- En el reino
de Annie

- El monitor se pasea por el cable.
-
Dupla de amor
y humor

 CRONICA
- El fútbol
de las chicas
- El reino de terror de 24
- ¡Guapea
Willie Colón!
- Lo que
dicen esos ojos
SALUD
- 17 Mitos
sobre la alimentación
BELLEZA
- Cabello 10
TENDENCIAS
- Emergencias veterinarias
MODA
- La hora del té
COCINA
- Recetas
con mango
MASCOTAS
- Eternos amigos
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
revista Estampas
 
 

Una vida condenada

El único consuelo de Helen, quien trabajaba de sol a sol, era su afición a escribir poesía. Max Haines

Esta es la triste historia de Helen Spence. Al contrario de los infames nombres que tan a menudo engalanan esta columna, es bastante posible que ustedes nunca hayan escuchado hablar de la belleza de Arkansas que nació y se crió en una casa flotante. Sin embargo, durante varios meses del año 1934, sus andanzas aparecieron en las primeras planas de los diarios de su país.
Los padres de Helen eran sumamente pobres y se ganaban la existencia —difícilmente se le podría llamar vida— pescando desde su destartalada casa flotante. Tanto en mal como en buen tiempo, se podía observar la lastimosa embarcación navegando río arriba y río abajo por el White River, en Arkansas.

Poco después del nacimiento de Helen, su madre falleció. Su padre, Cicero Spence, un rudo hombre de río y bebedor empedernido, se volvió a casar poco tiempo después. La madrastra de Helen estaba realmente encariñada con las dos niñas que ahora estaban a su cargo.

Cada cierto tiempo, el asiduo bebedor y transeúnte del río se iba de farra. No se trataba de una borrachera común, sino de una prolongada juerga en la que aquellos que se podían mantener en pie trataban de golpearse unos a otros. Esto es lo que ocurrió un domingo de 1930.

Cicero Spence, su esposa y otra pareja pidieron prestada una lancha con motor, cargaron una gran cantidad de bebida y se lanzaron a navegar por el White River. Comenzaron a beber apenas se alejaron de la casa flotante. Pronto todo el grupo estuvo ebrio.

El compañero de bebida de Cicero, Jack Worls, comenzó a discutir con él. Por su parte, Cicero acusó a Worls de coquetear con su mujer. Enfurecido, Worls sacó un revólver y le disparó. Cicero cayó al fondo de la lancha. Allí quedó, quejándose a los pies de su mujer durante más de una hora. Los nervios de apoderaron de Worls. Tomó a Cicero y lo arrojó por la borda.

Luego Worls, enloquecido por la bebida, violó a la señora Spence y le propinó una terrible paliza. Ahora rodeados por la neblina, el grupo finalmente tocó tierra. La señora Spence fue transportada de urgencia al hospital donde, a duras penas con los labios hinchados, relató su historia a los oficiales de policía. Dos semanas después, pese a una operación para curar sus heridas internas, murió. Worls fue acusado del asesinato de Cicero Spence.

Helen y Edna se mudaron de la casa flotante al hogar de su abuela en De Witt, una pequeña población de Arkansas de 2.000 habitantes. Helen, sin destrezas ni idea de cómo era la vida lejos del río, consiguió un empleo como mesera. El único consuelo de Helen, quien trabajaba de sol a sol, era su afición a escribir poesía, un pasatiempo que conservaría durante toda su vida.

Al igual que millones de otras personas durante los duros años de la década de los treinta, Helen perdió su empleo. Aunque la pérdida del trabajo fue un desastre para la muchacha, le permitió asistir al juicio de Jack Worls, el hombre que había asesinado a sus padres y desgraciado su vida.

Mientras Helen permanecía sentada en la corte, apenas entendiendo los procedimientos legales que tenían lugar ante ella, no podía pensar más que en una cosa: el momento en que el juez pronunciara la sentencia de muerte.

Allí estaba, pues, esperando, pero nada ocurrió. Incluso Helen entendió que el juez se rehusaba a admitir como evidencia la declaración de su moribunda madre sobre cómo ella y su esposo habían sido atacados. El juez dijo que no se podía admitir su testimonio como la declaración de un moribundo porque, cuando fue pronunciada, su madre esperaba recuperarse.

El juicio había concluido. El jurado regresó a la corte. Entre el público corrían rumores de absolución. La muerte de Cicero Spence, dijo el jurado, había ocurrido durante una pelea entre borrachos, eso era todo.

Helen se incorporó lentamente de su puesto. Caminó directamente hacia Jack Worls, tomó un revólver del bolsillo de su chaqueta y haló del gatillo cuatro veces. Sonrió al mirar el horror en el rostro de Worls mientras éste caía al piso, muerto. Helen no intentó escapar del lugar. Sólo dijo: “Temía que lo fueran a absolver”.

En abril de 1931, Helen fue enjuiciada por el asesinato de Worls. Fue declarada culpable y sentenciada a cinco años de reclusión en la Granja para Mujeres del estado de Arkansas, en Jacksonville. Los abogados de Helen apelaron la sentencia ante la Corte Suprema del Estado y lograron liberar a su cliente bajo fianza, en espera del dictamen de la apelación.

Una vez en la calle, Helen se enfrentó a la dura tarea de encontrar un medio de sustento. Por fortuna, conoció a Jim Bohots, quien le ofreció un empleo en su restaurante, un negocio un tanto desvencijado. Aunque Bohots no le agradaba mucho, Helen no dejó pasar la oportunidad de un trabajo.

Apenas se convirtió en mesera de su restaurante, Bohots comenzó a hacerle proposiciones indecentes a Helen, quien ahora era una atractiva chica de 19 años de tez bronceada y alegres ojos castaños. Helen soportó las insinuaciones durante casi un año. Luego abandonó el empleo.

Poco después de que Helen dejara el trabajo en el restaurante, Bohots fue encontrado muerto a balazos en su propio vehículo, a unos cuantos kilómetros de De Witt. Había sido asesinado con su propia arma. Los detectives encontraron varias cartas en los bolsillos de la chaqueta de Bohots. Tres eran de Helen, quien fue detenida de inmediato y sometida a interrogatorio.

Helen tenía una coartada perfecta. Una de sus amigas, Ruth Gordon, juró que estaba con ella a kilómetros de la escena del homicidio, la noche de la tragedia. Mientras la investigación por la muerte de Bohots se desarrollaba, la Corte Suprema concedió a Helen un nuevo juicio por el caso Worls. Los fiscales del Estado y la defensa llegaron a un acuerdo. Los cargos contra Helen por el asesinato de Bohots fueron retirados a cambio de que se declarara culpable del homicidio de Worls. Helen fue recluida en la Granja para Mujeres del Estado con la promesa de que saldría bajo palabra en un año.

No la engañaron. En junio de 1933, el gobernador de Arkansas concedió libertad bajo palabra a Helen después que ella cumplió 11 meses de reclusión. Pese a sus orígenes humildes, Helen era una persona compleja que había sentido remordimientos mientras estaba en prisión. Apenas había pasado una semana en libertad cuando entró en la estación de policía de Litlle Rock y relató su historia, corta y simple. “Yo maté a Jim Bohots. Me llevó de paseo por una vía solitaria y trató de atacarme. Saqué su pistola de su bolsillo y le disparé dos veces”.

Helen fue detenida, enjuiciada, encontrada culpable y sentenciada a 10 años en la Granja para Mujeres del Estado. Una vez que hubo regresado a la extenuante tarea en el campo, detestó esta labor. Cada noche, después de doce horas en el campo,  escribía sus poesías en pedazos de papel mientras su mirada atravesaba los barrotes de la celda.

El 10 de julio de 1934 no pudo aguantarlo más. El abrasador sol la hizo sudar copiosamente mientras limpiaba con un azadón una hilera de plantas de frijol. Frank Martin, un reo armado de una prisión vecina, la vigilaba a ella y a un grupo de otras prisioneras.

Helen pidió permiso para ir a la casa de la granja-prisión para buscar una medicina. Una vez en la casa, se metió furtivamente en la habitación de un guardia y robó un revólver calibre 44. Luego salió caminando de la granja. En la noche, guardias y sabuesos buscaron en los bosques a la joven perdida.

En la tarde del día siguiente, Helen entró al porche de una hacienda propiedad del matrimonio Vann. Allí pidió agua y vio el auto de los Vann a un lado de la casa. Helen sacó el revólver y le preguntó a la señora Vann si podía manejarlo. Aterrorizada, la señora Vann corrió hacia la casa, tirando la puerta a su paso. Observó cuando Helen se desplazaba lentamente hacia el camino.

En pocos minutos, el señor Vann llegó a su casa. Escuchó la historia de su esposa y fue de inmediato a la prisión. Los oficiales de la penitenciaría, acompañados por el guardia Frank Martin, condujeron a la granja de los Vann. Divisaron a Helen en el polvoriento camino de Arkansas.

Martin abandonó el camino y se internó por los matorrales hasta que estuvo a la misma altura que Helen. Cuando sólo los separaban 20 metros, Martin gritó: “¡Arriba las manos!”. Helen se alejó rápidamente. Martin apuntó su escopeta y disparó directamente a su espalda. Cuando los oficiales llegaron hasta donde yacía la prófuga abatida, encontraron el revólver intacto en su bolsillo.. l

Ilustraciones: David Márquez

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso