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REFUGIO de estrellas

En el tocador privado los artistas calientan motores y cumplen ritos que anteceden a la gran escena. Obtener un camerino es un reconocimiento a la trayectoria. Pero, ¿qué tan personalizado es ese reducto donde los famosos viven su última verdad? POR NÉSTOR LUIS LLABANERO. FOTOS: RAFAEL SERRANO

"Soy la última
en abandonarlo"

Cristina Amaral ya no acomoda el tutú ni cose sus zapatos de punta frente a los espejos comunes de los camerinos colectivos, donde, tiempo atrás, se enfundaba con mallas para salir a escena. Aunque como bailarina sigue cumpliendo el mismo ritual, ahora lo hace desde el camerino 8, el espacio íntimo reservado para figuras principales. Ella lo es. Con más de 20 años de carrera, en esta artista clásica se cuentan dos estatus que dividen su trayectoria. Uno, cuando sólo era integrante del cuerpo de baile. Y otro referido a la condición de solista, convertida así, hace 13 años, por voluntad de Vicente Nebrada, uno de sus mentores.

De modo que cuando comenzó en el Teatro Teresa Carreño no contaba con la privacidad que actualmente ostenta. Sin embargo, la balletista recuerda que en aquel cuarto colectivo vivió momentos de euforia juvenil y situaciones de camaradería, suficientes para sobreponerse al bululú de tantos compañeros juntos, todos ellos apresurados en vestirse y en encomendar la belleza de las piruetas a sus dioses particulares.

Tiempo, mucho tiempo después -como se consolidan los méritos- "la princesa", así suelen llamarla en el recinto de Los Caobos, pasó a ser la estrella de la compañía, honor compartido hoy con otra Cristina, pero Gallardo.

Cuando en 1996 estrenó el rol de La Cenicienta recibió, también, las llaves de su tocador personal. A éste se desplaza con sus pies formados en la danza, con los cuales parece levitar entre los pasillos, esquivando la presencia tosca de botas militares, actualmente recurrentes en esos predios de las bellas artes.


Entonces, para esta cita, Cristina Amaral invita a pasar a lo que podría considerarse como un mini apartamento, conformado por dos salas, una ducha y un vestier. En sus manos lleva distintas galas que apenas ocupan una porción del espacio, el mismo que ella trata de llenar con reflexiones que, asegura, siempre preceden a cada una de sus apariciones.

Según cuenta, en ese lugar vip se han alojado artistas como Plácido Domingo, Paloma San Basilio, Gustavo Dudamel y Franco De Vita. Y contrario a cualquier requerimiento extravagante de celebrities hispanas -acostumbradas a solicitar lo que luego no utilizan- Cristina Amaral tiene su abecé de necesidades: el ropaje fantasía y las coronas de oropel que expone en sus representaciones. Por supuesto, entre sus urgencias no faltan brochas, pinceles, labiales, bases, gelatina y laca. También es imprescindible su perfume ("no le vamos a hacer publicidad, ¿verdad?"), el cual aplica segundos antes, al pie del escenario, casi simultáneamente cuando se coloca las zapatillas inmaculadas ("el público merece que estén siempre de estreno"). Igual abundan el agua mineral y las flores. "Este -se refiere al lugar- es un pequeño privilegio que se obtiene cuando vas creciendo".

Acostumbrada a proyectar su imagen, la bailarina principal del TTC intenta controlar los detalles sobre su oficio. "Si no me coloco pestañas postizas no estoy maquillada. Es que por exigencias del escenario teatral debes marcar tu cara para que el auditorio pueda verla".

Toda una vida
"Aquí he reído, he llorado y he madurado como mujer. Durante el tiempo que lo he usado, me gradué de abogado, pasé por un postgrado, me casé y tuve mis dos hijos. Aquí he construido todos mis personajes y he sido aconsejada por mis maestros. Aquí pienso en mis pequeños, Gabriel (siete años) y Eduardo (cuatro años), y me digo: '¡Que todo esto valga la pena! ¡Que no sea un tiempo perdido!'. Me exijo gozar lo que hago; de lo contrario no tiene caso esa pequeña renuncia de mi hogar. Hasta ahora creo que ha valido la pena, porque pienso que en el arte está el futuro de Venezuela".

"Pienso en Amador Bendayán"
Hace 10 años el animador Daniel Sarcos recibió las llaves del camerino 17, el más amplio de los 46 que tiene Venevisión. A lo largo de esa década ha tenido vecinos televisivamente memorables, y otros no tanto. Pasillo de por medio, se ha topado con Raúl Amundaray, Fabiola Colmenares, Jean Carlos Simancas, Adrián Delgado y Luis Gerónimo Abreu, quienes han ocupado el número 16. "Mi camerino -narra Sarcos mientras Jesús Hichán le seca el cabello- tiene una historia particular. Ninguno de los animadores de Sábado Sensacional tuvo alguno".

Sin embargo, la asignación, según él, responde a la etapa de cambios experimentada en el perfil del programa. Al hacerse emisiones de concursos (como La guerra de los sexos), la conducción se hizo más informal que cuando Amador Bendayán y Gilberto Correa eran los anfitriones. "De ahí, surgió la necesidad de un lugar para cambiarme de ropa varias veces. Por la naturaleza de las competencias, yo terminaba lleno de torta y de cualquier cosa. Además, los ensayos se hicieron más largos. Pasaba más de la mitad de mi vida en el canal. Luego, como las grabaciones obligaron a llevar secuencias, necesité de ducha y de un lugar donde guardar la ropa".

Una vez recibido el espacio de uso personal, Daniel Sarcos fue acondicionándolo. "Traje televisor, microondas, nevera y un aerocloset. Todo con la idea de sentirme más cómodo. Posteriormente incorporé esta butaca reclinable. A mí el camerino me sirve como vestuario, ducha, dormitorio, oficina, sala de reunión y comedor".

Además, el presentador mantiene frutas en el lugar. Igualmente fotos de su esposa, e imágenes de las vírgenes Carmen, Guadalupe y, por supuesto, Chiquinquirá. "A veces se convierte en una especie de refugio donde me preparo para salir al escenario y pienso en Amador Bendayán, a quien le pido permiso para hacer su programa, porque le tengo respeto a su memoria, y porque hizo cosas muy importantes donde ahora trabajo yo. Y tengo un ritual: antes de salir al estudio llamo a Chiqui y hablamos un minuto. Y listo para hacer el programa. La emoción del show, creo yo, siempre empieza desde un camerino".

Una palma bendita...
Antes de este camerino, Daniel Sarcos contaba con uno rotativo, más estrecho que el actual. En el asignado por Joaquín Riviera, señalado con el número 17, mantiene una palma bendita en forma de cruz que recibió hace seis años en Puerto Rico de manos de un señor llamado Manuel, el mismo nombre de su abuelo ya fallecido. "Me sorprendió la filosofía pacifista de un hombre de apariencia desgastada, que hacía grillos y mariposas de palma. Mientras comía en un restaurante al aire libre en San Juan me ofreció una de sus piezas, pero como no me cabía en la maleta me hizo una cruz pequeña que aún tengo".

"Aquí se produce un juicio final"
Durante sus presentaciones en el Teatro Municipal, Rodolfo Saglimbeni, director de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, ocupa el camerino azul, uno de los 15 con que cuenta la edificación capitalina. Es un sitio sin ornamentos notorios, opuesto a la arquitectura neoclásica del lugar... tan sólo unas paredes pintadas en monótono salmón envejecido, intervenidas por un cristal y una cómoda de madera (con sus respectivas sillas) donde él coloca envases de agua. A veces dice disponer de un termo de café y un "pocillo" de peltre que, para esta ocasión, prefirió dejar en la sede de la orquesta, ubicada en San Bernardino. Tanta sencillez resulta suficiente para el maestro. "En el camerino se invoca a lo divino y a la gente que ha hecho posible que uno pueda asumir una vida de artista", opina quien lleva más de 22 años pensando cada concierto entre los bombillos -a veces encendidos, a veces apagados- del espejo donde se mira. "Cuando llego acá ocurren cosas mecánicas. Si traigo mi ropa preparada, la coloco en un gancho y, luego, en el perchero. Y es obligatorio usar la misma silla que desplazo a una esquina. Allí me siento. Siempre en el mismo rincón" (por sentirse en su esencia, pide ser retratado en ese sitio).

Por mucho que lo desee, Saglimbeni tiene poco tiempo -por no decir nada- para un "camaroncito" en el mueble que tiene para relajarse. "Los músicos siempre quieren conversar y tocan la puerta". Y cada uno es recibido, según relata. "Luego se van al escenario y este espacio es invadido por un silencio rotundo que te hace sentir solo, es un silencio tan físico que casi puedes tomarlo con las manos. Es un instante muy importante porque con 100 músicos calentando, entra indirectamente al camerino una cacofonía de sonidos".

A partir del calentamiento de instrumentos, y a unos metros del escenario, Saglimbeni imagina el instante cuando las luces bajan, y sabe que, entonces, el ensamble debe "callar" para darle entrada al dulce sonido del oboe. Éste anuncia la afinación definitiva de la orquesta. "Y en mí se produce una mezcla de emociones. Se da como un encuentro entre el mundo racional, lo que sabes que debes hacer; y el mundo de las emociones, que son las cosquillas en la barriga".

Sin vuelta atrás, cuando músicos y público esperan por el director, éste -mentalizado en su salida- se levanta del rincón, mira las partituras y toma agua. "Enfrentar al público no es fácil, así tengas años haciéndolo, y el camerino es un lugar donde tengo la confianza para estar conmigo. Nunca pido nada especial ni soy supersticioso. Lo que sí necesito es una tranquilidad muy grande. Casi nunca quiero estar solo, salvo esos segundos cuando suena el oboe, cuando sé que ya todos esperan el comienzo".

La verdad artística
"Me cambio la ropa y me coloco la que he traído. Me peino y salgo. Y cuando termina el concierto es muy importante el retorno. Todos se han ido y este lugar donde ahora estamos queda deshabitado. Son los momentos que más recuerdo. ¿Sabes por qué? Porque tanta soledad puede aturdir a un artista mientras hace el balance de lo bien o mal que estuvo. Aquí se produce un juicio final. Por ejemplo, yo he derramado lágrimas de mucha felicidad, pero un camerino también puede convertirse en un sitio de paredes tormentosas sobre tu verdad artística. La música es un acto de constantes revelaciones sobre tu talento. ¿Mi balance? Gracias a Dios creo que se inclina por las experiencias liberadoras".

"En mi camerino todo lo encabeza Dios"
A dos días de la asignación de su camerino, Gledys Ibarra no estaba en posición de presumir públicamente de los detalles del lugar donde se abstrae antes de entrar al set. Era apenas el momento de la mudanza. La actriz, ya se sabe, acaba de comenzar grabaciones en estudio de la telenovela Tomasa, te quiero, de la cual es protagonista junto con el actor Carlos Cruz. Ni siquiera recordaba -y esto no es difícil que le ocurra a la muchas veces despistada intérprete- el número que identifica su tocador personal. "Estoy informándome ahora de que es el número 8", dice quien lleva casi un cuarto de siglo en la escena dramática nacional.

La ubicación de su camerino está distante de los del resto de sus compañeros, todos aglutinados al final de un mismo pasillo. Aunque aparentemente aislado, tiene cerca el salón de maquillaje del canal, lo que, como es de suponerse, genera un alto tráfico de sus coelgas.

Gledys Ibarra, considerada una de las deidades dramáticas en el país, es una mujer que se enriquece de lo ecléctico. Mientras en la tierra profesa el amor por Martín Smith, su novio, a quien no le oculta el afecto profiriéndole cariño con besos que lanza hasta la puerta donde este varón británico le aguarda, paciente; con la mirada hacia el cielo da cuenta de su fervor hacia la virgen de Guadalupe, de la cual conserva una medalla desde hace 10 años. También se declara devota del arcángel San Miguel. "Me lo regaló mi asistente cuando grababa la novela pasada -La vida entera. Y mira cómo son las cosas, ahora Tomasa, mi nueva personificación, también es devota de San Miguel. Mi camerino, como ves, está blindado, porque todo lo encabeza Dios". En el espacio de Gledys suena la música de la extravagante londinense Amy Winehouse, y de su siempre "amado" Fito Páez. Ambos incluidos en su iPod. "Aquí tengo, además, mi cafetera, el DVD portátil, jabón, toallas, pasta y cepillo dental, y los palitos aromáticos". Enciende uno cuya etiqueta dice que emana aromas de rosa y miel. Y a eso huele el camerino 8.

Casita en miniatura
"Mientras lo ocupas, el camerino es tu casita miniatura. Es el lugar donde estudias antes de hacer las escenas del día, donde descansas, te ríes con tus amigos mientras esperas, lees o escuchas música. Los actores y actrices pasamos muchas horas aquí, por eso podemos considerarlo un pedacito de oasis, un espacio privado donde convertir el tiempo muerto en algo vivo".

nllabanero@eluniversal.com

Agradecimientos: Marcelino Hernández, Rodrigo Rodríguez, Javier Lefebre, Milagros Rodríguez, Emperatriz Cortés (la Tía) y José Luis Pacheco

 

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