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  San Benito sin betún
Rosa Elena Pérez

 

Contigo no hay plan que valga, mi San Benito, por eso nos sorprendiste en Timotes anunciándote antes de lo previsto con unas cintas de seda de vibrantes colores que iban apareciendo dispersas a lo largo del hombrillo de la carretera, y que estaban fijadas con alfileres sobre blancas y holgadas ropas de algodón. Grandes y pequeños vestían una indumentaria que presagiaba el sorprendente festín que nos tenías reservado en medio de un viaje que debía seguir el curso marcado por tus maracas.

Nuestro primer encuentro fue al mediodía de un ventiocho de diciembre durante una ceremonia litúrgica que tenía el cariz de lo impuesto, y resignado entre esa bullaranga ociosa conformada por lamentaciones y aleluyas desgastados y el calor sofocante del sol andino, esperabas el genuino rebulicio de tu gente. Bailar, sólo querías bailar. Mientras empezaba la fiesta, retratamos a una parte de tus seguidores ataviados como los indígenas de nuestra América prehispánica: con sus usuales guayucos… más un toque de modernidad dado por flamantes lentes de sol que resbalaban insistentemente a lo largo de narices embetunadas, al tiempo que las tiras multicolores revoloteaban con la brisa ansiando mejores vaivenes. La pequeña iglesia del pueblo, también vestida para la ocasión, mostraba con orgullo flores de papel crepé y cadenetas resplandecientes y brillantes.

Acto seguido, apareciste: intenso, universal y único. Con la expresión inconclusa y una larga capa roja recorriéndote y dándote la prestancia que requiere todo santo bailón. El coqueteo fue irresistible: te llevaría conmigo, en el transcurso de esas andanzas pueblerinas por ríos y valles, por carreteras de frailejones y por lagunas apacibles, enredado en nieblas y vapores para que bendijeras nuestro cierre de año tal y como lo hiciste: con una alegría inesperada. Flores, anís, cruces, rosarios y maracas te circunscriben y un atajo de cabellos de estambre negro bien trenzados era coronado por un aura celestial en la estatuilla que te representa.

Luego nos acercamos a festejarte en Mucuchíes, donde te rodeaban giros, canciones y pólvora. Los vasallos disparando con sus chopos, la gente corriendo enloquecida, los vendedores de mantecadas gritando, los borrachitos anisados tambaleándose. Nada que envidiarle a las Fiestas de San Fermín, aunque la tuya es menos cosmopolita y más pueblerina, por lo tanto, exhibe un rostro más genuino. Esa tarde eran trece comunidades rindiéndote culto a ti, dios casi pagano, entre laderas merideñas. Explotaba la pólvora que durante todo el año fueron recolectando los lugareños y nosotros los visitantes, sorprendidos, nos tapábamos los oídos y temblábamos del susto al conocer fiesta tan ruidosa en parajes acostumbrados al silencio. Tú, inmutable, nos mirabas. Un soldado llevaba en su capa un decorado que nada tenía que ver con nuestra tradición: un quetzal hermosamente bordado que hacía giros de modo incesante. También había rocolas ambulantes, empotradas en carritos de helado reproduciendo el sonido de los violines andinos que acompañaban a los bailadores quienes, palo en mano, llevaban el ritmo con pasos dados a uno y otro lado. Por momentos, algunos de los bailarines, bañados en sudor, hacían cola para comprar churros en esa región de aire transparente, y una vez ingeridos éstos con voracidad se internaban entre niños de tres, cuatro y cinco años que seguían el paso de su danzante líder, moviéndose con entusiasmo bajo un cielo espolvoreado de hollín. Los rostros de los presentes sino estaban embetunados, igualmente se iban oscureciendo bajo la llovizna del polvillo desprendido por las ensordecedoras detonaciones.

Intenté despedirme de ti, pero te viniste conmigo, mi San Benito sin betún, con esa expresión tan tuya, entre áspera e inocente. Todo el tiempo quieres jugar y yo no siempre estoy para eso, sin embargo, me provocas y me arrancas una sonrisa en esos días en que yo no estoy pa' bacilón. Te veo metido en mi cocina, muy cerca del calorcito del fogón, como queriendo hacerme algún plato que me saque de tanta rutina enlatada y desabrida. Por eso es que con gusto cargo con mi sambenito y celebro devotamente la llegada de un nuevo año con tu imagen que me cuida. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
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