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Laura está hecha un trapo. Desde hace 35 días la existencia le ha cambiado por completo, y lo que es peor, balbucea conteniendo las lágrimas, me temo que para siempre. Catastrófica como
cualquier persona en medio de una depresión, asegura que nunca más dispondrá de tiempo para ella, y en silencio se autoflagela pensando en su otra vida: cuando el centro del mundo estaba en su ombligo y ella, llena de vigor y alegría, trabajaba full time en una transnacional, iba de tiendas o de copas con sus amigas, se conocía de arriba abajo la cartelera cinematográfica y la única vez que perdía el sueño era por ir a una fiesta o porque debía llegar temprano al aeropuerto para tomar un avión e irse de vacaciones con su marido. Laura, hay que decirlo de una vez: parió hace 35 días.
Desde entonces duerme un promedio de cinco horas, se siente fea, descuidada y no encuentra un minuto libre ni para sacarse las cejas que ya le recuerdan a Frida Khalo. El día íntegro se le va en atender a la criatura que parece “vivir” en su regazo, y en oír las críticas disfrazadas de consejos de aquellos —o aquellas— que la visitan. Cariño, debes darle mucho cariño —le repiten—, y Laurita se siente morir porque cariño es lo que ella necesita, y nadie parece darse por enterado de que no llora por la emoción de tener un recién nacido en brazos sino por el miedo que eso le produce.
Está asustada, no sólo por la tarea de lidiar con un bebé que llora cada 20 minutos y que cada 90 exige que lo laven, lo cambien, lo alimenten y le saquen los gases. Está aterrada desde el instante mismo en que cayó en cuenta que alguien depende de ella para subsistir, de lo que ella pueda o no darle, de lo que ella haga o deje de hacer. Alguien (hoy, un pedacito de carne de 3 kilos 100 gramos; mañana, un niño de 95 centímetros que llevará a la guardería; pasado, un tarajallo de dos metros que no le hará el menor caso) cuyo futuro le incumbe por completo. Por eso no entorna los ojos como hacían Grecia Colmenares o Mayra Alejandra después que daban a luz en las telenovelas. Laura no descubre dentro de sí ni un ápice de esa sensación maravillosa, de dicha y paz que venden en la televisión y de la que hablaban y hablaban las mujeres que iban junto con ella al curso del parto sin dolor. Al contrario, Laura sólo piensa en el lío en que está metida, y además en lo gorda, sudorosa, cansada y adolorida que se encuentra.
—Todo el mundo te pinta una peliculita de color rosa —se queja en voz alta— y apenas habla de los detalles. Nadie cuenta que los pezones se agrietan y duelen, duelen muchísimo. Que amamantar requiere una sobredosis de paciencia y, sobre todo, de cordura. Que la piyama es la única ropa que le queda y que ni siquiera se tiene el consuelo baladí de ir a una tienda, porque cómo puedo pensar en medirme un vestido sin despegarme al muchacho del pecho. ¿Cómo alejarme de él sin quitarle la comida de la boca? Porque yo, yo soy la comida de ese muchachito. Yo mismita. Y hay que ver lo que significa eso. Dan ganas de llorar, y mandar al carrizo a quien me venga con el cuentito del instinto maternal.
—Si te provoca llorar, llora —la conforta su amiga Alicia, que de maternidad sabe lo que lee en Internet. Llora lo que te dé la gana, ¿o es que no sabes que el paradigma ha cambiado? Ya no tienen porqué mirarte feo cuando dices que estás triste y sin energías después de parir. No, mujer: hoy en día, la depresión postparto está políticamente aceptada. Ahora la moda es deprimirse. Es políticamente correcto. Estás en tu derecho de chillar, si ya tienes suficiente carga con saber que más nunca te vas a poder librar de ese niño ni aunque crezca, se convierta en un hombre y se vaya de la casa. Así que llora, llora y desahógate. Quéjate cuando quieras y cuanto quieras, y que se la calen los demás. Una cosa es el instinto maternal y otra el instinto de supervivencia. l
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