EL PLAN MAESTRO
FUE UN FIASCO
Don estaba obsesionado con el hecho de que su esposa no había llegado virgen al matrimonio. Pasó tres años pensando en cómo asesinarla
Donald Mason era un joven respetuoso criado en una familia decente y religiosa. Fumar, beber y maldecir era lo que hacían otros chicos, no Don. La Biblia era la palabra de Dios, y las santas escrituras eran el elemento que más influía en su vida. El sexo antes del matrimonio era impensable.
Don conoció a Ruth Ragatz, una despampanante rubia, en una asamblea de su iglesia. El joven quedó cautivado, pero había un problema: Ruth estaba saliendo con otro muchacho. Sin embargo, ella y Don siguieron viéndose en la iglesia hasta que Ruth rompió con su antiguo novio. La pareja contrajo nupcias en julio de 1983.
La luna de miel fue un martirio para Don. Aunque él llegó virgen al matrimonio, descubrió que Ruth no lo era. La idea de que su esposa había estado en la cama con otro hombre atormentaba su mente. No podía sacarla de su cabeza. A medida que pasaban los meses, le comenzó a preocupar que, dado que Ruth no había sido casta hasta su matrimonio, cómo podía estar seguro de que ella le había sido fiel desde la boda.
Transcurrieron tres años de dudas y sospechas. Don pensó en divorciarse, pero debido a su educación religiosa, eso estaba fuera de discusión. Había otra forma: mataría a su esposa. El asesinato era definitivamente la respuesta a su dilema. Planearía los detalles y mataría a su esposa; sería el asesinato perfecto.
Don tenía 27 años de edad. Él y Ruth vivían en un campamento de casas rodantes en Plattekill, Nueva York. Los dos trabajaban en el complejo de AT&T en Ramapo. Eran trabajadores muy apreciados y diligentes. Nadie conocía los oscuros pensamientos que Don Manson guardaba en su perturbada mente.
En marzo de 1987, Don fue sometido a una operación de hernia, por lo que no iría al trabajo durante un par de semanas. Qué oportunidad para poner su plan en marcha. Usaría un cinturón para estrangular a Ruth. No habría arma homicida evidente. Recibiría las condolencias de sus amigos y compañeros de trabajo.
El martes 24 de marzo, Ruth llegó a casa del trabajo y Don le dijo con picardía, "Voltéate y cierra los ojos". Cuando le dio la espalda a su esposo, éste rápidamente enrolló el cinturón alrededor de su cuello y apretó. La mujer, cuyos ojos se le salían de las órbitas, logró girarse. Le rasguñó el rostro a Don, pero fue inútil. El hombre apretó con más fuerza hasta que Ruth dejó de respirar.
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El hombre apretó el cinturon con más fuerza ALREDEDOR del cuello de Ruth hasta que finalmente ella dejó
de respirar |
Don le quitó las joyas al cuerpo sin vida y luego arrastró a su esposa hasta el auto de ella. Fue una tarea ardua. Poco después se alejaba rápidamente en el vehículo. Don llegó al centro comercial Caldor Shopping Centre, en Ramapo, y condujo hasta ubicarse a un lado de un contenedor de basura detrás del Supermercado Shop-Rite.
Arrastró a su esposa hasta sacarla del auto. Don se dio cuenta de que algo había salido mal: Ruth logró arañar su rostro. Sistemáticamente, Don comenzó a romper las uñas de la mujer, puesto que sabía que era su carne lo que estaba debajo de esas uñas. Era una tarea tediosa, además de peligrosa. Alguien podía salir del supermercado en cualquier momento. Don dejó de romper las uñas. Desgarró la blusa de Ruth y le arrancó el sostén; luego le bajó las pantimedias. Frenéticamente le quitó el abrigo y el bolso antes de marcharse en el vehículo.
Todo había marchado bien. Don condujo el auto de Ruth al estacionamiento de un supermercado en Suffern, donde se pasó a un vehículo alquilado que previamente había dejado allí. Mientras se acercaba a casa arrojó el abrigo y el bolso de Ruth, además del cinturón que había usado para matarla. Se lavó las manos y la cara. Al caer la noche, Don llamó a un amigo, Bob Parks. Estaba preocupado; Ruth no había vuelto a casa del trabajo. Él y Bob condujeron por los alrededores buscando el Chevy Sprint de Ruth, pero no pudieron encontrarlo. El personal de AT&T le dijo que ella había salido a las 5:30 p.m. Don llamó a la policía; los agentes le informaron que no podían hacer nada antes de que pasaran 24 horas.
A la mañana siguiente, Don Mason estaba consternado. Lloraba cuando notificó la desaparición de su esposa. Más o menos una hora después, el conductor de un camión que realizaba una entrega en el Shop-Rite se topó con el cadáver. Apenas se identificó a la víctima, un detective le comunicó a Don que su esposa había sido asesinada; el viudo rompió en llanto.
Esa noche se encontró el auto de Ruth. No se descubrió nada importante, pero la ubicación del vehículo desconcertó a los investigadores. ¿Quién arrojaría un cadáver donde podía ser descubierto en cualquier momento y luego abandonaría el auto de la víctima a kilómetros de distancia? A los investigadores les pareció que el asesino posiblemente tenía un segundo vehículo para escapar del centro comercial donde se encontró el de Ruth.
A Don Mason, quien estaba comprensiblemente perturbado, le pidieron que acudiera a la estación de policía. Los detectives no pudieron dejar de advertir el rasguño en su rostro. Una autopsia realizada el mismo día indicó que Ruth no había sido violada. La muerte se atribuyó a asfixia por estrangulación.
Uno de los detectives mencionó que a Don le convendría que el médico que acababa de hacer la autopsia le revisara el terrible rasguño que tenía en la cara; él estuvo de acuerdo. El galeno trató la herida y les informó a los detectives que había sido causada por una uña y tenía maquillaje a su alrededor. Don le dijo a la policía que no recordaba qué le había causado el arañazo, pero admitió que se había aplicado cosmético, de forma que la herida no fuera tan visible.
Los detectives creían que Don Mason había asesinado a su esposa. Le preguntaron si aceptaba ser sometido al detector de mentiras y se sorprendieron cuando rápidamente estuvo de acuerdo.
Mientras esperaban a que terminaran los arreglos para la realización de la prueba, uno de los detectives le dijo a Don que su versión de la desaparición de su esposa no tenía sentido. Don asombró a los presentes al decir inesperadamente: "Yo la maté. Lo hice en nuestra casa rodante apenas regresó del trabajo".
Luego les contó sobre su obsesión de que su esposa le era infiel. El pensamiento lo había carcomido hasta que recurrió al asesinato para resolver su problema. Don se preguntó en voz alta si el asesinato hubiera quedado impune si Ruth no lo hubiera arañado. Nadie le dijo que ya habían rastreado el uso de su tarjeta de crédito en la agencia de alquiler de autos.
Don Mason se declaró culpable del asesinato de su esposa. Fue sentenciado a una pena de 22 años de prisión.
Traducción: José Peralta.
Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net
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