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Tomo prestado el título de uno de
los infalibles manifiestos cinematográficos de Pedro Almodóvar,
el creador manchego que el mundo paródico y liberal ensalza
como predilecto, para enredarme en un laberinto de emociones
que tiene que ver con mis recuerdos de infancia, mis primarias entrañas
y mi particular composición genética.
Todos los días de mi vida, con el pensamiento
concreto o la asociación inconsciente y volátil, recuerdo
a mi mamá. A veces me parece que la recuerdo el día
entero. Pienso, en ocasiones, que mi humanidad es la transmutación
de una forma suya de ver el futuro, y me divierto suponiendo que
sus ideas, inagotables y prolíferas, conviven con las mías
como materia prima para mis acciones. Sus nociones acerca de la
vida me han influido desde siempre, e intuyo con la mente y el cuerpo
cómo esta conexión embrionaria sobrevivirá
el hartazgo a mí misma, a mis desilusiones espasmódicas,
y la misma muerte.
Ella era indivisible, incorruptible y digna
como pocas. Fue una mujer de acero inoxidable, mirada agridulce
y palabras honestas. Su cuerpo era compacto y agraciado, su postura
severa y elegante, sus ojos grandes y almendrados, su nariz, distinguida
y petulante, muy delgados sus labios, casi mezquinos, su cabello
grueso y pesado como el de las mujeres que esquivan los milagros
de los productos de belleza y confían por sobre todas las
cosas en la fuerza y el poder de la naturaleza.
Aunque nunca lloraba con lágrimas en los ojos, su cuerpo
-sin dar lástima- lloraba todo el tiempo desde los pies hasta
el último cabello. La voz que sobrevivió a los nódulos
de su garganta siempre fue grave, más grave que la de ninguna
mujer travestida. Y, sin embargo, su comunicación lograba
ser cálida y lapidaria en idéntica medida. Liberal,
feminista y contestataria a ultranza, nunca dejó de reivindicar
sus derechos y jamás olvidó sus deberes como compañera
solidaria, mujer comprometida y madre combativa. No era cursi, nunca
lo fue, y esto la convirtió en una madre objetiva y asertiva,
aunque jamás pusilánime o benevolente. Luchadora,
correcta, estoica y visionaria, sobrevivió con temple y sentido
del humor a los avatares del exilio, las desilusiones de la lucha
política y a los duelos del abandono romántico: dos
veces se casó y dos veces sufrió el desengaño
del amor. En 1957, con cinco años de edad, murió su
pequeña de ojos claros, bucles dorados y piel canela; y dicen
los mitos de su historia que el grito de dolor que escupió
su garganta cuando le dieron la noticia del fallecimiento de Lucía
la dejó para siempre con lesiones severas en la voz, por
no hablar del corazón.
Fue víctima de una violación
y jamás negó ni disfrazó la verdad de los hechos
que la convirtieron en protagonista del delito ultrajante: confiaba
en la denuncia y en la palabra como arma a favor de los abusados
y en contra de la perpetuidad de los delitos. Con su inteligencia
soberbia, inclemente y animal, Tecla -así se llamaba- sabía
que el silencio sólo favorece a los victimarios y que la
vergüenza convierte a las víctimas en cómplices
de las hipocresías sociales, por eso se sobreponía
al pudor y problematizaba sus desventuras sin complejos. Ella siempre
actuaba en concordancia con sus ideas, quizás sufrió
mucho por ello.
Antirracista, izquierdista, idealista, tremendista,
detallista y perfeccionista, era puro corazón. Su estilo
no correspondía al de los estereotipados modelos de la simpatía
y el cariño. A simple vista parecía dura, arisca e
hipercrítica. Y lo era. Pero también era noble, bondadosa,
generosa y solidaria.
Ella será siempre la inspiración,
la certeza, el modelo y el parámetro a seguir por mi fiel
intuición. Su recuerdo es el antecedente más importante
de mis luchas cotidianas y, aunque siempre estuvo a mi disposición,
defendió a capa y espada su derecho a ser individual, única,
indómita y a disfrutar sus propios espacios.
Creo que poquísimas personas logran
darse el gusto de descubrir todo de los demás. Y como todas
las mujeres de sangre roja, mi mamá se equivocó, se
traicionó, se desplomó y guardó muchos secretos.
Por eso, aunque nos hemos amado mucho, las certezas que tengo acerca
de su obra y su historia nunca han sido suficientes.
Cada día de mi vida, aun con algún
trauma de infancia a cuestas (nadie se salva) y las imposibles complejidades
de mi propio carácter en franca mutación, presiento
que a pesar del inmenso amor que le tengo a su sombra y a su recuerdo,
ignoro la mitad de las cosas que debería saber sobre Tecla.
Y es que nadie nunca sabe todo sobre su madre. l
tofano@hotmail.com
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