|
Arsénico
Max Haines
Pues sí, sí que se puede
seguir siendo libre pese a cometer un asesinato
Ya
conté el caso de una joven a la que le ocurrió precisamente
eso hace ciento cincuenta años. Su historia se publicó
en el Sunday Sun de 1976.
Los estudiosos del masculino arte de lo macabro suelen ir tras la
senda de cualquier fugitivo por las nebulosas calles de Londres.
La dulce Albión nos ha dado algunos asesinos inusitados.
Y, por alguna extraña razón, en los últimos
años, California parece haber adquirido fama por esos menesteres.
Aunque a los asesinos californianos les falta ese brío típico
de Inglaterra, no se les puede culpar de no haberse cobrado un número
suficiente de víctimas.
Escocia, por su parte, no cuenta con clásicos en la materia
pero, como dice el refrán, la excepción confirma la
regla.
Madeleine nació en Glasgow en 1836. Su padre, el señor
Smith, era un conocido y próspero arquitecto. Tenían
dos residencias, una en la calle India, en Glasgow, y una casa de
verano en Row on the Clyde.
Madeleine fue a un internado, como era habitual en alguien de su
clase, y, al salir de allí, se ocupó de las cuestiones
lógicas que uno espera de una hija bien educada y de buena
familia.
Madeleine se pasaba la vida en su casa. Al cumplir los 21 años
de edad, se esperaba que una persona de unos orígenes sociales
similares conociera a Madeleine y que, siguiendo la costumbre habitual
de esa época, la pediría en matrimonio, con el consentimiento
paterno. Ese no fue el caso
Madeleine conoció a Pierre Emile L'Angelier, un oficinista
que ganaba diez chelines a la semana. Incluso en aquellos tiempos,
esta suma no era nada respetable. El caso es que ella le conoció
y, por el intermediario de Bessie, hermana de Madeleine, él
le empezó a mandar mensajes.
El señor Smith no tardó en enterarse del romance incipiente
y le prohibió a L'Angelier enviar algún tipo de mensaje
o ver a su hija. Como todas las órdenes paternas, esta tan
sólo sirvió para acercar más a la pareja.
L'Angelier no quería casarse con Madeleine si su padre, quien
era un hombre acaudalado, la desheredaba. Digamos que lo quería
todo. Deseaba obtener el consentimiento del anciano Smith, su dinero
y su hija.
Esto resultó ser demasiado. Smith quería que Madeleine
se casara con un hombre de su clase, y punto.
L'Angelier tenía una amiga llamada Mary Perry, quien le llevaba
sus cartas de amor, y dejaba a los amantes su domicilio para que
se pudieran ver. Pese a que los amantes se pelearon alguna vez,
su relación llegó hasta tal punto que se veían
en casa de Perry y, además, en las dos residencias de los
Smith.
Entre todos estos encuentros, Madeleine hizo algo que la distinguió
de otras mujeres de su clase. Escribió cartas. Y no del tipo
que una señora de edad escribiría a su marido, sino
de esas que harían enrojecer a Lady Chatterley y a Playboy.
Recuerden que esto ocurría en 1858, cuando lo más
sexy que podía aparecer impreso era que las mujeres tenían
el derecho exclusivo de procrear.
Durante dos años, dio libre curso a su pasión en sus
cartas, describiendo su affaire con todo lujo de detalles.
En las cartas transluce una mujer bella, apasionada y activa, que
se adelantó a su tiempo.
En cambio, L'Angelier aparece como un pobre buscador de fortuna,
con mucha labia. Lo cierto es que se podía haber casado con
Madeleine en cualquier momento, pero la verdad es que quería
el dinero de su padre.
El padre de Madeleine insistió para que ésta viera
a un tal William Minnoch, cuyas intenciones eran honorables. Para
que hubiese un poco de paz en la familia, ella consintió.
L'Angelier se puso furioso y su disgusto quedó claro en algo
más que en las cartas que escribía. Le devolvió
una carta sin abrir. Madeleine le escribió una carta desagradable,
sugiriéndole que rompieran. L'Angelier le respondió,
insinuándole que tal vez debería enseñarle
a su padre todas las cartas que ella le había enviado. Madeleine
le escribió una carta de reconciliación.
Es en este punto donde la mayoría de la gente cree que Madeleine
decidió envenenar a L'Angelier.
Siguió viéndolo, aunque, siguiendo los consejos de
su padre, se había comprometido con Minnoch. Se cree que
para entonces la pasión de Madeleine se había apagado,
y que veía a L'Angelier con la idea de quitarle las cartas
incriminatorias, pero se dio cuenta de que no lo iba a lograr.
El 17 de febrero, L'Angelier cenó con la señorita.
Perry y le comentó que iba a ver a Madeleine el 19. Durante
la noche del 19, L'Angelier se sintió muy mal repentinamente.
Su casera se lo encontró a la mañana siguiente en
el suelo de la habitación. No obstante, por la mañana
mejoró y se fue a ver a un médico.
El médico le dio algún remedio y todo pareció
volver a la normalidad.
El sábado, 21 de febrero, Madeleine realizó una compra
de lo más oportuna: arsénico. El domingo por la noche
L'Angelier se puso muy enfermo. Esta vez, pese a los esfuerzos del
médico, pasó ocho días en cama.
El 6 de marzo, Madeleine fue a la droguería y volvió
a comprar arsénico. Madeleine iba con una amiga, Mary Buchanan,
cuando realizó su última compra. Ulteriormente, Mary
testificaría que Madeleine le había dicho que iba
a usarlo para matar unas ratas. L'Angelier se estaba recuperando
de su reciente enfermedad fuera de la ciudad. Tras recibir una carta
de Madeleine volvió a la ciudad.
Esa misma noche, el 22 de marzo, L'Angelier salió y volvió
a su casa con dolores abdominales. Hacia las 11 de la mañana
del día siguiente, estaba muerto. Según los resultados
de la autopsia falleció por envenenamiento con arsénico.
Madeleine se convirtió rápidamente en sospechosa.
Fue sometida a juicio, y como se citaron todas sus cartas, el juicio
se convirtió en la noticia más sensacional del día.Y,
como además había comprado abiertamente el veneno,
y L'Angelier le había dicho a su casera que siempre se sentía
mal justo después de tomarse unos bombones que le daba Madeleine,
las cosas se pusieron feas para la joven y bella acusada.
Pero había un problema. Nadie podía probar, sin que
quedaran dudas razonables, que Madeleine y L'Angelier estuvieron
juntos justo antes de que él enfermera.
Un
estudiante de criminología muy astuto comentó una
vez que nunca se les vio en público por razones bien distintas.
Fuera por lo que fuera, la carga de la prueba incumbe a la fiscalía,
y no se puede envenenar a nadie sin verlo.
Por mucho que la fiscalía lo intentó, no pudo probar
en absoluto ese punto fundamental.
A los escoceses se les conoce por la típica falda y por la
tela escocesa, y también por un veredicto curioso: "No
probado", que traducido en pocas palabras quiere decir "todos
sabemos que lo hiciste pero no podemos probarlo".
Ese fue precisamente el veredicto del jurado en el caso de Madeleine
Smith. Su hermano la sacó cogida del brazo y con los vítores
de la sala de juicio resonando en sus oídos, Madeleine salió
del tribunal y cayó en el olvido.
Se casó dos veces. Murió a los 92 años y, hasta
el final de sus días, siguió declarándose inocente.
l
|