TENDENCIAS
PROTAGONISTAS
-

A Indiana no le pasan los años

-

El monitor

-

Preguntas a ...

LA CARACAS DE...
-

Roland Carreño

MODA
-

Mejor fragancia

GASTRONOMÍA
- Oporto de leyenda
ENCUENTROS
- Chino y Nacho
En busca del
crossover
- Fama y privacidad:
Juego perverso
- Katherine Heigl.
La chica del momento
- Cerro Autana
Una experiencia
religiosa
VIVIR MEJOR
SALUD
- Algunos días
son realmente difíciles
FAMILIA
- ¿Demasiado
consentido?
BELLEZA
- Operación
camuflaje
COCINA
- Cocinando
con guayaba
MASCOTAS
-

Inteligencia
para compartir

PUNTO Y APARTE
CRIMENES
HOROSCOPO
HUMOR
MENTE Y ESPÍRITU
CRUCIGRAMA
ARCHIVO
CONTACTENOS
 
 
 
 

CERRO AUTANA
Una experiencia religiosa

Sembrado en el Amazonas, con unas formas y dimensiones difíciles
de creer, su presencia es misteriosa, mágica, casi redentora, quizá
por ello los piaroa creen que se trata del "Árbol sagrado".

Texto y fotos: Johan M. Ramírez

Cruzando cuatro ríos imponentes, atravesando
la selva, y penetrando el corazón del Amazonas
se encuentra la majestuosidad hecha montaña:
un cerro gigantesco, irreverente por su forma, impresionante por su belleza, monumento
natural desde 1979, y fundamento religioso
de los piaroa. Mirarlo un segundo es suficiente para entender por qué estos indígenas creen
que de allí, del Autana, se alimentó la
humanidad durante muchos años después
de la Creación. Claro, se trata, para ellos,
del "Árbol de la vida".

Navegar el Orinoco
El viaje hasta su encuentro comienza en
el Puerto Samariapo, a unos sesenta kilómetros
de Puerto Ayacucho. Allí, en unas aguas viscosas por el aceite de los motores, espera un bongo listo para partir. El Puerto, como buena parte del estado Amazonas, muestra una imagen pobre, una suerte de abandono inaceptable para una región en la que las riquezas minerales palpitan en casi todas sus montañas.

Apenas navegamos un cuarto de hora, y ya nos encontramos con el Orinoco, una masa de agua tan amplia que a veces luce como el mar. Es una delicia hacer este tramo sobre el río más importante del país y el segundo más grande del continente.
Pasamos frente a la Isla Ratón, y Aldo, uno de los guías de Akanan, señala una montaña muy cercana y apunta: "Esa es Colombia". Seguimos el trayecto y casi una hora después empalmamos el río Sipapo, el tercero de nuestra aventura. Es asombrosa la marcada diferencia de colores entre ambos ríos. El Orinoco es marrón, mientras el Sipapo es negro, como el té. Sus aguas se juntan, pero jamás se unen, y uno, literalmente, pasa de un río a otro, como si dejara un camino de tierra y entrara a uno asfaltado.

De cabeza en el agua
Llegamos, por fin, al Raudal de Caldero, un remanso en el Sipapo. Allí, mientras Aldo freía un pescado y cocía un arroz, nosotros tomamos un refrescante baño y admiramos la extraña geografía del lugar, con rocas tan grandes como casas de dos pisos.

Luego del almuerzo y de un breve descanso, subimos de nuevo al bongo y navegamos hasta Boca de Autana, una pequeña comunidad ubicada frente al comienzo del río Autana, aguas que nos llevarían, a la mañana siguiente, hasta la presencia mística del "Árbol sagrado".

Cita emocionante
Dormimos en un campamento con hamacas y mosquiteros. La selva es misteriosa por las noches, oscura a más no poder, y con un festival sinfónico de grillos y ranas que no termina hasta el amanecer. Pocas noches en una hamaca podrían ser tan placenteras como aquella, a la orilla de un río en el medio de la selva.

A la mañana siguiente, tras el desayuno, remontamos el río Autana con la expectativa de observar, en cualquier momento, la inmensidad del cerro que buscábamos.
La emoción crecía en cada curva del río, pero, para nuestro pesar, Alberto, el motorista y piaroa nacido en el lugar, nos indicó, tras una hora de navegación, que ya a esa altura del trayecto debíamos contemplar la montaña; sin embargo, una espesa niebla lo impedía.

Una aparente decepción nos embargó cuando llegamos al Raudal de Ceguera, comunidad ubicada frente al Autana y donde pasaríamos un par de días. Allí, en lugar de la grandeza del cerro, estaba la espesa neblina que todo lo cubría.


"...Y allí estaba, ante nuestros ojos... el pulmón del mundo intacto, verde, inmóvil, hermoso... En frente, el huichú parecía un pedazo de Machu Picchu"

¡Por fin!
Así almorzamos, saliendo fuera del campamento
a cada minuto con la esperanza de que el día
se despejara. Cerca de
las cuatro, ya cansados
de mirar el horizonte blanco, Alberto nos llevó
al Raudal La Pereza, muy cerca de La Ceguera.
Allí confluye el agua en
un conjunto de piedras lisas y empinadas, como un peligroso tobogán.

De pronto, el Huichú, un cerro asombrosamente hermoso, apareció perfecto, limpio, verde.
Sin duda, si esta montaña no tuviera al Autana como vecino, sería un destino turístico por excelencia.

En esas estábamos cuando el Urípica, una pequeña montaña que adorna el paisaje, también se dejó ver.

Así, pues, mientras admirábamos La Pereza y las dos montañas que apenas acababan de despejarse, algo "milagroso" comenzó a ocurrir: el Sol parecía apuñalar las nubes, y sus rayos empezaron a iluminar la selva. La neblina restante, que ahora sólo cubría al "Árbol sagrado", empezó a levantarse lentamente.

El día se puso brillante, y aunque la niebla ascendía, el cerro no terminaba de descubrirse. Claro, mide casi un kilómetro y medio de altura.

Finalmente, desde La Pereza vimos su silueta completa, enorme, evidentemente distante, y con una extraña tonalidad azul.

Entonces regresamos de prisa a La Ceguera, desde donde mejor se observa la montaña. Una vez fuera del bongo, a orillas del raudal, vimos por fin la cara del Autana: un espectáculo imponente.

Era tanta la admiración que permanecimos frente al cerro aún mucho después de que se ocultara el Sol, y sólo desistimos cuando la oscuridad se impuso a la capacidad de nuestra vista.


Arriba: Adentrarse en la selva para, finalmente, encontrarse frente a la majestuosidad del Autana, constituye una mágica experiencia... es como un viaje a través del tiempo que remonta a los orígenes
Abajo: Un descanso en el Raudal La Pereza

 

Cara a cara
Pasamos aquella noche protegidos por una choza, a orillas del Río. Afuera, las estrellas hacían una fiesta en el cielo. Sin embargo, a la mañana siguiente, el clima parecía empeñado en arruinar nuestro viaje. Aunque la madrugada fue muy limpia, el día se levantó nublado de nuevo. Al cabo de unas horas, si las condiciones del tiempo lo permitían, ascenderíamos el Urípica para mirar a plenitud al "Árbol de la vida".

Apenas las nubes comenzaron a desaparecer, emprendimos nuestro camino. Debíamos subir una montaña de cuatrocientos metros, desde cuya cima apreciaríamos gran parte del Amazonas y al espléndido Autana. Aunque el Urípica lucía inofensivo, jamás podría justificar tan bien la recompensa que ofrece a los turistas tras su ascenso. Tanto la ruta de subida, como la de bajada, son realmente exigentes.

Son dos horas a buen ritmo, parándose un par de veces a descansar cinco minutos y a tomar agua. Nos acompañaron Alberto -motorista de Akanan-, Hortilio, piaroa de unos sesenta y tantos años, y Dionisios, su nieto de nueve años quien, para colmo de humillaciones, hizo el recorrido en short y descalzo.

En el medio de la selva
El ascenso es agotador, pero emocionante por la expectativa de llegar a la cima. Caminamos, literalmente, a través de la selva. Hortilio parecía seguir una ruta guiado por la intuición, pues rara vez el trayecto se abre en un camino claramente visible. Uno anda sobre montones de hojas secas, raíces enormes, troncos caídos e intimidantes telas de araña bien elaboradas en los huecos de los árboles.

Finalmente llegamos a un primer mirador, y allí estaba, ante nuestros ojos, la espesura de la selva. Era el Amazonas extendido en la inmensidad, el pulmón del mundo intacto, verde, inmóvil, hermoso. Había un silencio absoluto, una paz monumental. En frente, el Huichú parecía un pedazo de Machu Picchu.

La selva era cortada sólo por el caudal del río. La vista era conmovedora. Pero ese no era precisamente el atractivo de la caminata. Había más. Subimos una última pared, la más vertical de la montaña, y entonces emergió el Autana, gigante, exageradamente grande, y coronado con una larga nube que no permitía mirarle la cima.

Ver el Autana es una experiencia casi religiosa, es un momento para reflexionar, para respirar al país, para intoxicarse de vida, de aire limpio, para alimentar el ego patrio, y para comprobar, sin necesidad de argumentos, que más allá de nuestros problemas, nuestra crisis de valores, nuestros políticos y politiqueros, Venezuela es, sin discusión, el país más hermoso del planeta.

Coordenadas
Akanan Travel & Adventure Puede contactarle a través del (0212) 715.5433 / 264.2769 y 266.8663. Para mayor información sobre el viaje, la agencia, u otros destinos, escriba a akanantours@akanan.com o visite www.akanan.com.

Glosario de términos

•Repelente. Los mosquitos abundan en el lugar. Lo mejor es uno líquido, y aplicárselo varias veces al día.

•Para ducharse. Debe saber que durante todo el viaje no podrá bañarse bajo una regadera, como normalmente se hace en las ciudades. El río es el lugar para el aseo, por lo que debe llevar champú y jabón no contaminante. Esto es muy importante.

•Ropa. Se recomienda empacar franelas o camisas de manga larga, monos o pantalones cómodos, y un par de shorts para bañarse. Tampoco olvide una gorra, lentes (si lo desea), y unos zapatos aptos para subir la montaña. Los zapatos playeros son una buena opción para entrar a los ríos con mayor confianza, ya que son oscuros y es muy difícil ver el fondo.

•Comunicación. Mucho antes de llegar al Puerto Samariapo, donde comienza la navegación, los teléfonos celulares pierden la cobertura, y no la recobran hasta que usted regrese, a pocos kilómetros de Puerto Ayacucho. Es importante que tome las previsiones necesarias.

•Pernocta. Durante las noches los viajeros duermen en cómodas hamacas con mosquitero, las cuales se cuelgan en típicas chozas de la zona.

•En la montaña. Durante el ascenso al Urípica, en ningún momento se separe del grupo, pues es muy fácil extraviarse. La selva podría hacerle pasar un mal rato. La caminata, en todo caso, es opcional. Si usted no desea realizarla, puede quedarse en el campamento e igualmente admirará el Autana desde allí.

 

Ver también en Encuentros:
- Chino y Nacho. En busca del crossover

- Fama y privacidad: juego perverso
- Katherine Heigl. La chica del momento


 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso