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Una mañana tranquila y limpia, bañada
de esa luz caraqueña que ha sido recién aseada por
la lluvia de la noche anterior, cual si no tuviera nada que hacer,
me pongo a curucutear en una de las gavetas polvorientas del mueble
en el que mi papá guardaba los casetes que escuchaba los
domingos en la mañana con sus audífonos puestos.
Se sentaba en la vieja y crujiente silla de mimbre y con el paisaje
recortado a sus espaldas escuchaba canciones de ayer y de hoy. Unas
veces movía su cuerpo al son de la música ausente;
otras, llevaba el ritmo golpeando sus piernas con algún objeto
que hubiese encontrado. A las 7:00 de la mañana podía
fácilmente hallarlo uno en ese punto sonoro de la sala, trajeado
con chores holgados y oliendo a café. Por momentos, se atrevía
a corear partes de las canciones y aquella melodía retumbaba
inesperada y graciosa entre el silencio resguardado por imágenes
de santos, bancos de iglesia y reclinatorios, un ambiente litúrgico
-organizado por el afán coleccionista de mamá- que
resultaba irónico al pensar en su nombre de presidente mexicano
que perseguía curas: Plutarco Elías. Pero a esa incongruencia
él nunca le daría importancia, simplemente bailaba,
arrastrando sus pies de la mano de Maelo y Agustín Lara,
del Buena Vista Social Club y Rubén Blades, de Serenata Guayanesa
y del Grupo Vera, del Ensamble Gurrufío y Un solo pueblo.
A medida que la mañana avanzaba, iban
esparciéndose rostros recién levantados por aquellos
espacios, e iba cambiando la dinámica familiar. Ya con todos
despiertos, la música se adueñaba de un hogar que
olía a caraota refrita y a arepa asada. No podían
faltar el queso rayado y el guarapo de piña o papelón
con limón que todos tomábamos apresurados para servirnos
otro vaso. Bien friito para mi papá, eso sí, pónganle
bastante hielo, que a él como le gusta es así. La
bandola y las maracas iban sonando mientras espolvoréabamos
con queso la negrura aromática y en granos que protagonizaba
nuestros domingos. Después, era recoger platos y vasos, al
tiempo que hijos y nietos danzaban alternativamente en parejas y
rondas en torno a nuestro héroe: "Yo no soy de la ciudad,
yo soy del campo y no sé por qué será que gozo
tanto. Que tú dices que soy del campo, no te lo voy a negar,
oye, tú eres de la ciudad, pero yo gozo más.
Era ésa la atmósfera que se vivía
el último día de la semana, cerrando con alegría
y dejando constancia de uno de los fenómenos probablemente
aún no superados por nuestra América Latina: la oposición
campo-ciudad. Quizás también fue ése uno de
los sinos que persiguió a papá, como a tantos otros
caraqueños prestados que, venidos de su añorado campo,
a ver si salían de las condiciones inhóspitas que
había en el medio rural de la primera mitad de nuestro siglo
XX, llegaban a una ciudad donde la esperanza trocaba en realidad,
en algunos casos, y persistía en ilusión, en muchos.
Así se desgranaban las primeras horas
de los domingos, hasta que caíamos en cuenta de que era hora
de almuerzo: una en punto y nada de hambre. Iniciábase, entonces,
el apurado trajín de la parrilla. Comprar aguacates maduros,
yuca, carne y acompañantes. -¡Epa!, ¡que no falte
la morcilla! Una deliciosa bacanal que en poco tiempo se desarrollaría
entre un enjambre de tíos, primos y hermanos que entretejían
risas, saludos y gritos de todos los tamaños y colores. En
la diversidad se fundamentaba la fuerza de nuestra familia. El carbón
que no encendía y el hambre que apretaba. Al fondo, se escuchaba
un canto de pilón del Quinteto Contrapunto que alternaba
con la algarabía, y papá moviendo sus carbones, volteando
la carne, limpiando la ceniza en su rostro. Desde el estadio, cercano
a nuestro apartamento de Bello Monte, se escuchaba la ovación
por un jonrón impulsado por el equipo contrario. ¡Qué
broma, papi! No importa, ya verás la próxima temporada.
Y, al fin, servíamos la carne y comíamos todos en
ávido jolgorio.
Llegada la noche, sobrevenían las despedidas
bajo una lluvia de llantos por parte de los niños que no
querían separarse y de apretados abrazos adultos que habrían
deseado retener el tiempo. A lo lejos, decía Maelo:Sábado,
domingo y lunes, martes, miércoles y jueves, si te vas pa'l
otro mundo, por tu madre, no me lleves. l
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