|
Niñera mortal
Max Haines
La fatalidad perseguía a los niños
que estaban bajo el cuidado de Christine
Cuando
pensamos en el Estado de Florida, pensamos en Disney World, Miami
y los islotes. Los turistas raramente se aventuran a visitar la
otra Florida, la sección del noroeste conocida como el Panhandle
(franja angosta). No existen atracciones turísticas en Mayo
o Boyd o en Perry, el pueblo donde nació Christine Falling.
La mayoría de los habitantes son pobres en este lugar.
Christine nació en 1963, sus padres
eran Ann y Tom Slaughter. Los tiempos eran duros. Ann, que ya tenía
otra niña de 18 meses, era una joven de apenas 16 años,
mientras Tom era un hombre más que maduro de 65 años
de edad.
No se puede decir que Ann fuera una buena madre.
A menudo pasaba largo tiempo fuera de su diminuta casa, lejos de
sus dos hijas. Tom hacía lo que podía, pero cuando
sufrió un serio accidente cortando leña, tuvo que
dar en adopción a sus dos niñas.
Las niñas fueron adoptadas por Jesse
y Dolly Falling.
Inicialmente, las pequeñas crecieron
en una atmósfera amorosa en la casa de los Falling, pero,
según iban haciéndose mayores, se desarrolló
un amargo resentimiento surgido entre los padres y las hijas. Se
produjeron discusiones fuertes, algunas tan duras que tuvo que intervenir
la policía. Desesperados, los Falling enviaron a Christine,
de nueve años, y a Carol, de once, al centro de Great Oaks
Village en Orlando, donde aprenderían a comportarse.
Un año más tarde, las chicas
volvieron junto a sus padres, sin sentir mucha mejoría en
el aspecto emocional. Las peleas continuaban. Las jóvenes
se fueron de casa, Carol encontró un trabajo, mientras que
Christine volvió con su madre natural.
En 1977, Christine, de 14 años de edad,
quien ahora pesaba unos 100 kilos, se casó con un chico que
apenas conocía. El matrimonio se convirtió en un maratón
de peleas de seis semanas. La pareja se separó. Al dejar
al marido, Christine se vio obligada a mantenerse sin ayuda. Estaba
obesa, era semianalfabeta y, a decir verdad, no tenía mucho
potencial intelectual. Sólo había un área en
la que Christine parecía tener una habilidad natural. Adoraba
a los niños y le encantaba cuidar de ellos. Con el tiempo,
se convirtió en una niñera profesional.
El 25 de febrero de 1980, Christine estaba
cuidando de Cassidy Johnson, una niña de dos años,
a la que todo el mundo llamaba Muffin. La pequeña había
disfrutado de una perfecta salud hasta que ocurrió algo terrible.
Sin aviso alguno, según Christine, la pequeña Muffin
perdió el conocimiento. La niña fue trasladada a la
consulta de su pediatra. El doctor pensó que podría
ser una encefalitis, inflamación del cerebro. Sin embargo,
él sospechaba un poco de un golpe que encontró en
la cabeza de Muffin.
Christine explicó que Muffin, un poco antes de perder el
conocimiento, se había caído de la cuna. El doctor
trasladó a la niña al Centro Médico Regional
Memorial de Tallahassee. Christine llevó a Muffin en sus
brazos de camino al hospital. De vez en cuando la bebé lloraba.
Durante dos días, la pequeña
luchó entre la vida y la muerte. Al tercer día, murió.
La autopsia indicó que la bebé había sufrido
un pequeño golpe en la cabeza como había mencionado
Christine anteriormente. Fue una de esas tragedias inexplicables.
Nadie estaba más afectada y triste que Christine Falling.
Un año más tarde, le pidieron
a Christine que cuidara al niño de un familiar lejano, Jeffrey
Davis, un pequeño de cuatro años de Lakeland, Florida.
Según Christine, el pequeño Jeffrey
estaba durmiendo felizmente cuando se dio cuenta de que el niño
había dejado de respirar. Una autopsia indicó que
la causa de la muerte fue miocarditis.
Aunque parezca increíble, tres días
más tarde Christine estaba cuidando del pequeño Joe
Spring, de dos años. Sus padres estaban en el funeral de
Jeffrey Davis. El niño no sobrevivió a su siesta.
Una vez más, la causa de la muerte se atribuyó a miocarditis,
una inflamación del tejido muscular del corazón.
Un extraño fenómeno tuvo lugar
entre los familiares y amigos de Christine. La propia Christine
perpetuaba el cotilleo. Habían muerto tres niños en
menos de un año sin explicaciones concretas. Cada vez que
eso ocurría, la niñera era Christine. ¿Era
portadora de alguna enfermedad contagiosa? Christine les comentaba
a sus amigos que a lo mejor estaba poseída por alguna maldición.
Pero todos intervenían para calmar a
la torpe Christine, diciéndole que eran coincidencias desafortunadas.
Christine decidió hacer algo diferente
que no tuviera que ver con niños. Aceptó un puesto
de ama de llaves en la casa de William Swindle, un señor
de 77 años. El primer día de trabajo, Swindle murió.
Nadie culpó a Christine. Después de todo, Swindle
era un hombre mayor.
El verano de 1981, Christine volvió
a su primera pasón, niñera. Ella estaba acompañando
a Geneva Daniels y a su hija de ocho meses, Jennifer, al doctor.
Tenían que vacunar a la bebé.
La pequeña Jennifer lloró tras
recibir las vacunas. Al volver a casa, la señora Daniels
paró a comprar pañales en el supermercado, dejando
a Christine y a la bebé en el auto. Cuando la señora
Daniels volvió, Jennifer estaba muerta. Christine le explicó
que todo había ocurrido en una décima de segundo.
En un momento Jennifer estaba viva y pataleando, y un minuto después
había parado de respirar. Llevaron a la niña rápidamente
al hospital, pero todos los intentos por reavivarla fracasaron.
La muerte se atribuyó al Síndrome de Muerte Súbita
Infantil.
A pesar del reguero de muertes que parecía
seguirla, Christine se echó un novio. Vivía en una
casa rodante de Blountstown con el chico.
El 2 de julio de 1982, Lisa Coleman dejó
a su hijo de 10 meses en la casa de Christine para que pasara la
noche.
Christine declaró que Travis estaba
bien durante la noche, pero que cuando ella se despertó el
bebé estaba muerto.
Una
autopsia reveló que la muerte se había producido por
la falta de oxígeno, pero se desconocía cómo
y por qué se interrumpió la entrada del mismo. Sin
embargo, se descubrió que el niño tenía heridas
internas, indicando que había sido ahogado.
Era demasiado. Cinco niños y un adulto
en menos de dos años y medio. Christine tenía un promedio
de muerte cada seis meses. Ahora las sospechas se centraban únicamente
en la niñera. Se le internó en un hospital, donde
fue examinada por un psiquiatra. Mientras permanecía internada
se le acusó formalmente de tres casos de asesinato en primer
grado.
Christine confesó algunos de los asesinatos.
Dijo: "No sé por qué lo hice, no me gustaba,
ya sabes, parecía sencillo, pero no lo era. Le puse una mantita
sobre su cara. Una voz me decía dentro de mí, 'mata
al bebé', una y otra vez. Después me daba cuenta de
lo que había pasado".
Para evitar la pena de muerte del Estado de
Florida, Christine Falling hizo un trato y se le permitió
declararse culpable por asesinato de Cassidy Johnson, Jennifer Daniels
y Travis Coleman. Fue sentenciada a cadena perpetua sin posibilidad
de libertad condicional en 25 años. En estos momentos está
cumpliendo sentencia. l
Ilustraciones: David Marquez
|