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¿Demasiado CONSENTIDO?
Una de las mayores dificultades al educar a un hijo es encontrar el equilibrio justo entre mimarle y consentirle. Por eso, por ejemplo, un día se cede ante las insistencias del pequeño de tres años ("bueno, te dejo ver un rato más la tele...") e inmediatamente después surge la duda de si se debió haber mantenido firme la negativa inicial. O, en otra ocasión, no se cambia de criterio ("he dicho que no te compro nada") y, luego, al recordar lo bueno que ha sido en el médico, cabe la pregunta de si se merecía un premio. ¿Cuál es la actitud adecuada? ¿Cómo saber cuándo se está pasando la raya de los mimos para entrar en la zona de los caprichos? ¿Y cómo actuar si el niño está empezando a ser un consentido?
Una diferencia sutil... Pero esencial
Se debe partir de una idea inicial: a un bebé menor de un año es imposible mimarle en exceso; que su madre atienda todas sus necesidades al momento es justo lo que necesita a esa edad y es lo que le dará una base de seguridad para el resto de su vida. Gracias a ello aprende que él importa y que se tienen en cuenta sus deseos.
Sin embargo, a partir, aproximadamente, de su primer cumpleaños, las cosas cambian. El bebé es ya una personita autónoma que tiene su propia voz y voto, y aunque sigue necesitando que se le mime mucho en el buen sentido de la palabra (abrazándole, besándole, dándole amapuches, alabándole cada vez que intente algo...), ya no es bueno satisfacer al instante todas sus demandas.
A medida que crece, el niño debe ir aprendiendo a esperar y también a hacer cada vez más cosas sin ayuda, superando él solo los obstáculos (coger un juguete que está lejos, subirse al tobogán, vestirse...). Si se le sigue haciendo todo por él, o si se le deja intentarlo, pero en cuanto encuentra una dificultad inmediatamente se le ayuda, lo único que se consigue es sobreprotegerle. Y como consecuencia, el pequeño vive menos experiencias, tiene menos seguridad de actuación (le falta práctica) y posee menos confianza en sus propias cualidades y menos valor para afrontar lo nuevo.
En realidad, mimar en exceso a un hijo no es tanto sobrecargarle de juguetes y objetos materiales (como a veces se supone), sino, más bien, no enseñarle a respetar los límites, a ponerse en el lugar del otro, a entretenerse solo, a controlarse y a entender que no puede conseguirlo todo. Este aprendizaje se consigue día a día y en ocasiones es duro: para el niño, porque le exige esforzarse y renunciar a cosas que le apetecen, y para los padres, porque sufren cuando le ven pasarlo mal. Pero si no se hace para ahorrarle disgustos, lo que ocurre, a la larga, es que recibe menos en vez de más: menos confrontación con sus padres, menos roce con ellos y menos experiencia vital.
Para el desarrollo cerebral es necesario que el pequeño, pasado el primer año, viva experiencias de frustración. Como demuestran los estudios del neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, el niño que no ha aprendido a retrasar la satisfacción de sus deseos vive sometido al instante, al momento presente, porque no sabe utilizar el lóbulo prefrontal de su cerebro; y esto le predispone a la infelicidad. Y al contrario: el niño que ha conocido tanto la alegría y el apoyo como la frustración y la tristeza tiene el cerebro "abierto" y está bien preparado para afrontar la vida.
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Mimar sin consentir
Pero ¿cómo conseguir ese equilibrio? La clave está en conocer qué necesita el pequeño a cada edad y qué límites debe tener:
1-2 años. A partir de un año (y en los bebés espabilados, en torno a los nueve meses) ya es necesario ir introduciendo algún "no" en la vida del pequeño. No se la pondrá fácil a los padres: ahora que su personalidad está empezando a perfilarse, comienza a sacar su genio y ante una prohibición o una orden se resiste con toda su alma y contesta siempre con un rotundo "no". Que lo haga no es mala señal, al contrario: indica que está independizándose (entre los 18 y los 36 meses está en plena fase del descubrimiento del yo y necesita rebelarse contra sus padres para afianzar su identidad). Pero además, demuestra también que se siente seguro, porque los niños sin un vínculo seguro no se atreven a rebelarse.
Cuando el niño reacciona de este modo lo mejor es no esquivar la situación, sino afrontarla con firmeza y mano izquierda, sin alterarse ("cariño, ya sé que no te provoca acostarte, pero tu osito tiene sueño y quiere dormir contigo").
2-4 años. A esta edad el niño siente que el mundo gira en torno a su persona; es la etapa del egocentrismo y el pequeño lo quiere todo para él... y al momento. A los padres les corresponde ponerle límites, que resultan necesarios porque le dan seguridad. Lo mejor es explicarle qué está permitido y qué no (conviene acordar las normas en la pareja y revisarlas cada dos o tres meses para ir adaptándolas al desarrollo del pequeño) y mantenerse firme en los "noes". Si ante una negativa o una orden, él llama nuestra atención con enfado, lloriqueos, gritos... la mejor respuesta es ignorarle hasta que cambie de actitud (eso sí, cuando lo haga y pida perdón es muy importante abrazarle y besarle, para que comprenda que ése es el comportamiento que esperamos de él).

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4-5 años. El niño ya es capaz
de esperar su turno, pasar por momentos de frustración y
esforzarse para conseguir algo.
Sabe ya expresarse bien ("quiero
un camión como el de Juan") y negociar. Aun así, no hay que
buscar siempre el consenso ni razonarlo todo con él. Los simples "noes", en las cosas innegociables, siguen siendo importantes.
Y que aprenda buenas normas
desde ahora es el mejor punto
de partida para su futuro.
Las causas del problema
Pero no siempre es fácil evitar los mimos excesivos que dan como resultado un pequeño consentido. Aunque las razones que pueden hacer caer a los padres en este
error son muy distintas y dependen
de cada individualidad, en
general se puede hablar d
e cuatro motivos:
Un amor mal entendido. Cuando se tiene un hijo se descubre una forma de querer que se desconoce hasta entonces y todo parece poco con tal de hacerle feliz. Es un sentimiento lógico y positivo, siempre que no lleve a intentar evitar cualquier frustración al pequeño. Éste es un error habitual en padres primerizos; cuando se tiene un segundo hijo se adquiere mayor perspectiva y una visión más realista y se comprende que la mejor muestra de amor es ponerle desde pequeño unos límites que le ayuden a convertirse en un adulto seguro y confiado.
Normas poco definidas. El problema también puede surgir si no se tiene claro
qué quiere enseñársele al niño (o no existe acuerdo con la pareja en este punto) y no
se es consecuente con las normas. Como resultado, el niño se sale siempre con
la suya.
Falta de constancia. Poner límites a un niño no es grato ni fácil. Ninguno los acepta sin protestas, y conseguir que lo haga requiere paciencia e insistencia. Si para evitar la confrontación se le consiente lo que quiere ("sólo por esta vez") y se deja la enseñanza de la norma para la siguiente ocasión, el resultado es que ésta nunca se presenta y lo que persiste es un esquema ya establecido de conductas inadecuadas.
Sentimientos de culpabilidad. Son más poderosos de lo que se suele pensar. Una situación de divorcio o de problemas dentro de la pareja, puestos de trabajo que obligan a pasar mucho tiempo fuera de casa y hacen que no se quiera "estropear" con discusiones el poco rato que se pasa con los hijos... Son situaciones difíciles y pueden conducir al error de intentar rellenar ciertas lagunas con excesivos mimos y caprichos.
Sea cual sea la causa que provoque el problema, el resultado es el mismo: un niño inseguro e infeliz y unos padres agobiados. Y es que a mediano y a largo plazo, la vida con un pequeño consentido acaba suponiendo un gran estrés. Los padres se sienten frustrados e impotentes y terminan tirando la toalla y dejando que el hijo haga lo que quiera, o respondiendo a la situación con rabia y con gritos. Pero estas actitudes, lejos de mejorar el problema, lo empeoran. Además, los conflictos no se limitan al ámbito familiar, se extienden al escolar, ya que el pequeño no es popular entre sus compañeros ni entre sus profesores.
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Cambiar el rumbo
Cuando se ha llegado a este punto, es esencial analizar qué ha llevado hasta él, hablar seriamente con la pareja y proponerse cambiar el rumbo. El niño mimado se comporta como tal porque sus conductas negativas han sido reforzadas, así que el secreto para cambiar su actitud consiste
en ir reforzando las conductas positivas
e ignorando las malas. Poco a poco el pequeño irá tomando conciencia de los límites y adquiriendo más seguridad.
Así se irá convirtiendo en un niño seguro, acostumbrado a recibir y dar cariño...
y preparado para enfrentarse al futuro.
Es posible dar
marcha atrás

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Existen tres pautas muy eficaces que se pueden aplicar cuando un niño ya se ha convertido en un consentido. Pero al hacerlo es esencial mantenerse firmes: a ningún niño le gusta que endurezcan las normas, así que lo más habitual es que ponga a prueba a sus padres con rabietas o haciéndose la víctima ("como ya no me quieres"). Si se mantiene la autoridad sin ceder, el niño comprenderá que la situación ha cambiado realmente. Y será entonces cuando empiece el verdadero cambio en él.
• Acostumbrarle a esperar para conseguir lo que quiere. La siguiente ocasión en la que llame a un padre, éste le responderá que irá... pero dentro de un rato. "Cariño, cuando termine lo que estoy leyendo podré atenderte". Hay que ir ampliando poco a poco este tiempo hasta que consiga ser capaz de esperar varios minutos.
• Ir introduciendo "noes" en su vida de forma gradual. Conviene decidir en la pareja unas cuantas negativas e ir imponiéndoselas una a una, con cariño, pero con firmeza: "No, en esta casa no se salta en el sofá. Puedes hacerlo en el suelo". Si el niño no hace caso, hay que aplicar el método de la pausa obligada: llevarle a su habitación o al pasillo y dejarle allí un minuto por cada año de edad del pequeño.
• Animarle a hacer cosas solo y a intentar nuevos retos. Vestirse, lavarse la cara, hacer un rompecabezas. Si no lo consigue a la primera (o si ni siquiera lo intenta), lo mejor es decirle que en esta ocasión no se le ayudará, porque él es capaz de hacerlo muy bien solo. Cuando lo consiga, hay que elogiarle muchísimo.
El perfil de un niño consentido
Las características típicas no se dan exactamente igual en cada pequeño (en ello también influye el carácter), pero sí se pueden señalar algunas muy claras. Si un niño mayor de 30 meses cumple más de cinco de las siguientes afirmaciones, conviene analizar el porqué de esta situación para intentar variar las directrices educativas:
• Llora muy a menudo y con llantos excesivos para acaparar la atención de los adultos.
• Está constantemente pidiendo cosas y exigiendo ayuda.
• Lo pide todo mediante lloriqueos y quejas.
• Aunque sus demandas sean satisfechas, no permanece contento demasiado tiempo.
• No es capaz de entretenerse solo, necesita siempre dedicación.
• Se enfada ante cualquier "no" con mucha facilidad. No se conforma con una prohibición.
• Logra salirse con la suya la mayoría de las veces.
• Es exigente, destructivo y se frustra con mucha facilidad.
• Sus padres suelen quejarse de que con frecuencia provoca en ellos una sensación de impotencia.
• Le cuesta llevarse bien con los demás (a partir de los cuatro años).
Permanezca atento
Es fácil mantener conductas que llevan a consentir demasiado a los hijos. Lo primero que se debe entender es que decirles no o ponerles límites no significa, en modo alguno, que se les quiere menos. No es fácil, sobre todo cuando se es padre primerizo y la sensación que abruma es la de querer darles todo para hacerles felices. De igual manera, tanto el padre como la madre deben ponerse de acuerdo en cuanto a las normas que se les impartirán a los hijos. Hay que ser constantes en la aplicación de las mismas, lo que no significa que no cambien a medida que los niños crecen.
Que sea feliz
El neuropsiquiatra Boris Cyrulnik ha demostrado en sus estudios que el niño que no aprende a retrasar la satisfacción de sus deseos vive sometido al instante, al momento presente, porque no sabe utilizar el lóbulo frontal de su cerebro, lo que le predispone a la infelicidad. En otras palabras, para el desarrollo cerebral es necesario que el pequeño, pasado el primer año de vida, viva experiencias de frustración. Quien ha conocido tanto la alegría como la frustración y la tristeza está mejor preparado para afrontar la vida.
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