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¿Cómo se llamará esa mujer?
Mónica Montañes

¿Cómo se llamará esa mujer que ya no mira al cielo desde una camilla? Es preciosa esa mujer a la que no le sabemos el nombre y que trasladan a un lugar que a ella ya no le importa.
Antes de que le tomaran la foto que hoy me llega por Internet, esa mujer preciosa a la que no podemos nombrar tenía unos sueños. Unos sueños pequeñitos, que parecían factibles. Soñaba con sus dos hijos creciendo sanos, fuertes, hermosos como ella. Soñaba con verlos un día graduados de algo, enamorados de una mujer bonita como ella. Los soñó trabajadores como su marido, padres orgullosos de unos hijos tan bonitos como los de ella. A esa mujer a la que no le conocemos el nombre, preciosa, le gustaban cosas pequeñas, factibles. Le gustaba hacer el amor con su marido, llevar a sus niños al parque y verlos correr y reírse duro, ver a su familia comerse con apetito las cosas que ella tan bien sabía preparar, tomarse un té con sus hermanas, chismear con las vecinas, ver a sus hijos salir para la escuela con la ropa planchadita y limpiecita, comer dulces bañados en miel. Sigue siendo preciosa la mujer a la que no podemos nombrar porque entre el montón de datos que acompañan la foto que hoy me llega por Internet no viene su nombre. Sigue siendo preciosa pero ya no sueña sus sueños chiquitos, factibles. Dejó de soñar una noche en que el cielo de su ciudad natal se puso amarillo y un montón de bombas que explotaron en el nombre de la libertad y la democracia le volaron una pierna que a ella ni le duele ni le importa. No le duele ni le importa esa su pierna a esa preciosa mujer a la que no le sabemos el nombre porque esas mismas bombas que venían a salvarla, a hacerla libre, a brindarle la oportunidad de elegir, cegaron para siempre la vida de sus hijos. Por eso está en la foto, por eso navega sin saberlo hoy, en Internet, montada en una camilla que la traslada a un lugar que a ella ya no le importa, como no le importa el dolor que sentiría por la pierna que ya no tiene, porque es demasiado el dolor por los hijos que ya no verá crecer ni enamorarse ni graduarse. No le sabemos el nombre a esta preciosa mujer iraquí que ya no mira el cielo desde la camilla que la traslada no importa adónde, es sólo un numerito más en una pavorosa estadística, resultado de una guerra que pretendía, entre otras cosas, salvarla de un gobernante que ciertamente ella no eligió, como cierto es también que no eligió a los que dicen salvarla, una guerra que no importa si en el momento de salir impreso este artículo ya terminó, porque para ella esa guerra ya no se terminará nunca. No le sabemos el nombre a esa hermosa mujer cuya foto hoy nos llega por Internet y quisiéramos poder llorar su suerte llamándola por el nombre y apellido con el que la llamó su madre cuando la tuvo por primera vez en sus brazos y le soñó un destino tan distinto al de la camilla que no importa adónde la lleve. Quisiéramos poder llamarla por su nombre y repetir ese nombre mil veces, millones de veces, todas las veces que fuera necesario para que nunca a nadie se le olvide el horror y el absurdo de una guerra, de ninguna guerra en el nombre de nada ni de nadie, para que ya no hubiera excusas ni dinero suficiente capaz de hacernos olvidar el nombre lleno de sueños de esa preciosa mujer que ya no sueña ni mira al cielo desde la camilla donde la trasladan a un lugar que ya no importa y cuya foto sin nombre hoy nos llega por Internet.

 
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