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Venezuela
en lo más alto
Elizabeth
de Prochaska fue una de las primeras mujeres en alcanzar la cumbre
del Pico Bolívar -en febrero de 1952-, aunque su nombre no figure
en los registros oficiales. Del grupo que logró la cima, conformado
íntegramente por inmigrantes checoeslovacos, es el único miembro
que todavía vive. Más de medio siglo después cuenta su historia.
Raúl Chacón Soto
"Grandeza. El mundo a mis
pies. Fue algo precioso. Muy emocionante", dice Elizabeth de
Prochaska al describir sus sentimientos una vez alcanzada la cima
del pico más alto de este país. Era el mediodía
del 8 de febrero de 1952. En lo más alto la esperaba su esposo,
Carlos Prochaska, y un amigo de la pareja, Mauricio Stiassni, por
quien ambos -especialmente ella-, habían velado a lo largo
de toda la expedición por tratarse de un hombre de más
de 60 años. Así que, en su caso, la alegría
era doble: por haber logrado un sueño y por el resplandor
de felicidad que había en la cara del viejo amigo, un resplandor
que él mantendría hasta el regreso a Ciudad de Mérida,
donde no esperaría ni un segundo para empezar a mandar telegramas
a todos sus amigos en Checoslovaquia contándoles de la proeza
alcanzada.
Ella no mandó telegramas,
pero estaba muy feliz. Tenía la certeza de que muy pocos
habían disfrutado tanto del viaje; una travesía a
la que se había entregado en alma y corazón. Quizás
por ello tampoco estaba consciente de que, sin duda, era una de
las primeras mujeres en subir al pico. Sería justamente el
guía de la expedición, el célebre Domingo Peña
-primer hombre en poner su pie en la cumbre-, quien le diría
a su esposo, una vez iniciado el descenso, que la dama era la primera
en lograrlo; algo que para ese entonces le pareció exagerado,
y que, luego, ella misma se encargaría de aclarar, al conseguir
los nombres de las primeras venezolanas que alcanzaron la cima unos
años atrás. "Quizás se refería
a la primera musiúa", dice ahora riéndose y sumergida
en los recuerdos, y con un marcado acento extranjero que los más
de 50 años vividos en el país no han podido borrar
del todo.
A sus 83 años, Elizabeth
de Prochaska conserva una lucidez increíble a pesar de haber
sufrido hace poco tiempo de un accidente cerebro vascular. Nunca
pierde el hilo de lo que se está hablando así tenga
que esforzarse en ocasiones para encontrar la palabra adecuada -que
a veces llega en su lengua natal-, y así haya tomado por
otros caminos que nunca le desvían del trazado original.
Si algo quería dejar en claro antes de aceptar la entrevista
era que ella no fue la primera mujer en llegar al pico. Le preocupaba
el asunto de los créditos. No quería que se le diera
mérito a quien no lo tenía y que se dejaran de mencionar
los nombres que sí lo merecían. Ella misma los tenía
a la mano al momento del encuentro. "Yo simplemente llegué
a la cumbre en el año 1952, aunque eso nunca fue documentado.
¿Aún así le interesa?, dijo. La respuesta fue
un rotundo sí.

De izquierda a derecha:
- El recordado Domingo Peña sirvió de guía
a la expedición checoeslovaca.
- Carlos y Elizabeth en un alto del recorrido. La pareja acostumbraba
a subir
los picos de su tierra y también los de Austria.
- El grupo de cargadores contratado en Ciudad de Mérida
Ocho días
No habían pasado ni dos años de haber llegado al país,
cuando ya se encontraban en plena faena de subir a la montaña
más alta que en él encontraron. Escalar era su verdadera
pasión -entre tantas otras como el esquí sobre nieve,
patinaje, ciclismo, canotaje-. En su tierra habían conquistado
las alturas de sus montes más elevados, así como también
lo hicieron en Austria -país al que llegaron al escapar de
los tanques rusos que invadieron Checoslovaquia en 1945-, donde
subieron a la cumbre del Grosglokner, que se eleva hasta los 3.798
metros. Nunca habían llegado tan alto como pensaban hacerlo
en el Bolívar. Por eso la emoción era muy grande.
Nunca dudó en hacer la travesía
con su esposo. Habló en su trabajo y pidió el permiso.
"Mi marido va a subir al Pico Bolívar y quiero acompañarlo".
Con el sí de su lado, empezaron a prepararse para la expedición
a Los Andes. Escalaban todos los fines de semana, en El Avila, por
El Junquito, la Colonia Tovar. Estaban encantados con la geografía
de este país. Ya en enero habían terminado los preparativos,
y el 1° de febrero se dio luz verde al viaje. Emprendieron camino
a bordo de un viejo Nash que habían comprado por 2.000 bolívares.
En él viajaban con su amigo Mauricio Stiassni. En otro auto,
mucho más moderno, iba el resto de los integrantes, todo
conformado por compatriotas checoeslovacos. Cabe recordar que en
1952 las condiciones de las vías del país no eran
las de hoy en día. No había autopista Caracas-Valencia,
por lo que se tomaba la carretera vieja de Los Teques. Entre Valencia
y Puerto Cabello abundaban los baches, y más allá
de Barquisimeto, rumbo a Carora, todo era polvo y más polvo;
tanto, que cada vez que pasaba un auto, tenían que reducir
la marcha por falta de visibilidad. "Llegamos a Valera como
salidos de un molino... pero al observar las montañas, la
cordillera, sentimos unos brinquitos en el estómago... Tan
pronto empezamos a salir hacia Timotes nos encontramos con el Motatán
y, en la primera oportunidad, paramos y nos bañamos en el
río, estábamos felices". Recuperados, tomaron
hacia El Vigía, y, luego, hacia el páramo del Aguila,
donde se dieron el lujo de tomar un chocolate caliente (llevaban
todo estrictamente contado pues no había dinero y ya habían
invertido mucho en la filmadora de 16 mm que cargaban consigo).
Ya por la noche llegaron a Mérida, la ciudad. "A primera
hora mi esposo salió a buscar a los cargueros y las mulas,
mientras yo me ocupé de ir a la catedral... lo que quiere
decir que fui a rezar porque todo saliese bien y porque a nadie
le sucediese nada malo". Al día siguiente, a las 4:00
am, empezó la escalada. Cuatro horas más tarde ya
se encontraban en Casa Blanca, donde fueron recibidos por los campesinos.
"Allí nos brindaron un cafecito negro y yo pensaría
que nunca tomé más sabroso café que aquél".
De allí hacia La Aguada, que era donde vivía Domingo
Peña, el guía veterano de la región. "El
nos esperaba, con su hijo". Tras un breve descanso, siguieron
camino hacia Los Nevados hasta que finalmente llegaron al campamento
donde pasarían la noche, situado a unos 4.300 metros de altura.
"Por todo el camino nos acompañaba la columna -así
llamaban al pico Bolívar-. Hasta allí llegaban las
mulas. Hasta allí nos acompañó Odehnal, a quien
le dio mal de páramo". Al día siguiente, siguieron
subiendo hasta llegar a la Esplanada del Espejo, más exactamente
hasta la Lagunita de Sangre, donde hicieron el segundo campamento.
Estaban ya a 4.575 metros de altura. Allí decidieron pasar
la noche para facilitar la aclimatación.
De nuevo en marcha, los esperaba el glaciar
de Timoncito, pasando por lo que se conoce como el Callejón
del infierno. "Allí levantamos campamento en un refugio
que era de tal tamaño que las carpas cabían adentro.
Pasamos la noche. Al despertarme, salí afuera para ver qué
tiempo hacía. Era algo indescriptible. Me daba la impresión
de que el día empujaba a la noche... y luego salía
el sol. Por debajo de nosotros, era un mar de ovejitas, un mar de
nubes blancas pequeñitas, y de cuando en cuando, se veían
los picachos, como islitas... ese mar de ovejitas y el sol empujando
a la noche... es difícil describirlo, muy emocionante, precioso".
A estas alturas, sólo quedaba llegar
a la cima. Ya no los acompañarían los cargadores.
Sólo Domingo Peña por delante. Tomaron la ruta Weiss
(se llama así porque fue el camino tomado por Franz Weiss
cuando llegó a la cima), y empezaron a escalar por la roca,
amarrados. Llegaron a la cumbre al mediodía. El primero en
llegar fue su esposo Carlos, después le alcanzaría
Mauricio, y de tercera llegaría ella. El sentimiento fue
de grandeza... y de sorpresa. En lo más alto no había
una cruz, como las que estaba acostumbrada a encontrarse en Europa.
No señor. Un busto de Bolívar los esperaba. Todavía
hoy se muestra sorprendida. l
rchacon@eluniversal.com

De arriba hacia abajo:
- Carlos Prochaska, su esposa Elizabeth y Mauricio Stiassni, al
lado del busto de Bolívar en plena cumbre
- En la última parada, antes del ascenso definitivo, Prochaska
se ocupa de su otra afición: la fotografía
- A pocos metros de alcanzar el pico. En aquellos tiempos los excursionistas
no contaban con los equipos y la indumentaria que facilitan la dura
faena. Sólo los zapatos pesaban más de dos kilos cada
uno
- La expedición subió por la ruta Weiss
| Las primeras. La
primera mujer en llegar al Pico Bolívar fue Dora de Marmillord,
quien lo logró, junto a su esposo, en 1942. El 7 de junio de
1946, pondría su pie en la cima la primera venezolana, de nombre
Blanca Josefina Carrillo. Otra compatriota, Julia Elena Sturup
Brandt, también inscribió su nombre entre las primeras, el 14
de abril de 1949. Elizabeth de Prochaska alcanzaría la cumbre
más alta de este país el 7 de febrero de 1952. De ello no hay
registros, pero queda su testimonio, una película y las fotos.
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| Viaje al paraíso |
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Elizabeth
de Prochaska llegó al país donde pasaría
el resto de su vida, en la Semana Santa de 1950. Ella, junto
a su marido, Carlos, desembarcaron en Puerto Cabello, con
seis dólares en los bolsillos, y la ropa que llevaban
encima como único equipaje.
También traían algunos regalos -aunque suene
extraño, pero después se entenderá por
qué-, para un tal Conrad Bishop, su único y
desconocido contacto en tierras tan lejanas. Llegaron justamente
un 1° de abril. Allí estaban los dos en El Trompillo,
un campamento para inmigrantes cerca de Güigüe.
Venían huyendo del régimen comunista que se
había instaurado en su país, Checoslovaquia,
del que habían logrado salir arriesgando la vida; y
después de haber vivido un año en otro campamento,
pero de refugiados, ubicado en Alemania, justo en la frontera
con Austria y Suiza. Fue en aquel lugar cuando por primera
vez escucharon hablar de Venezuela. A Elizabeth,
el frío le quebrantó la salud, por lo que hubo
de pasar dos semanas en el hospital, donde una enfermera no
hacía más que hablar maravillas del país
donde vivía su hijo, Conrad. Decía que allí
quería vivir el resto de sus días. Que era un
país muy bello, que tenía grandes montañas
con nieve, mar, muchos ríos... que tenía todo
lo que se puede imaginar tiene el paraíso... y para
el paraíso ya había comprado pasaje y hasta
tenía pasaporte, pero nunca partió. A los Prochaska
les llegaron un día con la triste novedad y, luego,
con los presentes que la señora había logrado
reunir para sus nietos... antes de morir. Ya sabían
que ellos pensaban irse a esa tierra que tanto prometía.
Sólo les pedían el favor de que se los entregaran
personalmente al señor Bishop, que así se apellidaba
su hijo. Lo que no sabían ni Elizabeth ni su marido,
era cuán agradecidos iban a terminar sintiéndose
con esa familia que aún no conocían. No sólo
por toda la ayuda brindada para que salieran adelante en una
tierra que les era completamente extraña, sino porque
les dieron la oportunidad de conocer un país al que
Elizabeth no duda un segundo en calificar como maravilloso.
Ni siquiera la amarga visita de la Seguridad Nacional a su
casa -en tiempos de Pérez Jiménez-, que les
costó hasta un mes en la cárcel, les hizo cambiar
la
impresión que surgió desde un principio -en
flagrante comparación a la Europa devastada que dejaban
atrás- y que mantuvieron hasta hace muy poco: la de
una Caracas en pleno cambio y crecimiento, donde mucho estaba
por construirse; y la de un país que lo tenía
todo para los amantes de la naturaleza.
Elizabeth es venezolana desde el año 1957. Tiene dos
hijas igual de enérgicas, deportistas y emprendedoras
como ella y su marido. Hasta hace poco seguía subiendo
al cortafuego y trabajando en la misma empresa donde permaneció
por más de 50 años. En algún momento
visitó de nuevo su tierra, difuminado el fantasma del
comunismo. Llevaba consigo el recuerdo de los Cárpatos,
que había escalado cuando era muy joven. Atravesó
la frontera pero no llegaba a divisarlos. Avistó su
ciudad, pero tampoco los veía. Allí tenían
que estar, pero todo le parecía muy plano. "Aquí
no hay nada", se dijo, y luego se confesaría convencida:
"Yo no cambio El Avila por nada". No ha roto su
palabra, por ahora.
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Ver también en Encuentros:
- SPFW 2004. La moda que
viene del sur
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