| “De camino hacia su monasterio, dos monjes se encontraron una bellísima mujer a la orilla de un río. Al igual que ellos tenía que cruzar el río, pero este bajaba demasiado crecido. De modo que uno de los monjes la cargó y la pasó a la otra orilla.
El otro monje estaba escandalizado y por espacio de dos horas estuvo censurando a su amigo: ¿Has olvidado que eres un monje? ¿Cómo te has atrevido a tocar una mujer para transportarla al otro lado del río? ¿Qué pensará la gente? ¿Has desacreditado la religión?... El monje escuchó pacientemente el interminable sermón. Al final le dijo: Hermano, no sé si hice bien o hice mal, pero yo he dejado a aquella mujer en la orilla del río… ¿Eres tú quien la lleva ahora?”.
Muchos de nosotros vivimos acompañados por una especie de voz interior que nos manipula y amarga, y si se lo permitimos, puede hacernos mucho daño: la culpa. Este es un sentimiento muy humano que a veces nos impide lastimar, afligir o decepcionar a los demás, pero que si lo llevamos al extremo puede ser muy destructivo, porque en muchos casos puede llevarnos al estancamiento o la depresión, sin necesidad. La culpa, generalmente, se convierte en una compañera negativa cuando se instala en nosotros, porque nos hace sentir disminuidos, en deuda, avergonzados y, a veces, hasta rabiosos y defensivos frente a las personas o a las situaciones que nos recuerdan el error o la falta que cometimos. La culpa es una especie de nube gris que se posa encima de nosotros, cortándonos toda posibilidad de recuperar la felicidad y mantener el bienestar personal. Si tu conciencia no te deja en paz después de haber intentado corregir o reparar el daño que has causado, o si te culpas a ti mismo por algo del pasado, vale la pena que hagas el esfuerzo de perdonarte y darte otra oportunidad para resolverlo. La culpa es como un dolor, que a veces nos muestra que algo no anda bien en nuestra vida y nos recuerda que debemos hacer cuanto sea necesario para calmar el dolor y sanar la causa que la produce.
Si en tu vida hay culpa
Haz lo posible para reparar el daño. Si has cometido un error o le has causado un daño a alguien con intención o sin ella, siéntete dispuesto a pedir disculpas y a hacer cuanto sea necesario para corregirlo o sanarlo. Ponte en acción y deja de castigarte recordando lo que pasó una y otra vez. Piensa en cómo podrás resolver la situación y enfrenta a las personas involucradas, muestra tu arrepentimiento y la disposición de reparar la ofensa o la situación.
Perdónate. Usualmente somos muy severos con nosotros mismos, debemos aprender a perdonarnos y ser más flexibles con nuestros errores y debilidades, sin juzgarnos tan duramente. Ya no podemos cambiar el pasado ni borrar lo sucedido, pero lo que sí podemos es estar atentos y concentrarnos en el presente, para no volver a repetir el error. Acepta las cosas como son y haz lo que puedas para reparar tu equivocación hasta donde sea posible. Entrega a partir de ahora lo mejor de ti, para sentirte orgulloso, tranquilo y sin culpa.
No dejes que te manipulen. No permitas que nadie te haga sentir culpable, una frase, un gesto, un silencio prolongado pueden hacer que nuestra conducta cambie y terminemos haciendo algo que no queremos hacer. Para evitar la manipulación, busca qué es lo que puede hacerte sentir culpable, aquello que te causa inseguridad, como el trabajo, la relación con tus hijos, tus padres, tu pareja, los amigos. Revisa quiénes de estas personas te hacen sentir culpable, quién te remueve los miedos y quítales ese poder. Decide, a partir de ese instante, llevar las riendas de tu vida.
Haz lo que puedas, de la mejor manera. Existe un límite para todo, llega hasta donde humanamente puedas para resolver esa situación difícil, pero si en algún momento hacerlo comienza a perjudicar tu equilibrio emocional, detente y acepta tus limitaciones, porque a veces no podemos solucionar todos las situaciones. Esperar la perfección de un mismo o de una situación puede complicarlo todo, especialmente cuando involucra la voluntad y la participación de otras personas.
Levanta tu estima. Las personas que se sienten culpables, usualmente tienen actitud de perdedoras, porque evitan el éxito y la felicidad al creer que no lo merecen. Para terminar con esta situación aprende a reconocer tus aciertos y acepta que tu felicidad y éxito personal, no son la causa de que otros fracasen. Vive la vida a plenitud, reconociendo tus errores, dispuesto a corregirlos y a aprender de ellos. ¡Te mereces otra oportunidad!
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HOLA, MAYTTE, tengo 30 años, estoy soltera y todavía vivo con mis padres. Mis amigos me dicen que ya es hora de que me independice y tome mi camino, que ahí no voy a conseguir pareja, pero yo me siento muy cómoda y tranquila con ellos. A veces me preocupa que sea el miedo a vivir sola y a enfrentar la vida lo que me no me deje hacerlo. ¿Me perjudica de alguna manera seguir viviendo con ellos? P.G.
El momento de irse de la casa de los padres varía de acuerdo a la madurez, la necesidad y las elecciones personales que hacemos cada uno de nosotros. Sin embargo, hoy en día son más las personas jóvenes que deciden permanecer en casa de sus padres, debido a la dificultad y a las limitaciones que enfrentan al tratar de mantenerse por sí mismos. Te sugiero que reflexiones un poco acerca de cuáles, realmente, son las razones por las que decides permanecer a su lado; tal vez descubras algún temor a la independencia que sea bueno enfrentar y superar a tiempo. Mientras asumas la responsabilidad de tu vida adulta, es decir, que trabajes y contribuyas con el mantenimiento de la casa y compartas las responsabilidades de buena gana, te sientas madura y segura de ti misma para tomar tus propias decisiones, sin necesitar la aprobación paterna para todo, que mantengas una relación adulta, donde exista el respeto mutuo y una buena comunicación, y no haya sobreprotección, puedes permanecer con ellos hasta que tú lo decidas. A tus amigos explícales que irse de la casa no es garantía de madurez e independencia emocional.

MAYTTE, cuando leo tus artículos, siempre creo que me estás escribiendo a mí. Tengo 41 años, acabo de quedarme sola, mi pareja, después de cuatro años, tomó la decisión de separarse. Yo, a pesar de que me consideraba una persona madura e independiente, me he caído emocionalmente. Me siento deprimida y lo que es peor, no dejo de pensar en él. Dame alguna clave para continuar con mi vida. J.T.
Algunas veces la persona que termina con nosotros, sentimentalmente hablando, se convierte en una obsesión. Por esto es importante poner los pies en la tierra y analizar la situación desde un punto de vista menos emocional y más objetivo. Lo primero que hay que aceptar es que la relación ya se terminó y por la decisión de la otra persona. ¡Así que es tiempo de pensar en ti! Te mereces una relación sentimental equilibrada y sana, espera por ella. Usa este tiempo para quererte y valorarte más, para sanar las heridas de tu corazón y del alma, pues sólo así podrás ver y tomar todo lo bello que te ofrece la vida, y estar abierta para una nueva oportunidad cuando ésta se presente. Vive tu soledad y disfruta de tu libertad personal, acompáñate de buenos amigos, de personas que se muestren interesadas en apoyarte para que vuelvas a sentirte bien, no permitas que te hieran o te utilicen. Busca tu equilibrio personal y lo más importante: no trates de llenar el vacío de esa persona con otra que no ames realmente. Enfrenta tu realidad y no huyas de ella, desarrolla el valor y la fortaleza para aceptarla y resolverla.

HOLA, MAYTTE, mi pareja y mis amigos me dicen que debo hacer el esfuerzo para ser un poco más optimista. Que mis comentarios siempre son negativos, que nunca veo el lado positivo de las cosas. Al principio yo no les prestaba atención porque pienso que siempre he sido una persona muy realista, que me preocupo por ver las cosas como son y estar preparado para las dificultades. Pero, últimamente, sus comentarios me han afectado y les respondo muy cargado de rabia. Ahora no sé qué hacer y me preocupa que nuestra relación se vea afectada por estos enfrentamientos. F.N.
¡Ver lo bueno de las cosas no es engañarse! Tal vez te haga falta ser un poco más positivo y resaltar menos los aspectos difíciles o negativos de la situación que enfrentes. El límite entre ser realista o pesimista es muy sutil y por nuestro afán de suponer lo que va a pasar de la manera más negativa, para estar prevenidos y protegidos, muchas veces nos vemos afectados por el temor, el estrés y la ansiedad que nos causa una situación imaginaria.
Para tender hacia el optimismo recuerda que las situaciones no nos afectan por lo que son en sí, sino por la forma en la que las interpretamos. Evita anticiparte a los efectos o a las consecuencias negativas de algo, cambia la perspectiva. Tienes derecho a expresar tus quejas y a hacer tus comentarios, pero hazlo abierto para escuchar y respetar el punto de vista de los demás. Practica buscar y resaltar los aspectos positivos de una situación, espera a estar a la orilla del río para entonces cruzar el puente. l
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