| El amigo imaginario
de los niños
Muchos niños tienen amigos imaginarios.
Pero ¿no es hora de que indaguemos más sobre
la razón de su existencia? Oliver James
Conozco a una pequeña niña de tres años de edad que tiene como mejor amigo a un oso de peluche y vive rodeada de una numerosa comunidad de conejos imaginarios a quienes llama “Los Wabbits”. Cuando la tranquilidad de su vida se vio interrumpida por el nacimiento de un hermanito a ella no pareció molestarle ni manifestó recelo alguno hacia el bebé. Sin embargo, la vida de Los Wabbits evidenció una transformación desagradable: la niña comenzó a alimentarlos con lo que ella creía era veneno, y los lanzaba a agujeros en donde todo intento de rescate fracasaba. Los instintos maternales cedieron paso ante una actitud asesina.
La investigación que se ha llevado a cabo acerca del impacto de las fantasías infantiles sobre nuestra vida adulta ha sido muy escasa. Sin embargo, algunos registros acerca de amigos imaginarios revelan cuán rica es la vida interior de muchos niños.
En un estudio estadounidense se realizaron entrevistas a niños de tres y cuatro años y a sus padres acerca de los amigos imaginarios. Las entrevistas se repitieron cuando los chicos cumplieron siete, y los resultados fueron que 65% había tenido un amigo imaginario en algún momento (sorprendentemente, los niños de mayor edad fueron ligeramente más propensos a tener esta fantasía). 57% de los amigos de fantasía eran humanos, 67% eran invisibles, 27% eran muñecos y animales de peluche, y hubo un caso donde el niño declaró que su reflejo en el espejo era su amigo imaginario. Las edades de estos personajes fantasiosos iban desde un par de meses hasta 100 años, pero la mayoría eran tres años mayores o menores que el niño que los creó. Resulta interesante que 25% de los padres declaró que sus hijos no tenían ningún amigo imaginario.
Del total de niños que hablaron de un amigo imaginario a los tres o cuatro años, sólo tres seguían jugando con dicho personaje a los siete. A esa edad, dos tercios de los chicos no recordaron haber tenido un amigo imaginario en primer lugar. La proporción de amigos imaginarios invisibles aumentó con los niños de más edad, y la naturaleza de estos personajes fue tremendamente variada: los niños de siete declararon jugar con hombres de nieve, ardillas y elefantes invisibles. Además, casi todos los chicos jugaban a ser animales u otra persona cuando tenían tres y cuatro años.
De esta manera, encontramos evidencia de que al menos dos tercios de nosotros tenemos imaginaciones muy vívidas al comienzo de nuestras vidas. Sin embargo, este estudio deja muchas interrogantes. ¿Podría decirse que en los casos en que los padres no se dieron cuenta de que sus hijos tenían amigos imaginarios esto era un síntoma de maltrato, negligencia o falta de atención hacia los niños? ¿Sirven a algún propósito los amigos imaginarios? ¿En el caso de la niña que acosaba a sus Wabbits, le servirá ese comportamiento para adaptarse a la rivalidad con su hermano más adelante en su vida? Y lo que es más importante: ¿La forma en que los padres se relacionan con sus hijos afecta el propósito de estas fantasías y sus consecuencias?
Es triste ver que la psicología evolutiva no recibe la atención adecuada. Lamentablemente, parece que hay mucho más interés en invertir en la psicología de las ratas. l THE GUARDIAN NEWS SERVICE. DERECHOS DE EL UNIVERSAL.
TRADUCCION CON LA COLABORACION DE MIGUELANGEL SUCRE
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