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Moda sideral
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Transcurría el año 1963
y una de las preguntas era si se llegaría o no a la
Luna. Todos seguían expectantes las andanzas de la
NASA tras el suelo lunar. Uno de los protagonistas fue el
científico Roger D. Weatherbee, considerado "el
Christian Dior de la moda espacial", pues era el diseñador
de las prendas de vestir de los astronautas. Tenía
como encomienda trajear a los tripulantes en los viajes por
el espacio. Weatherbee describía el diseño que
tenía en mente:
"El traje será casi una nave espacial de un solo
tripulante. Tendrá que proteger al astronauta durante
todo el tiempo que esté fuera del vehículo que
lo lleve a la Luna y guardarlo de los peligros de la radiación,
el vacío del espacio y las severas temperaturas; tiene
también que permitir soltura en los movimientos de
subir y bajar escalerillas, encorvarse y recoger muestras
lunares". En el reportaje publicado en Estampas,
aparece junto con los "modelos" y sus "ligeras"
creaciones. Seis años después, el 21 de julio
de 1969, se lograría el ansiado alunizaje.
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La mudanza
Mirtha Rivero
Con todo lo que le ha pasado en los últimos
días, Coromoto no entiende cómo es que Fernando y
Laura, en quince años han podido mudarse siete veces. Sie-te
veces.
Cómo es posible, se pregunta estupefacta, que dos personas
en su sano juicio, y por decisión personal, se atrevan tantas
y tan seguidas veces a enfrentarse a los estropicios que impone
una mudanza. Porque no es que sus amigos han cambiado de residencias
por la circunstancia de trabajar para una empresa que traslada a
sus empleados de una ciudad a otra. O que hayan sido presionados
por caseros abusivos. No, Fernando y Laura, solitos, andan en ese
perenne trasiego, por gusto.
-A mí me hablan de mudanza -admitió Laura- y es como
cambiar un disquete a la computadora. En el CPU de mi cerebro, abro
una carpeta y desde ese momento mis acciones se enrumban hacia el
nuevo destino. Ya estoy acostumbrada. Es cuestión de organización,
y de meter la idea en el sistema.
Laura lucía tan segura que convenció a su amiga de
que no había nada que temer por una inminente mudanza. Todo
es cuestión de organización, se repitió Coromoto
a sí misma, y se dispuso a trazar un cuidadoso plan para
cuando a ella le llegara la hora de trasladar sus bártulos
hasta la nueva casa que estaba construyendo.
La planificación abarcó desde seleccionar con un mes
de anticipación la empresa de transporte ideal -de acuerdo
a las necesidades y el presupuesto- hasta tramitar el nuevo suplidor
de televisión por cable, la migración de la cuenta
de banda ancha para la Internet y el aviso al banco del cambio de
dirección.
-Todo cambio es traumático -sentenció Coromoto sabihonda-,
pero hay que saber afrontarlo con las comodidades mínimas.
Desde entonces, se dedicó en cuerpo y alma a "meter"
en su sistema el asunto del cambio de domicilio. Al tiempo que armaba
cajas, clasificaba libros y guardaba lencería, visualizaba
la casa nueva e imaginaba dónde pondría el sofá
de cuero, en qué pared colgaría el cuadro de Manhattan
y en dónde la paloma de cerámica que trajo de México.
Cada acto lo creía tener calculado de una manera tan perfecta
que en su cabeza no cabía la posibilidad de ubicar el teléfono
inalámbrico en un sitio distinto a la cocina ni un modo diferente
al que había dispuesto para proteger la tetera de porcelana.
La única sugerencia que aceptó fue la que -proviniendo
de su marido- implicaba mudar la enorme cantidad de libros armando
paquetes "manejables" de diez a doce volúmenes,
en vez de embalarlos en las cajas pequeñas que ella tenía
pensado.
Fuera de eso, Coromoto creía que nada desbarataría
su programa. Pensaba reincorporarse a sus actividades cotidianas,
luego del barullo -lógico- de los tres o cuatro primeros
días.
Pero los líos se anunciaron cuando el camión de la
mudanza llegó con una hora de anticipación, sin dar
tiempo a lavar la cafetera, que tenía pensado empacar a último
minuto. De ahí en adelante, se desató una serie de
imprevistos que no había entrado en la estudiada estrategia
de Coromoto.
El sofá de cuero no cupo en el camión y hubo que hacer
un viaje extra. Las cajas con la lencería se mojaron con
el aguacero que cayó ese día, y no pudieron usarse
las sábanas y las toallas para proteger el parquet recién
instalado en las habitaciones. La secadora no entró en el
espacio destinado y requería un trabajo para empotrarla encima
de la batea. El carpintero no terminó las puertas de los
baños y anunciaba que "cualquier día de la semana
que viene" lo haría. El calentador a gas no calentaba,
y se tuvo que instalar la secadora en medio de la sala para secar
sábanas y poder dormir esa noche.
Al día siguiente, las cosas no mejoraron. Debajo de la nevera
comenzó a salir agua y lo que se pensó que era una
bandeja que se había desbordado resultó ser un tubo
roto de agua caliente. Al cuarto día, reventó la canilla
del fregadero, al quinto una en un lavamanos y, de manera simultánea,
ocurrió un derramadero por debajo de una poceta. La montaña
de ropa sucia crecía y las cajas seguían amontonadas.
A los 21 días la escena era oscura. Coromoto todavía
lidiaba con el calentador (el técnico había ido en
tres ocasiones), aún aguardaba la aparición del carpintero
y no podía hallar el control remoto del televisor.
-Lo peor de la mudanza, es mudarse -oyó quejarse a su esposo
esa noche, y casi en seguida escuchó la voz de su hija.
-¡Maaami...! la televisión está congelada en
el canal 236.l
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