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Mi suegro opina que las mujeres nos interesamos sobre todo por lo que ocurre en los territorios contiguos a las canchas de fútbol y tiene razón. “¿Verdad que el director técnico de la selección francesa tiene cara de arquitecto?”. Esta fue una de mis impertinentes acotaciones, durante la transmisión televisada de la semifinal Portugal-Francia de la copa Alemania 2006. Aquel día quería que Francia ganara —y ganó— básicamente porque Zidane me parece muy guapo y elegante, y porque el uniforme blanco de la selección gala sin duda es más chic que el rojo —o eventualmente vinotinto— de Portugal.
Por supuesto, ningún fanático del deporte rey otorga mayor importancia a los comentarios que soy capaz de hacer mientras me recreo con los partidos, y como poco me intimida lo que opinen los demás de mis desvergonzados devaneos, continúo: “¿Cuál jugador de la selección francesa tuvo un romance con la modelo Linda Evangelista? ¡¿Cómo dices?! ¡¿Fabien Barthez?!”. Por suerte, el chisme nos gusta a todos. ¿A quién no le interesa saber qué jugador de la selección francesa conquistó oportunamente el corazón, nuevamente indómito, de la top model canadiense más famosa hasta el momento?
El juego Francia-Portugal avanzaba entre chutes, carreras y momentos de estupor, y a mi alrededor, mis desatinos argumentativos eran elegantemente driblados por la concurrencia que se mantenía atenta al televisor de la sala de mi casa. “Los juegos son una agonía —acoto como pensando en voz alta—, esto de seguir el accidentado curso de la pelota me pone nerviosísima. Nunca se sabe cuando la tensa calma va a ser interrumpida por un feliz o repelente gol”. Pocas cosas son predecibles y apacibles durante un partido de fútbol, quizás por eso prefiera detenerme en los cortes de cabellos de los gladiadores que persiguen el balón.
Mis congéneres masculinos atendían en inquietante silencio la transmisión del juego. Nada parecía desconcentrarlos, así que me permití continuar con las inoportunas líneas de mi monólogo. “¿Por qué dijiste que el uniforme de Francia era horrible?”, le pregunto a mi dulce esposo contrariada. “A mí me gusta. Es más, creo que el blanco debería ser el uniforme oficial de les bleus”. Dicho esto, mi hermana aprovechó el pase para agregar: “los uniformes más bonitos, de este mundial, son Adidas. La camiseta de Argentina es hermosa”.
La conversación empezaba a tomar el cariz que más disfruto y aprovechando el nuevo pase de balón, so riesgo de parecer racista, pregunté: “¿Cuántos jugadores negros tiene la selección francesa?”. Mi cuñado, experto en la materia, empezaba a enumerar de memoria los nombres de los jugadores de ébano de Francia, cuando mi esposo acertó: “Es mejor preguntar cuántos jugadores de la oncena francesa son blancos. Francia tiene cuatro jugadores caucásicos y para desgracia de los franceses xenofóbicos uno de ellos es musulmán y argelino, ¿cómo lo ves?”. Así es, para desgracia de Le Pen, el capitán de la selección de Francia es Zizou y el equipo casi en su totalidad representa a las marginadas minorías de la muy “civilizada” Europa… ¡Allez la France!
La clasificación de Italia para el partido final del Mundial Alemania 2006 ya estaba clara, así que me adelanté con un tiro certero: “Cada doce años Italia juega una final de un Mundial de fútbol, y esta vez se cumple nuevamente la estadística”. Reinó un mutis absoluto después del comentario. Aproveché entonces la ventaja para continuar en plan picapleitos: “Nadie quiere ver ganar a Italia, lo sé, sin embargo, los muchachos de Marcello Lippi van a terminar ganando esta copa”.
Desde el televisor el árbitro pita el final del juego y se enredan en el ambiente sentimientos de alegría y tristeza. En la cancha, los atletas de la oncena portuguesa se quiebran de dolor, y en casa, los que querían ver ganar a Portugal hacen pucheros frente al televisor. El momento en el que los jugadores se saludan e intercambian camisetas es uno de los más reveladores del encuentro. Mi hermana nunca deja de verlo. “Portugal no ganó este juego pero valió la pena ver a Figo sin camiseta ¿no creen?”, comento para concluir.
Todos los deportes tienen sus intríngulis y sus historias vedadas, sin embargo, el backstage deportivo más cautivador para mujeres con intereses tan insólitos como los míos, es el del fútbol. Aún intento entender por qué, pero tengamos o no, conocimientos diestros acerca del juego, a las mujeres el fútbol nos resulta sumamente seductor. Más allá de la saludable apariencia de sus jugadores, creo que el fútbol nos gusta porque se parece a la vida.
En 2006 mis pronósticos se cumplieron. Lástima que no hice apuestas. Yo le iba a Cannavaro, a Pirlo y al resto de los jugadores de la selección de Italia, básicamente porque las raíces siempre llaman a capítulo, porque son guapísimos, y porque lo que te hace estar en boca de todos, dentro y fuera de la cancha, es la mirada lúdica de las chicas. Aún me pregunto cómo se habrá sentido la esposa de Zidane al verlo embestir cual bisonte enfurecido a Materazzi, durante su colosal despedida del fútbol. Su mujer debe haber comprendido en segundos, lo que a los comentaristas de la prensa deportiva le tomará años dilucidar. No olvidemos que el fútbol de las chicas también cuenta. l
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