| Huellas en la arena
Los rumores indicaban que las “Schulze
de yeso” guardaban joyas y dinero en el lugar . Max
Haines
A
fines del siglo pasado, hubo un pequeño y antiguo edificio
de departamentos en la 35 Koniggratzer Strasse, en Berlín,
Alemania. El edificio era propiedad de la viuda Ursula Schulze,
quien ocupaba un piso alto con su hija soltera de 52 años,
Helga. Ursula tenía 72 años.
El difunto Herr Schulze había hecho
su cómoda fortuna en el mundo del yeso, habiendo sido dueño
de una cantera en Sperenberg, antes de morir por causas naturales.
A partir de ese momento, sus herederas fueron conocidas como las
Schulze de yeso.
Eran una dupla extraña. Ambas mujeres
sospechaban hasta de sus sombras y raramente dejaban que alguien
entrara en su apartamento, con excepción de algunos pocos
hombres de negocios en quienes confiaban. Los rumores indicaban
que las Schulze guardaban joyas y dinero en una de las capas de
yeso, en su casa.
El primer piso del edificio estaba ocupado
por dos empresarios. Herr Heinz era dueño de un próspero
pozo de agua y prestaba poca atención a las propietarias,
excepto al final de cada mes cuando Frau Schulze aparecía
en el bar con su palma estirada para recoger la renta mensual.
La otra tienda estaba vacante, pero recientemente
había sido rentada por J. Gonczy y Co. y se abriría
en unos pocos días.
Durante esos brillantes días de verano
de agosto, Josef Gonczy, de 45 años, y su esposa Rachel se
paseaban por su elegante tienda de zapatos, apilando cajas. Cualquiera
que pasara por el establecimiento podía ver que sólo
se ofrecía mercadería de clase. Su molesto y pequeño
pomeranian de color amarillento y blanco, Butzy, generalmente ladraba
a los pies de su ama.
Así lucían las cosas, pero en
realidad el escenario olía a podrido. Herr Gonczy y su mujer
Rachel rentaban el lugar con el objetivo expreso de asesinar a las
reinas del yeso y saquear su apartamento.
No fue difícil. Gonczy convenció
a las Schulze para que entraran en la tienda y las golpeó
desde atrás con un instrumento desafilado, quedándose
él y su mujer Rachel con el departamento a su disposición.
Siempre me ha fascinado como, frecuentemente,
lo inesperado ha interferido con los mejores planes hechos por los
asesinos. Ocurrió, justo cuando las Schulze cayeron al piso.
Afuera de la tienda, un carro depositó una gran cantidad
de arena en la acera. Un policía le gritó a Gonczy
y le explicó que quería que retirara la arena inmediatamente.
Herr Gonczy se mantuvo tranquilo. Le aseguró
al policía que la arena, la cual había sido comprada
para construir una bodega, sería retirada a la brevedad.
Dos trabajadores palearon la arena y la depositaron en el sótano
de la tienda a través de una ventana abierta.
El mismo día, Gonczy usó la
arena para cubrir dos baúles. Dentro de los baúles
estaban los cuerpos de las Schulze. El deshecho de los cuerpos les
dio a los Gonczy el tiempo y la oportunidad para saquear el apartamento
de las mujeres. Fue una desilusión total. En vez de la fortuna
esperada, encontraron sólo unas pocas piezas de joyería
y algo de dinero.
Otros inquilinos se dieron cuenta de que los
Gonczy estaban entrando y saliendo de la casa de las Schulze. El
confiado Josef Gonczy les dijo que las Schulze se habían
ido a París de viaje y les habían pedido que cuidaran
el apartamento. Algunas cejas se elevaron con duda. Era muy bien
sabido que las dos mujeres ni siquiera confiaban la una en la otra.
En la semana, los inquisitivos vecinos hicieron preguntas que los
Gonczy respondieron a la brevedad.
Luego, dos días después de los
asesinatos, el banquero de las Schulze hizo preguntas, comenzó
a sospechar y llamó a la policía.
La policía tiró abajo la puerta
del apartamento de las Schulze. El lugar entero era un caos. Alguien
había revisado cada lugar y cada rincón y lo había
dejado hecho un desastre. Próxima en la lista estaba la firma
de J. Gonczy y Co. Una vez más, fue necesario entrar a la
fuerza. Dentro, la policía encontró cajas de zapatos
vacías apiladas del techo al piso.
En el sótano, sin embargo, en un rincón
oscuro, los investigadores hallaron una gran pila de arena. Una
vez que comenzaron a cavar, encontraron los dos baúles. Dentro,
las Schulze de yeso.
No tomó mucho tiempo para que descubrieran
que los Gonczy habían simulado ser dueños de la tienda
para asesinar y robar a la viuda y a su hija. A esta altura, Rachel
y Josef Gonczy y Butzy estaban fuera de la escena.
Un chequeo del pasado de Josef reveló
que había sido un zapatero que había pasado de una
profesión honorable a, de vez en cuando, formar parte de
robos y otros esfuerzos nefastos que ocasionalmente pagaban mejor
que reemplazar un tacón gastado. Una vez en Viena, Josef
había estado en prisión durante cuatro años
debido a un negocio que le había salido mal.
Tuvo lugar una búsqueda intensiva a
través del mundo para localizar a los fugitivos. Las descripciones
de Josef, Rachel y Butzi fueron reproducidas en 18 idiomas. Los
carteles eran distribuidos en consulados alemanes y otras organizaciones
internacionales.
Uno de esos afiches fue visto por un empleado
consular austríaco en Rio de Janeiro. Las descripciones y
las fotografías le recordaban a unos conocidos, los Foenze.
El empleado no estaba seguro. Habían pasado dos años
desde el asesinato doble. La mujer en el cartel tenía el
pelo diferente que Frau Foenze, pero el empleado no podía
despejar sus sospechas. Los Foenze tenían un pomeranian amarillento
al que llamaban Max.
El
empleado habló con su superior, quien a cambio contactó
a la policía brasileña. Juntos, con el empleado austríaco,
buscaron a los Foenze. Habían organizado un plan simple para
identificar si eran los que estaban buscando. Ni bien la puerta
de los Foenze se abriera, el empleado le diría al pomeranian
“¡Ven Butzy!”. Y así fue, el traidor de
Max movió su cola y fue hasta el empleado.
Los Gonczy fueron enviados de vuelta a Berlín
para enfrentar juicio por asesinato. Protestando por su inocencia
desde el estrado de los testigos, Josef intentó cambiar la
culpabilidad. Aseguró que los dos trabajadores que estaban
cargando la arena para las reparaciones del edificio eran los asesinos
verdaderos. Cuando aparecieron en la corte con pruebas irrefutables
demostrando que estaban en otros lugares el día del asesinato,
Gonczy miró a Herr Heinz, el propietario del pozo de agua.
Nada funcionó.
Josef Gonczy fue hallado culpable y fue ejecutado,
protestando por su inocencia hasta el final. Rachel fue sentenciada
a 10 años en prisión por su parte en los asesinatos.
A través del juicio y hasta el día de la ejecución,
Josef Gonczy no mostró arrepentimiento por quitarles la vida
a las dos mujeres. De todas formas, preguntaba seguido por Butzy
quien había quedado en Brasil a cargo de dos extraños.
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Ilustraciones: David Márquez
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