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Amantes del capoeira
Raúl Chacón Soto

El arte marcial brasileño que anda conquistando al mundo con su original mezcla de danza, música, técnicas de combate y hasta filosofía, cuenta en Venezuela con un buen contingente de seguidores.

El primer encuentro de Julio César Rojas con el capoeira ocurrió en noviembre de 1995. Por esa fecha se estaba celebrando el evento Brasil en Caracas, y él -como otros estudiantes de la UCV- se acercó por curiosidad para ver de qué se trataba esa práctica de combate de la que muy poco -por no decir nada-, sabía. Quedó impresionado. "Lo que me impactó realmente fue el contenido artístico... tenía elementos como la música, los cantos, la ejecución de los instrumentos, la lucha... todo eso en un solo arte. Me enamoró de una vez. Creo que el gancho fue que lo que estaba viendo no me era ajeno: la música y la energía forman parte de mi vivencia como persona latinoamericana. Fue algo que me conectó". Mientras habla, más de 50 muchachos y muchachas calientan el cuerpo siguiendo las instrucciones de sus guías y practican algunos de los movimientos que más tarde tendrán que intentar cuando el juego comience... la rutina es exigente, pero lo bueno aún está por empezar. Lo numeroso del grupo sorprende, y eso que no están los más experimentados, quienes practicarán un poco más tarde, cuando caiga la noche. Todos son integrantes de la agrupación Raízes do Brasil, filial venezolana de la matriz brasileña, que cuenta en este país con más de 200 entusiastas practicantes, repartidos en diferentes sedes tanto en Caracas como en Barquisimeto y Mérida, y que el propio Julio, en compañía de algunos otros -entre ellos Daniel Perales, quien también asistiera como espectador en aquella exhibición-, fundara hace ya más de seis años. La conexión, como puede verse, fue total.
Rabicho ("cola de caballo", en portugués), el apodo con el que todos conocen a Julio por llevar el pelo largo y porque en el mundo del capoeira no hay quien se salve de llevar uno, cuenta a grandes rasgos la historia del arte marcial que practica para entrar en calor justamente cuando la mayoría de los jóvenes andan algo más que acalorados después de las sesiones de estiramiento (muy necesarias a juzgar por las evoluciones que se verán un poco más tarde) y la repetición de algunos movimientos básicos, tanto ofensivos como defensivos. Dice que surgió entre los negros brasileños como un recurso ante el maltrato de que eran objeto, un recurso que les permitía defender su ansia de libertad, y no sólo en lo que respecta a la lucha física, sino, quizás más importante, en lo que tiene que ver con la supervivencia cultural. "Fue el modo que encontraron los negros para resistir. Disfrazaron las técnicas de lucha y las convirtieron en un ritual o en una fiesta. Por eso es que conjuga tantos elementos. Por eso es que se trata de una especie de teatralización de las vivencias cotidianas... al final es una síntesis de todas las mañas y la astucia de las que se valieron los negros esclavos y sus descendientes".
De pronto el grupo de jóvenes forma una rueda y se oyen los sonidos del berimbau, un peculiar instrumento en forma de arco, compuesto de un flexible palo de madera de birimba, un alambre neumático y una calabaza seca, que rige todo lo que de allí en adelante empieza: marca el paso, cambia la velocidad y anuncia el peligro. Al sonido del berimbau lo acompañan los del atabaque y el pandeiro, y se oye un canto que dice así: "Tava no quilombo, foram me chamar, o sinhor Zé, é quem mandou me chamar"... Así empieza todo. Julio se incorpora a la roda y repite cada frase al unísono con el resto de los jóvenes. Son las mismas frases que hace ya varios siglos cantaban los negros en reuniones semejantes... y entonces todos cantan y siguen el ritmo de la música con las palmas. La temperatura aumenta y las emociones también... La primera pareja se lanza al centro y empiezan los enfrentamientos... el berimbau, como lo expresa el propio Rabicho, determina con su toque si el asunto es acrobacia, lucha o tope amistoso.
En el capoeira existen dos estilos muy bien definidos: angola y regional. El primero es el tradicional, donde se resalta la expresión corporal y el aspecto espiritual del arte. "Es el capoeira madre. Es el juego que expresa las mañas, el malandragem de los negros esclavos. Es más lento y también más rastrero". El segundo, de ritmo veloz, resalta la fuerza, la velocidad y la precisión del atacante. Justo en ese momento, el berimbau cambia de ritmo, acelera el paso y aumenta la adrenalina entre los muchachos, que llevan a la práctica lo que Julio expresa con palabras. La pareja en el medio de la roda prueba diferentes movimientos... ambos elevan sus piernas sostenidos sólo con una mano del piso... acción y reacción... casi no hay contacto, aunque algunas veces es difícil evitarlo. Explica que dentro del estilo regional hay, a su vez, distintas modalidades. Sus nombres: Benguela, Sao Bento Grande e Iúna, entre otras. "El primero es un jogo amistoso, a una velocidad media, donde se mezclan la fluidez del movimiento con los desplazamientos por el suelo. El segundo es más aéreo, más veloz; aquí se empiezan a marcar más las patadas. El tercero, Iúna, corresponde a las habilidades acrobáticas. Es el turno de los floreios (los capoeiristas se lucen en sus movimientos)". No importa cuál modalidad se esté practicando, lo importante es que en el capoeira se juega con el adversario y no en su contra. Los lutadores se van alternando tal y como lo hacen las parejas en un baile de tambores. Al final, la música desacelera y cambia al compás de un samba, ritmo bueno para relajar e, incluso, para bailar un rato... Esto es Venezuela, después de todo. l

rchacon@eluniversal.com


Ver también en Encuentros:
- Jennipher Rodríguez. El mar a sus pies
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