|
El otro día “zapeandito” caí en un noticiero deportivo francés y me quedé loca. Estaban dando los resultados de algo así como una competencia de jabalina entre los países de la Unión Europea.
Las imágenes mostraban a los jóvenes del equipo galo dando lo mejor de sí en sus lanzamientos, mientras el locutor francés hablaba orgullosísimo de lo bien que lo habían hecho sus compatriotas, que habían quedado nada menos que en la posición número sesenta y siete. Ahí fue que me quedé loca, ¿cómo que sesenta y siete? O sea ¿perdieron?, ¿será que entendí mal?, ¿cómo que lo hicieron de maravilla y cuál orgullo si perdieron de esa manera? Pues no, no había entendido mal, los franceses del equipo de jabalina habían lanzado su varillita, casi como la lanzaría yo, y habían quedado detrás del último, pero, mi amor, eso no le restaba ni un ápice de orgullo al locutor que igualito encontró motivos para llenarlos de halagos, y bueno sí: lograron la posición número sesenta y siete, pero con qué estilo y con qué garbo y, es más, ni les voy a decir quién ganó porque aquí la noticia, lo importante, es lo estupendo que llegó de último nuestro gran equipo francés de jabalina. ¿Díganme si no es como para quedarse uno loco de semejante apoyo a lo propio, a lo nacional, a lo del patio de la casa? Uno es venezolano, venezolanísimo, y por lo tanto proclive y casi adicto a todo lo contrario: a creer que todo lo que sea de afuera es por principio mejor. Y, ojo, no quiero referirme al tema deportivo, ni mucho menos intentar compararnos con el orgullo francés, pero es que uno conoce gente de todas partes del mundo, inclusive del tercer mundo, y, exageraciones más, exageraciones menos, se topa con fenómenos similares. Uno habla con un chileno y te suelta que sí, que aquí en Venezuela, pues sí, alguna frutita hay, pero fruta, lo que se llama fruta, es la que hay en Chile. Y otro tanto ocurre con los colombianos, brasileños, uruguayos, argentinos y etcétera, etcétera, etcétera. ¿Y lo peor? Lo peor es que nosotros estamos de acuerdo con ellos, con todos ellos. Si un venezolano puede siempre va a escoger la mermelada importada, la ropa importada, lo que sea, pero hecho fuera, es que ¡hasta el agua! La de beber, con gas o sin gas, y la de zambullirse. Porque sí, está bien, nosotros decimos maravillas de nuestras playas pero en lo que juntamos tres dólares ya estamos viendo que si San Marteen o Aruba en vez de Margarita, con el cuento de ay, sí, mi amor, pero es que el servicio…
Es impresionante, ¿por qué será eso, de dónde nos viene ese afán, esa certeza de que todo lo de más allaíta de nuestras fronteras es mejor, así el más allaíta no sea más de un metro más allá? Y eso es en todo: en deporte, en comida, en ropa, en turismo, en teatro, en cine, en literatura, en televisión, en… Es más, eso no es de ahorita, ni siquiera del siglo pasado, yo leí no sé en dónde al mismísimo Andrés Bello diciendo, espantado, que el venezolano deja a sus triponcitos comer tierra, eso sí, si esa tierra es importada. ¿Será porque desde la primaria estamos estudiando que el español que llegó aquí era de tercera, y nuestros indios no eran como los Incas o los Aztecas, y los negros eran unos flojos y viniendo de semejante mezcla cómo haríamos?, ¿será?, ¿de dónde nos vendrá? O mejor: ¿de dónde le vendrá a los demás esa otra manía de que lo de ellos es lo máximo? Digo porque ya que estamos en eso podríamos importarla, porque segurito que la autoestima de ellos es mejor. l
|