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Cosas de familia
El chico no soportó las exigencias
de su estricto padre. Max Haines
Años
atras vole a Houston, Texas, para investigar los crímenes
de ese estado, con el fin de publicarlos en el Houston Post, el
periódico recientemente adquirido por el Toronto Sun. Renté
un carro en el aeropuerto.
Mientras completaba un formulario para alquilar
un auto, el agente del lugar no pudo evitar darse cuenta de la dirección
de mi casa en Toronto, Canadá. Se acercó y, confidencialmente,
me dio unos consejos: "Usted sabe, señor, es distinto
por aquí. De donde usted viene, si usted tiene un pequeño
desencuentro con alguien, usted se baja de su carro y discute. No
lo haga aquí. Aquí, el tipo en el otro carro tiene
un arma en la guantera. Usted empieza a discutir y él empieza
a disparar. No quiero problemas con mis carros rentados".
Sonreí. Había estado en el lugar
cinco minutos y ya me estaban advirtiendo sobre armas. Realmente
no era tan gracioso. La verdad es que en la mayoría de los
hogares en EEUU existen armas. Están, literalmente, por todas
partes. Lo que sigue es la historia de marido y mujer, su hijo,
y el fácil acceso a una escopeta.
Bill Keeler era un tejano hecho y derecho.
Aún más, era un personaje exitoso dentro de Texas.
Bill obtuvo su diploma de ingeniero en la Texas A&M y se unió
a la Atlantic Richfield Corp. en 1949. Para 1973, había trabajado
en la compañía y había logrado subir de ingeniero
junior a vicepresidente de investigación e ingeniería.
Eso no era algo pequeño, ya que la Atlantic Richfield Corp.
es una organización enorme con cientos de empleados ejecutivos
muy capaces. Bill era un ejecutivo duro pero justo, un hombre callado
que trabajaba duro y llevaba una vida ejemplar en su hogar.
La esposa de Bill, Anita, complementaba a su
marido en todo sentido. Ella también era una persona emprendedora,
que canalizaba sus energías de manera pareja entre su familia
y varias obras de caridad. Anita era una trabajadora incansable
para el programa Meals on Wheels (Alimento sobre ruedas), así
como un miembro activo de la United Methodist Women (Mujeres metodistas
unidas). Los Keeler tenían cuatro hijos, Barbara, 29, John,
25, Robert, 19, y el más pequeño, David, de 14.
Si había una familia que rezara junta,
esos eran los Keeler. Se iban de campamento seguido y pescaban en
familia. Iban a las actividades de unos y otros para contribuir
con apoyo moral. Probablemente la única falla en la idílica
vida doméstica de los Keeler tenía que ver con el
hijo mayor, John. Cuando éste terminó la escuela secundaria,
se sumó al ejército sin el consentimiento de sus padres.
Luego de ser dado de alta, se casó inmediatamente, un paso
que no fue aprobado por sus padres.
La familia entera asistía a la iglesia de forma regular.
Iban a la Iglesia Metodista Unida Schreiber cada domingo. Bill pertenecía
al club de campo Brookhaven, donde jugaba al golf todos los sábados.
David, el más pequeño, mostraba
la misma garra y energía que le había asegurado el
éxito a su padre. Iba a un colegio privado prestigioso, el
St. Mark's School de Texas, donde sus notas eran sobresalientes.
Tocaba el trombón en la banda escolar, era miembro del equipo
de fútbol y consejero estudiantil.
Los asuntos en la casa de los Keeler tomaron
un giro trágico en el verano de 1981.
Bill fue nombrado presidente de la Arco Corp, la subsidiaria más
grande de la Atlantic Richfield. El nombramiento culminaba toda
una vida de trabajo para la organización. Bill había
llegado. Al mismo tiempo que su padre era promovido, el joven David
se graduaba del 8vo. grado.
Entraría en la escuela secundaria en
el otoño. Los dos felices eventos se celebraban dentro de
la familia.
Bill Keeler siempre había querido que
su familia fuera exitosa. De alguna forma, muchos de ellos lo eran.
Pero ahora, como presidente de la compañía más
grande, esperaba perfección de todos sus hijos, desde el
más grande hasta el más pequeño. Bill todavía
permanecía callado y calmo en público, pero en privado
se agitaba ante cualquier falla por parte de David.
Por otro lado, David, feliz por entrar al colegio
secundario, sentía que las trabas paternales debían
ser relajadas. Muchos de sus amigos tenían citas y salían
hasta tarde. Bill Keeler sentía que no era un comportamiento
responsable para el hijo del presidente de la compañía
más importante. Al comienzo del verano, David, a veces, se
escapaba de la casa con sus amigos. El 11 de julio, el chico y algunos
de sus amigos causaron un disturbio en el Six Flags de Texas, un
parque de diversiones local. Como resultado, los jóvenes
fueron llevados a la oficina de seguridad del parque, donde se descubrió
que habían robado souvenirs. La policía de seguridad
llamó al padre de David, quien manejó hasta allí,
recogió a los chicos y los llevó a la casa. Bill Keeler
contuvo su temperamento y no dijo nada frente a los amigos de su
hijo.
Esa tarde, dos de los amigos de David, Debra
Avant y su hermano, se quedaron a dormir en casa de los Keeler.
Bill y Anita nunca dijeron nada sobre el comportamiento de David
en el parque de diversiones frente a los invitados. A la mañana
siguiente, un domingo, cuando los pequeños hermanos Avant
se fueron a su casa para vestirse antes de ir a la iglesia, Bill
Keeler le dio rienda suelta a su ira.
Sólo conocemos el testimonio de David
de lo que ocurrió esa mañana, pero no hay razón
para no creerle. Cuando Debra y Don Avant se fueron, Bill comenzó
a gritarle a su hijo sobre el incidente del robo. Bill empujó
a David dentro de su cuarto y lo tiró en la cama. Todo el
tiempo gritándole a su hijo. Anita, a veces, se sumaba a
la perorata.
Eventualmente, el temperamento de Bill se calmó y le dijo
a su hijo que se vistiera para ir a la iglesia. Juntos, la familia
no tan feliz, fueron a los servicios de la iglesia. Al terminar,
Bill y Anita se retrasaron, porque era su turno de contar el dinero
de la recolección. David se fue para la casa ni bien terminaron
los servicios.
David fue directamente a donde su padre guardaba
la escopeta semiautomática. Quince minutos más tarde,
Bill y Anita llegaron a la casa. David los encontró adentro.
Disparó siete tiros. Bill cayó muerto en el hall.
Milagrosamente, Anita todavía estaba viva cuando apareció
su hija Bárbara, media hora más tarde luego de ir
a nadar en la piscina de la familia. Bárbara se acercó
a su padre y se dio cuenta de que estaba muerto. Fue hasta donde
su madre, quien murmuró: "Lo hizo David." Unas
horas más tarde, Anita Keeler murió.
Luego de dispararle a sus padres, David se
subió a su bicicleta y se fue. Planeaba escapar, pero cambió
de idea. Estando a unos ocho kilómetros de su casa, se acercó
a un auto de policía estacionado y les dijo a los oficiales:
"Acabo de disparar y matar a mis padres".
A David se lo llevaron a la estación
de policía de Dallas. No tenía intención alguna
de evadir su crimen. Le dijo a los oficiales de la investigación
que había matado a su padre por ser estricto y llamarlo desgraciado.
Su madre murió por haber estado de acuerdo con su marido.
Como David Keeler tenía menos de 15
años, el Estado de Texas lo consideró un ofensor joven,
cuya pena máxima no podía exceder la encarcelación
en un centro de detención más allá de sus 18
años.
Luego
de oír su sentencia, el abogado de David dijo que siempre
se le había exigido excelencia. Cuando fue menos de lo que
su padre esperaba, fue criticado con dureza. Reprimió sus
emociones hasta que estalló ese domingo fatídico.
Evidentemente, el juez que presidía fue influenciado por
esta línea de razonamiento y sintió que el tratamiento
era mejor que el confinamiento. David fue enviado a Timberlawn,
un hospital psiquiátrico privado.
El 29 de diciembre de 1982, en su cumpleaños
número 18, David fue dado de alta de Timberlawn. Como lo
estipula la ley de Texas, su antecedente juvenil fue sellado. Al
darlo de alta, fue capaz de pedir su parte de la herencia de su
padres por 1,32 millones de dólares. l
Ilustraciones: David Márquez
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