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Una reciente investigación llevada
a cabo por el University College London acaba de dar basamento científico
a la conseja popular de "el amor es ciego", al revelar
que los cerebros de madres y enamorados reaccionan de modo parecido
frente a la persona amada. Unas y otros, por instinto, desconectan
unos circuitos y conectan otros.
Usando la técnica de resonancia magnética
funcional -que permite mostrar la actividad cerebral mientras ella
ocurre-, los científicos británicos escanearon cerebros
de un número determinado de progenitoras y enamorados, y
concluyeron que -en presencia del ser querido- los centros nerviosos
apagan de manera automática los circuitos que se vinculan
con el juicio y la crítica, y encienden, también de
forma instantánea, los que tienen que ver con la euforia
y el placer. Es decir, que cuando de amor se trata, la mayoría
de nosotros nos entregamos completitos a disfrutar, y no estamos
con miramientos a la hora de chequear credenciales de belleza, integridad
moral, solvencia económica o compatibilidad de caracteres.
Cuando queremos a alguien, lo queremos y punto. Sin importar si
es feo, manco, flojo o nos pega. No nos importan los defectos, y
lo que es peor: nos regocijamos por querer a esos seres defectuosos.
Cuando leí la noticia sobre el estudio,
demás está decir que reconocí la importancia.
Es indudable su valor científico. Sin embargo, debo admitir
que no me emocioné. A mí, personalmente, si de encéfalo
se trata, me hubiera entusiasmado conocer los resultados de una
investigación sobre asuntos más concretos. Quizá
más de avanzada.
Un estudio, por ejemplo, que ofreciera pistas
sobre los diversos -y a veces rebuscados- gustos que tienen las
personas a la hora de enamorarse. Sería interesante escudriñar
la mente humana y poder entender ese particular mecanismo que hace
que uno se sienta atraído por cierto tipo de gente y no por
otra. Conocer qué oculto dispositivo se activa en el cerebro
de algunas mujeres para hacer que prefieran los barbudos o los calvos
o -algo muy común- los tipos enrollados. Saber, hablando
ya de casos específicos, qué zona del cerebro se le
ilumina a mi compadre Samuel cuando ve a una mujer joven. O a César,
el hermano de Glorieta, cuando se encuentra con una dama poco agraciada.
O a mi amiga Lissette al toparse con un hombre que le dobla la edad.
Porque una cosa es obvia: antes de que la mente
se enamore -es la mente, el intelecto quien se enamora- debe haber
algo que la incite a enamorarse. Una sustancia, un químico,
no sé.
En la cabeza debe existir una especie de área
difusa o brumosa en donde se decide ante qué ser vivo se
conectan instintivamente los dispositivos de euforia y se desconectan
los del buen juicio y el pensamiento lógico. Una especie
de membrana o caja negra que determina cuándo un sujeto peludo
es sensual, un tipo enrollado se torna interesante, un hombre viejo
no es viejo sino inteligente y una moza de 21 años no es
una muchachita sino una mujer centrada y sumamente madura para la
edad que tiene, pues un viernes por la noche -segurito-, preferirá
quedarse en la casa peleando por el control remoto antes que ir
a bailar.
Particularmente me encantaría conocer
los resultados de una investigación de ese tipo, y así
poder entender ciertos comportamientos que he llegado a pensar que
son congénitos o casi patológicos.
Mi compadre Samuel, un caso, se enciende como
arbolito de Navidad frente a una mujer veinte años menor
que él. Se ha casado dos veces, y las dos con mujeres a las
que les lleva entre 16 y 20 años, y nunca he sabido que le
atraiga alguien de su mismo grupo etario -que hoy día ronda
los 58.
A César, el hermano de Glorieta, le
gustan las mujeres feas. Y no es de los que anda con el cuento de
que la belleza va por dentro. El está claro. Para enamorarse
busca a las feas. No imagino la palabra cariñosa que le dirá
al saludarla ¿Hola preciosa?
Y si es por Lissette, a ella siempre le han gustado "los hombres
grandes" que es el eufemismo que usa para referirse a los viejos.
Cuando tenía 10 años, mientras sus amiguitas se morían
por cualquiera de los integrantes del grupo Menudo, ella -y esto
es histórico- declaraba su amor por Alain Delon. ¿Quién
puede entender tal extravagancia?
Nadie me negará que sería de
lo más divertido conocer lo que esconden las cajas negras
de cerebros como esos. Saber qué los motiva. Qué los
emociona. Y después de saber, escribir un libro. l
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