología molecular. En cada uno de esos campos los intereses varían. Para la doctora en psicología Débora Burin, el principal avance en el tema memoria (desde fines de los ochenta) es la idea común en los neurocientíficos de que no existe la memoria sino una serie de sistemas y mecanismos interrelacionados pero separados, o separables. Eso explica por qué no es lo mismo recordar el postre de la cena que el nombre del compañero que se sentaba adelante en la escuela primaria. Burin explica las diferencias:
Memorias sensoriales: son las que reciben y captan los estímulos físicos y los transforman en información, en representación perceptiva. Duran poquísimo, milisegundos; por ejemplo, la memoria sensorial visual tiene una capacidad para almacenar solamente hasta 250 milisegundos. Sin estas memorias no habría percepción porque el estímulo sensorial cambia permanentemente. En esos almacenes se fijan por una fracción de segundo para que los mecanismos mentales puedan actuar y formar una primera representación. De allí, parte de la información pasa a la memoria de corto plazo y otra parte se pierde (se olvida), o puede ir directamente a la memoria de largo plazo.
Memoria de corto plazo: es el espacio mental de trabajo, lo que tenemos presente o accesible para la tarea que estamos haciendo (por ejemplo, leyendo esta nota), para resolver un problema, seguir un programa en la tele, charlar con otra persona, o simplemente pensar. Tiene capacidad limitada; es decir, sólo permite manejar una cantidad limitada de información, a la manera de una memoria RAM de computadora. El material recibido se pone en contacto con nuestros esquemas, conocimientos y visiones del mundo. Según cómo se codifique se puede guardar y recuperar de forma explícita, en mayor o menor grado. Lo que se recibe con mayor atención y se elabora o relaciona con conocimientos previos, se almacena y recupera mejor que lo procesado en forma superficial y aislada. Por eso se recomienda estudiar pensando y entendiendo y no repitiendo como un loro.
Memoria de largo plazo: es la base de conocimientos que poseemos acerca del mundo. Incluye las relaciones sociales, lo que se sabe sobre uno mismo, los hábitos, las habilidades motrices, los aprendizajes emocionales. Parece ser de duración y capacidad ilimitada. Dentro de ella existen sistemas separados, investigados a partir de la década de los ochenta.
Memoria explícita o declarativa: de ella se puede recuperar en forma declarativa, verbal, intencional con sus fallas, omisiones y distorsiones. Es decir, es lo que todo el mundo entiende por memoria, a secas, esos conocimientos y hábitos almacenados que identifican a cada persona. A su vez, y como demostración de cuán complejos son estos sistemas, la memoria explícita puede diferenciarse en semántica y episódica. La primera engloba los conocimientos generales, las reglas, las ideas sobre el mundo (ejemplo.: la noción de que vivimos en un país, parte de un continente). Y la episódica reúne acontecimientos puntuales, vividos por uno mismo, con referencias de tiempo y lugar.
Memoria implícita: en ella está presente la influencia de una experiencia pasada; una experiencia que, además, influye sobre la conducta actual. Ejemplo: al lavarnos los dientes, no tenemos que recordar cuáles son los pasos para hacerlo.
La existencia de tantos sistemas distintos de memoria muestra una vez más que la naturaleza es sabia. Veamos por qué:
l Tienen sus propias reglas de funcionamiento. Y entonces, lo que mejora el recuerdo en un sistema no necesariamente sirve para otro. Y evolucionan en la vida con distinto ritmo.
l Tienen bases neurofisiológicas parcial o totalmente distintas y, por lo tanto, un eventual daño cerebral puede afectar a uno de los tipos de memoria y dejar intactos a otros.
Ahora que las conocemos a todas ya estamos en condiciones de afirmar que lo que más le preocupa al común de la gente son las fallas en la memoria a largo plazo declarativa episódica: ¿Cómo se llamaba la maestra de primer grado? ¿En qué año me fui de viaje de egresados? La buena noticia es que eso no significa que el problema sea grave. Esos pequeños olvidos de ninguna manera son señales del Mal de Alzheimer, una enfermedad degenerativa asociada a olvidos más acentuados, como no saber regresar a casa, perderse en el propio dormitorio o perder la noción del tiempo. Las personas se alarman porque con frecuencia olvidan dónde dejaron las llaves, comenta la doctora Burin. Y aconseja: Lo mejor para recordar dónde están es reconstruir nuestros movimientos para obtener la mayor cantidad de claves de recuerdo, incluyendo la información visual y corporal. Aunque en el caso de las llaves e infinidad de objetos del hogar, lo mejor es ponerlos siempre en el mismo lugar y así dejar todo a cargo de la memoria de hábitos, que es menos frágil, más permanente que la explícita.
El olvido, entonces, no siempre es patológico. El olvido no sólo es necesario sino también, a veces, benéfico. Si no fuera por los olvidos nuestros cerebros estarían sobrecargados de datos. El olvido nos permite desembarazarnos de la enorme cantidad de información que tratamos día a día y que, en el fondo, carece de utilidad, tranquiliza el neurólogo Facundo Manes. Si no existiera el olvido, seríamos como (Ireneo) Funes, el memorioso, el personaje del cuento de Jorge Luis Borges, que podía retener absolutamente todos los racimos, frutos y vástagos de una parra con sólo mirarlos.
Esa información y otras conclusiones de profesionales que estudian los secretos de la memoria provienen de estudios rigurosos. La mayor parte de ese conocimiento se obtiene de las patologías que la perturban, de los efectos, de las cirugías para epilepsias intratables hasta hace poco y de los estudios en animales, que nos posibilitan detectar vías involucradas, estudiar los circuitos y en ellos, la conducción y transmisión del impulso nervioso por técnicas de electrofisiología. También por estudiar las células y las moléculas involucradas, gracias a la Farmacología, a la Bioquímica y a las Biologías Celular y Molecular. Aunque, en general, la única forma de detectar la formación de la memoria es por la evocación de lo aprendido, comenta la doctora Diana Jerusalinsky.
A través de esos estudios se puede concluir que los conocimientos sobre la memoria son abundantes y variados y continúan desarrollándose con paso firme. Muchos de ellos confirman la importancia de ejercitarla y someterla a un entrenamiento, como si fuera un músculo. Para estimular la memoria hay que trabajarla al máximo. Uno de los caminos más recomendables es aprender nuevas habilidades. Si una persona trabaja en una oficina, que aprenda a bailar; si es bailarín, que aprenda computación; si trabaja en ventas, que aprenda a jugar al ajedrez. Eso podría estimular los circuitos neurales y aumentar el número de conexiones entre las neuronas creando una mayor reserva cognitiva, explica Manes.
Durante el año pasado, el Centro para el Estudio del Envejecimiento y la Cognición, de la Universidad de Michigan, EEUU, dio la alarma: reveló que la memoria empieza a declinar cuando alcanzamos la mitad de nuestra tercera década de vida. Evaluaron a 350 personas entre 20 y 90 años, y observaron una declinación entre quienes estaban entre los 20 y los 30 años. Sin embargo, aunque los jóvenes pierden la memoria casi en el mismo porcentaje que la gente de entre 60 y 70 años, no notan una pérdida evidente. La declinación recién llega a ser palpable entre los 60 y 70, y puede afectar las actividades diarias. Aunque la acumulación de experiencia y de conocimientos de esa edad compensa el déficit de memoria.
Entonces, lo mejor que se puede hacer con la memoria, además de cuidarla y ejercitarla, es ayudarla. Los recuerdos se forman en tres fases o etapas: de registro (cuando se observa y traduce un hecho para hacerlo entendible); de almacenamiento (cuando se archiva el recuerdo en el sistema de memoria correspondiente), y de acceso o evocación, ese proceso en el que se busca la información. Las alteraciones pueden aparecer en alguna de ellas pero se pueden usar recursos prácticos para ayudarla, sugiere López Rosetti. Algunos de esos trucos tienen que ver simplemente con ser un poco organizados:
l Tener hojas junto al teléfono para anotar datos precisos.
l Asignar lugares fijos para las cosas de uso cotidiano, como llaves, anteojos o agenda.
l Tener una pizarra para registrar los compromisos diarios.
Recuerde que en la memoria a corto plazo caben apenas entre seis y ocho bits de información. Y en la de largo plazo, no hay tope; incluso se desconoce cómo medirla. Pero de algo podemos estar seguros: a la memoria no le gusta perder el tiempo y mucho menos desperdiciar espacio. l Clarín

Prevenidos al bate
Para combatir la declinación natural de la memoria conviene identificar a los máximos enemigos de nuestros recuerdos. Muchos de ellos, además, son nocivos
para la salud en general.
El alcohol. Interfiere especialmente en la memoria a corto plazo y deteriora la capacidad de conservar la información. Según el doctor Manes, algunos estudios revelaron que incluso la baja ingestión de bebidas alcohólicas durante la semana interfiere con la facultad de recordar.
El tabaco. Se demostró que quienes fuman uno o más paquetes por día tienen más dificultades para identificar nombres y rostros en pruebas de memoria visual
y verbal.
La cafeína. El café y el té son buenos para mantener la atención, pero la excitación que producen puede interferir funciones de la memoria. Su consumo debería ser moderado.
La falta de sueño. Mientras uno duerme, el cerebro desconecta los sentidos y procede a revisar y almacenar la memoria. El insomnio produciría fatiga crónica y deterioraría la capacidad de concentración y de almacenamiento de información. Esto, y la ingestión de estimulantes (té, café), debería ser tenido en cuenta por los estudiantes al preparar exámenes.
La mala alimentación. La carencia de algunas vitaminas puede acarrear problemas. Son esenciales para reforzar la memoria el ácido fólico (está en las verduras de hojas), la tiamina y la vitamina B12, presentes en el pan, los cereales
y las frutas.
La falta de hidratación. El balance que el agua ayuda a mantener entre los iones de las sales minerales es bueno para preservar el buen funcionamiento del sistema nervioso. O sea, también los sistemas involucrados con la memoria, especialmente en los ancianos. La escasez de agua y de sales tiene efecto inmediato y profundo en la memoria. Puede provocar confusión y otras dificultades.
Cierta medicación. Los tranquilizantes, relajantes musculares, píldoras del sueño y drogas contra la ansiedad o para la presión alta pueden traer problemas.
Controlar esos factores no asegura que la memoria vaya a funcionar 10 puntos, pero ayuda a que no se deteriore. Y otro de sus grandes enemigos es el propio ritmo diario, cada vez más cargado de presiones. El doctor Manes asegura que la memoria se ve debilitada cuando uno está apurado, ansioso o preocupado, fatigado o somnoliento, distraído, padece de estrés o está bajo presión, cuando uno es interrumpido, cuando está absorbido por otra tarea, cuando nuestras emociones se vuelven dominantes (excitación, euforia, depresión) o cuando lo que se debe retener no tiene sentido. Siempre que la memoria disminuye es por alguna causa. En el 80 % de los casos, resulta afectada por factores ajenos a ella. Pero mucho se puede hacer para su recuperación, puntualiza el doctor Elías Norberto Abdala, psicoendocrinólogo.
El doctor Abdala, entre otros consejos de oro que acompañan esta nota, advierte que los niveles de las hormonas también resultan de vital importancia en este campo:
El déficit de estrógenos (menopausia), testosterona (andropausia), hormonas tiroideas (hipotiroidismo), hormona de crecimiento (somatopausia), insulina (diabetes) o el exceso de glucocorticoides (estrés, ingesta de corticoides, etcétera) puede provocar severas fallas. Pero en seguida tranquiliza: En la actualidad existen exámenes de laboratorio que permiten realizar tratamientos adecuados.
Sobre los efectos del envejecimiento en la memoria (la imagen clásica del abuelito olvidadizo), hay muchas cosas que aclarar.
El avance de la edad afecta al sistema de memoria declarativa episódica (¿adónde fui de vacaciones la última vez?) y al funcionamiento de la memoria de trabajo (no poder retener un número de teléfono durante unos segundos). Los procesos de codificación y recuperación se vuelven más lentos e ineficaces. En cambio no afecta, o al menos lo hace en menor medida, a los sistemas de memoria implícita (saber cómo uno debe cepillarse los dientes). Respecto de la memoria semántica, el avance de la edad y la experiencia traen una mejora porque la persona tiene más conocimiento del mundo acumulado, explica la doctora Burin. Y para confirmarlo, relata que en pruebas de vocabulario o de información, los adultos de 55 años tienen puntajes más altos que los de 20 (con el mismo nivel sociocultural). Pero si se les evalúa en procesos de búsqueda compleja con su memoria de trabajo (dura poquitos segundos), el conocimiento puede no aparecer en los mayores.


 
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