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  De cómics o historietas
Rosa Elena Pérez

 

Todos tenemos en nuestra memoria un recodo especialmente destinado a un personaje mítico envuelto en un aura de misterio que de alguna manera nos acompañó calladamente en nuestras fantasías infantiles. En mi caso, ese personaje fue El Fantasma, uno de esos enmascarados siempre rodeado de una atmósfera que languidecía bajo el fuego de antorchas dispuestas a lo largo
de pasillos y galerías, que daban a una amplia recámara donde se descubría la intimidad del protagonista: austera, solitaria y silenciosa, compuesta apenas por una silla en la que de vez en cuando dejaba reposar su atlético cuerpo cubierto de hule y siempre escoltado por la sortija de una calavera en relieve, que parecía entrañar gran parte del enigma que había signado de modo irrevocable su vida.

También viví de personajes como Olafo, a quien su profunda candidez -rayana en la superficialidad- nunca le permitió siquiera avizorar el porqué de esa amargura llevada a cuestas con tanto estoicismo. Su yo, profundamente escapista e infantil, lo mantenía apartado de honduras que supusieran una búsqueda interna de las verdaderas causas de esas frustraciones que lo obligaban a mantenerse alejado el mayor tiempo posible de su entorno afectivo, donde se hallaba una familia que, si bien era pintoresca, en el fondo padecía los embates propios de la ausencia del padre y de la incomunicación e incomprensión entre los miembros del cada vez más disperso núcleo que conformaban. Helga, por ejemplo, vivía obsesionada con el asunto de cocinar suculentos platos destinados a su esposo para ver si así, al menos, lograba sacarle algún estímulo, aunque fuera gutural, que la ayudara a continuar con la monótona vida que llevaba. Astrid, la hija mayor, trasladaba la obsesión de su madre por la actividad culinaria, a la perpetua búsqueda del ser amado con el fin de alcanzar la estereotipada boda. Mientras Hamlet, hijo menor, proseguía la conducta escapista de su padre mediante la asidua lectura que, no obstante, lo salvaba de la monumental ignorancia de su progenitor. Esta última era la única arista benévola de la historia.

Mafalda fue mi ídolo en la adolescencia. La niña irreverente a la que le sobraba conciencia como para regalárserla a sus padres. Ella lograba que me concentrara en la lectura a un punto que podía abstraerme completamente de todo aquel bullicio, bochinche o rebulicio que hubiese a mi alrededor. La camaradería entre aquellos amigos de la cuadra, más la psicología particularísima y emblemática de cada uno, hacía que me enviciara de manera irremediable con aquellas viñetas que encuadraban planteamientos más profundos y de naturaleza diferente a los de mi niñez.

De Quino, pasamos a Rius, Caloi, Bruno Manara y, en un ímpetu regresionista, por estos días ocupo mis ratos de ocio en Calvin y Hobbes, la historieta de un niño que se encuentra en plena fase animista y juega incansablemente con su tigre de peluche. En el primer cuadro, los lectores entramos a la perspectiva de juego de Calvin y nos encontramos al par de amigos haciendo esquí en la nieve cuando, ¡oh, sorpresa!, han chocado contra un árbol, y papá y mamá encuentran a hijo y muñeco en tamaños y condiciones reales -grande y pequeño y animado e inanimado, respectivamente-. ¡Puaff!, qué aburrida es la realidad.

Debo confesar que toda esta afición por las historietas o cómics ha ido desencadenándose mientras yo misma intentaba huir de mí, como quizás hacemos todos. Sin embargo, estoy convencida de que en ese ejercicio de huida también nos buscamos inconcientemente. ¿Cuánto de Olafo tenemos?, ¿cuánto del Fantasma?, ¿y de Helga y Astrid?, ¿cuánto de Mafalda y Calvin llevamos agazapado bajo nuestras pieles? Entonces, cabría una interrogante más, por aquello de no dejar pasar la oportunidad de autoexaminarnos: ¿cuántos de estos niños asustados, huidizos, coléricos, extraviados y perplejos, hambrientos de aceptación, cariño y fantasía pululan en nosotros? ¿Tiene usted alguna respuesta para esta pregunta? l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
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