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PEKÍN 2008

Una ciudad en construcción que persigue un futuro cercano
en unas ocasiones, muy lejano en otras

por LAURA PÉREZ

Aterrizar en Pekín es disponerse a librar una batalla entre las ideas preconcebidas y la realidad. Un duelo de los viejos estereotipos cultivados durante años con el sorprendente presente de una ciudad que, aunque milenaria, esconde su antiguo esplendor imperial en medio de autopistas, hormigón y desalmadas avenidas. Los policías del control fronterizo revisan pasaportes y ponen sellos frente a la foto de Mao. Hieráticos y amenazantes. Como mandan los cánones en un país habituado a tenerlo todo bajo control. A pocos metros, los anuncios de las multinacionales que ponen la chispa de la vida en el mundo occidental dan fe de cuánto se acercan ya los chinos a lo que un día llamaron contaminación cultural.

En este esquizofrénico proceso de cambio, Pekín se encuentra sumergida en una vorágine urbanística en la que los edificios, las calles y las nuevas joyas arquitectónicas aparecen casi de la noche a la mañana. Toda la maquinaria laboral china (y eso es mucho decir) funciona a pleno rendimiento con el objetivo puesto en una fecha: el 08 del 08 de 2008 (el ocho es allí el número de la suerte). Una oportunidad única para mostrar al planeta una imagen moderna y saludable, con la que este país de precarias libertades y férrea vigilancia ideológica no habría podido ni soñar hace pocos años. Memorable es la apreciación del siempre provocador Karl Lagerfeld mientras realizaba la sesión de fotos que acompaña este reportaje: "¿No es un poco absurdo tener una Ciudad Prohibida, cuando en realidad todo está prohibido?".

En los últimos años (antes incluso de 2001, cuando fue designada sede olímpica) la ciudad se ha convertido en un paraíso para los arquitectos, en el que casi cualquier cosa es posible. Algo parecido a lo que sucedió tras la caída del muro en la berlinesa Potsdamer Platz, pero a lo grande -con sus 18 millones de habitantes, aquí todo es de una escala inalcanzable para los estándares europeos. Una economía que crece a ritmo de vértigo, un ávido deseo de cambio y una legislación a merced de quien mejor pague son algunas de las razones.

La construcción estrella, el magnífico Estadio Olímpico, se encuentra ya prácticamente lista. Una obra de los arquitectos suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron, conocida popularmente como Nido de Pájaro por su entramado de ramas metálicas, que dará cobijo a 90.000 espectadores. Los chinos, haciendo honor a su fama, han estado trabajando en jornadas de 24 horas durante meses hasta el punto de adelantarse a los plazos previstos para su finalización. Tanto es así que el tradicional temor a que las obras no estuvieran terminadas a tiempo se ha convertido esta vez en la preocupación de que el día de la inauguración ya no luzca el brillo de lo nuevo.

A su lado, el Cubo de Agua o Centro Acuático Nacional, creado por la firma australiana FTW, será la sede de las competiciones de natación. Una extravagancia a base de mullidas burbujas azules que le da el aspecto de una delicadeza embalada con plástico acolchado para evitar que se rompa. Ambos se situarán en el Parque Olímpico, al norte de la ciudad. Un área armoniosamente ajardinada y decorada con lagos, fosos y riachuelos, donde aseguran que la tórrida temperatura del verano pequinés descenderá cuatro grados. Hasta no hace mucho tiempo este lugar lo ocupaba una degradada barriada de rascacielos, donde las sacrificadas familias trabajadoras se hacinaban en micropisos. Hoy sus apartamentos, al gusto de las nuevas y occidentalizadas clases medias, conforman uno de los barrios más exclusivos de la capital. Por el camino han quedado expropiaciones masivas, precios que se han llegado a doblar en un año y todo tipo de prácticas especulativas dispuestas a exprimir al máximo el metro cuadrado.

En el horizonte de grúas que tiene hoy la periferia de Pekín es habitual ver un enorme carácter mandarín trazado con pintura blanca en lo alto de los edificios. Un taxista nos revela con señas su traducción: derribar. Con esta brutal metamorfosis no es de extrañar que China absorba cada año la mitad de la producción mundial de hormigón. Buena parte de ella ha ido a parar a la nueva terminal del aeropuerto pequinés -que quedará unida al centro de la ciudad por un tren elevado. Una obra colosal en manos del británico Norman Foster que es ya el edificio más grande del mundo. Será la puerta de entrada de cerca de 50 millones de personas cada año, y se calcula que sólo en los quince días que durarán los Juegos Olímpicos, 1,8 millones pasarán por la urbe. Una avalancha para la que sus habitantes se preparan a marchas forzadas. Clases de inglés gratuitas (que la mayoría no parece haber aprovechado), lecciones de civismo donde se aprende a no escupir y a guardar cola de forma ordenada, incluso un curso para saber hacer la ola en el estadio. Metódicos y perseverantes como son, han calculado el número de veces que es necesario aplaudir o levantar los brazos para lograr un efecto contagioso en el resto del público. Los entrenados agitadores de masas vestirán una camiseta roja y, con toda seguridad, conseguirán una copia perfecta -su mayor especialidad- de la ola creada en el Mundial de Fútbol de México.

Otra espectacular obra que se inaugurará junto con los Juegos es la sede de la CCTV, la televisión nacional de China. Uno de los arquitectos más solicitados y atrevidos del mundo, el holandés Rem Koolhaas, se encarga de construir este trapecio de equilibrios imposibles. Mientras, la iraquí Zaha Hadid trabaja en el trazado de Soho City, un proyecto urbanístico en la más vibrante zona comercial y de negocios. En el centro de la ciudad y cercano a dos torres llamadas World Trade Center, se asemeja más a Manhattan que a esa idílica imagen a la que nos tiene acostumbrados el cine chino.

Pero a pesar de que Pekín se ha convertido en los últimos años en centro de operaciones de numerosas empresas europeas (muchas de ellas españolas), sus ciudadanos se encuentran todavía lejos de estar acostumbrados a la vorágine de extranjeros que les espera. Valga como ejemplo el hecho de que un pelo rubio les resulta exótico hasta el punto de hacerles desenfundar, fascinados, sus cámaras de fotos.


Quien haya conocido Pekín hace algunos años probablemente no la reconocerá ahora. Han sido innumerables sus cambios

Más que complicada resulta la comunicación. Difícilmente, salvo en los grandes hoteles y en los restaurantes habituados a tratar con directivos extranjeros, se encuentra a quien hable inglés. Y hacerse entender en un taxi -una forma económica y la más eficaz de moverse por la ciudad- es una odisea reservada sólo a los muy pacientes. Llevar el nombre y la dirección del hotel apuntados en caracteres chinos se convierte casi en una cuestión de vida o muerte. De lo contrario, jamás llegarás. Y no importa cómo pronuncies el nombre, cuántas veces lo escribas en un papel o la vehemencia con la que lo señales en el plano. No lo conseguirás. Por ese motivo, durante los Juegos, los taxis dispondrán de un listado con los destinos más habituales escritos en varios idiomas, junto a su grafía cantonesa -algo que ya se puede encontrar en la mayoría de los hoteles y que facilita mucho la movilidad.

Hasta entonces, un reloj cuenta en la Plaza de Tiananmen los días, horas, minutos y segundos que faltan para que comience el mayor evento deportivo y mediático del planeta. El mismo cronómetro que marcó los días, horas, minutos y segundos que quedaban para la devolución a China, primero, de Macao y, después, de Hong Kong. Y la misma plaza en la que en 1989 el ejército mató a un número todavía nunca confesado de estudiantes -se cree que cerca de mil- que manifestaban pidiendo reformas democráticas: una inmensa explanada de hormigón rodeada de vallas que ayudan a controlar a las temidas masas, para acceder a la cual, no los extranjeros, pero sí los autóctonos, es necesario pasar por un control policial de bolsos.

Quien haya estado en Pekín hace unos años y regrese ahora no la reconocerá. Esta ciudad que se movía a pedales reserva sus riksos (bicitaxis) para los turistas, y los restos de la vida tradicional china sólo se aprecian en los pocos hutongs (barrios antiguos de calles estrechas) que han quedado en pie tras la operación olímpica. Algunos de ellos están siendo comprados por estudios de arquitectos y diseñadores que los transforman en núcleos de modernidad. Algo que todavía parece ciencia ficción para muchos chinos, que leen una prensa controlada, tienen un muy limitado acceso a Internet, ven una televisión concebida como órgano de propaganda del Partido Comunista y sufren prohibiciones temporales de ver cine extranjero. ¿Bienvenidos al futuro?

Vida moderna
La firma Soho ha creado ya varios barrios en la capital bajo la filosofía de introducir la vivienda de alta calidad en la sociedad china. Y con ella, los modos de vida occidentales. Restaurantes con aspecto neoyorquino, tiendas de moda de aire londinense, clubs decorados por el parisino Philippe Stark y spas que en nada se parecen a las tradicionales salas de masajes pequinesas. Una especie de parque temático de la vida moderna. El próximo proyecto es Soho City, en manos de la arquitecta Zaha Hadid. Con 100.000 m2, es el plan urbanístico de viviendas más extenso del mundo.

Voces en contra
En 2001 el vicealcalde de Pekín, Liu Jingmin, declaró ante Juan Antonio Samaranch: "No sólo queremos promover el desarrollo de la ciudad, también el de la sociedad, incluida la democracia y los derechos humanos". Siete años después, los avances en este terreno son lentos en unos casos, invisibles en otros: muchas voces se alzan, mientras otras callan, contra el escaso respeto chino a los filantrópicos valores olímpicos.
AMNISTÍA INTERNACIONAL ha tratado en los últimos meses de mantener conversaciones con el Gobierno chino relacionadas con los derechos humanos y los crecientes encarcelamientos de disidentes. Siempre han sido rechazadas aludiendo a no querer politizar los Juegos. La portavoz de Exteriores china, Jiang Yu, se ha limitado a declarar que "ningún país es perfecto en materia de derechos humanos".
REPORTEROS SIN FRONTERAS ha denunciado reiteradamente la falta de libertad de expresión en China, a la que considera "la mayor cárcel de periodistas del mundo". Tanto la prensa como el uso de Internet están duramente controlados.
STEVEN SPIELBERG ha abandonado su cargo de asesor de la ceremonia de apertura diciendo: "Mi conciencia no me permite seguir". Es su protesta por la actitud de China, gran aliado de Sudán, ante la crisis de Darfur.
EL PRÍNCIPE CARLOS DE INGLATERRA no asistirá a la ceremonia de apertura, a la que había sido invitado. Gran simpatizante de la causa tibetana y del Dalai Lama, protesta así por la ocupación que mantiene China sobre el Tíbet desde 1949.
OCHO PREMIOS NOBEL figuran entre los ochenta firmantes de la carta enviada al presidente chino, Hu Jintao, pidiendo una postura firme hacia Sudán. Entre ellos, Rigoberta Menchú, Adolfo Pérez Esquivel y Desmond Tutu, y actores como Mia Farrow, Emma Thompson y George Clooney.

Luz de ingeniería
El velódromo de Laoshan, el primero cubierto de toda China, se encuentra ya finalizado. El diseño pertenece al gran experto en la materia, el arquitecto Ralph Schürmann, autor de otras 120 pistas en todo el mundo. La joya es, en este caso, su enorme tragaluz de 56 metros de diámetro y situado a 33 metros de altura. Está especialmente diseñado para que deje entrar la luz natural sin entorpecer la visibilidad de los deportistas.

En fila de a uno
Hacer cola no se les da bien a los chinos. De hecho, tienen tan poca costumbre de esta norma básica de urbanidad que a sus autoridades les preocupaba la mala imagen que pudieran dar a los visitantes. Tanto que desde hace dos años los habitantes de Pekín reciben clases sobre cómo deben subir al autobús una vez que llega. Éstas se imparten el día 11 de cada mes, ya que su grafía trasmite la idea de fila ordenada.

© PRISACOM, S.A./HACHETTE FILIPACCHI. Derechos de El Universal

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