|
Todos tenemos en nuestra memoria un recodo
especialmente destinado a un personaje mítico envuelto en
un aura de misterio que de alguna manera nos acompañó
calladamente en nuestras fantasías infantiles. En mi
caso, ese personaje fue El Fantasma, uno de esos enmascarados siempre
rodeado de una atmósfera que languidecía bajo el fuego
de antorchas dispuestas a lo largo
de pasillos y galerías, que daban a una amplia recámara
donde se descubría la intimidad del protagonista: austera,
solitaria y silenciosa, compuesta apenas por una silla en la que
de vez en cuando dejaba reposar su atlético cuerpo cubierto
de hule y siempre escoltado por la sortija de una calavera en relieve,
que parecía entrañar gran parte del enigma que había
signado de modo irrevocable su vida.
También viví de personajes como
Olafo, a quien su profunda candidez -rayana en la superficialidad-
nunca le permitió siquiera avizorar el porqué de esa
amargura llevada a cuestas con tanto estoicismo. Su yo, profundamente
escapista e infantil, lo mantenía apartado de honduras que
supusieran una búsqueda interna de las verdaderas causas
de esas frustraciones que lo obligaban a mantenerse alejado el mayor
tiempo posible de su entorno afectivo, donde se hallaba una familia
que, si bien era pintoresca, en el fondo padecía los embates
propios de la ausencia del padre y de la incomunicación e
incomprensión entre los miembros del cada vez más
disperso núcleo que conformaban. Helga, por ejemplo, vivía
obsesionada con el asunto de cocinar suculentos platos destinados
a su esposo para ver si así, al menos, lograba sacarle algún
estímulo, aunque fuera gutural, que la ayudara a continuar
con la monótona vida que llevaba. Astrid, la hija mayor,
trasladaba la obsesión de su madre por la actividad culinaria,
a la perpetua búsqueda del ser amado con el fin de alcanzar
la estereotipada boda. Mientras Hamlet, hijo menor, proseguía
la conducta escapista de su padre mediante la asidua lectura que,
no obstante, lo salvaba de la monumental ignorancia de su progenitor.
Esta última era la única arista benévola de
la historia.
Mafalda fue mi ídolo en la adolescencia.
La niña irreverente a la que le sobraba conciencia como para
regalárserla a sus padres. Ella lograba que me concentrara
en la lectura a un punto que podía abstraerme completamente
de todo aquel bullicio, bochinche o rebulicio que hubiese a mi alrededor.
La camaradería entre aquellos amigos de la cuadra, más
la psicología particularísima y emblemática
de cada uno, hacía que me enviciara de manera irremediable
con aquellas viñetas que encuadraban planteamientos más
profundos y de naturaleza diferente a los de mi niñez.
De Quino, pasamos a Rius, Caloi, Bruno Manara
y, en un ímpetu regresionista, por estos días ocupo
mis ratos de ocio en Calvin y Hobbes, la historieta de un niño
que se encuentra en plena fase animista y juega incansablemente
con su tigre de peluche. En el primer cuadro, los lectores entramos
a la perspectiva de juego de Calvin y nos encontramos al par de
amigos haciendo esquí en la nieve cuando, ¡oh, sorpresa!,
han chocado contra un árbol, y papá y mamá
encuentran a hijo y muñeco en tamaños y condiciones
reales -grande y pequeño y animado e inanimado, respectivamente-.
¡Puaff!, qué aburrida es la realidad.
Debo confesar que toda esta afición
por las historietas o cómics ha ido desencadenándose
mientras yo misma intentaba huir de mí, como quizás
hacemos todos. Sin embargo, estoy convencida de que en ese ejercicio
de huida también nos buscamos inconcientemente. ¿Cuánto
de Olafo tenemos?, ¿cuánto del Fantasma?, ¿y
de Helga y Astrid?, ¿cuánto de Mafalda y Calvin llevamos
agazapado bajo nuestras pieles? Entonces, cabría una interrogante
más, por aquello de no dejar pasar la oportunidad de autoexaminarnos:
¿cuántos de estos niños asustados, huidizos,
coléricos, extraviados y perplejos, hambrientos de aceptación,
cariño y fantasía pululan en nosotros? ¿Tiene
usted alguna respuesta para esta pregunta? l
rosa_elena_perez@hotmail.com
|