| Doble crimen
sin asesino
En noviembre de 1937 fue liquidada una anciana pareja en South Paris, Maine. En principio, estaba claro que el homicida fue el joven Paul Dwyer, pero luego aparecieron otros involucrados. Max Haines
Los oficiales de la patrulla de Nueva Jersey pensaron que el joven detrás del volante del reluciente Buick negro había estado bebiendo. Le ordenaron que se detuviera y recibieron la sorpresa de sus vidas. No todos los días lo que parece un conductor imprudente resulta ser el presunto asesino de dos ancianos.
En el asiento delantero del auto se encontraba Paul Dwyer, de 18 años. La parte de atrás estaba ocupada por la señora J.G. Littlefield. En la maleta se hallaba su esposo, el doctor Jimmy Littlefield. La pareja Littlefield, de South Paris (estado de Maine), había muerto. Dos días antes del descubrimiento, que tuvo lugar en noviembre de 1937, la desaparición del Dr. Jimmy y su esposa se había notificado a las autoridades.
El anciano doctor había faltado a una cita con un paciente, cuando éste llamó a la residencia de los Littlefield, no hubo respuesta. La desaparición de los Littlefield se notificó a la policía, aunque en poco tiempo fueron encontrados. Aparecieron en su propio vehículo, conducido por Paul Dwyer.
Al principio, los oficiales de policía de Maine corrieron a la residencia de los Littlefield, porque pensaron que el doctor y su esposa se habían ido de viaje sin decirle nada a nadie. Ahora tenían una mejor idea de la situación.
Un análisis del cuaderno de citas del doctor reveló que debía realizar una consulta a domicilio a los Dwyer. Antes de que la policía tuviera oportunidad de dirigirse a la casa de los Dwyer, Paul confesó el doble asesinato.
Según el joven, él había llamado al consultorio del doctor. Creía que había contraído una enfermedad venérea y pidió que le hiciera un examen. Sin embargo, le dijo al doctor que quería que lo realizara en su casa porque temía que su madre se enterara.
El doctor Jimmy estuvo de acuerdo y condujo hasta la casa de los Dwyer. Comenzó a examinar a Paul en un baño ubicado en el piso de arriba. En cierto momento, el Dr. Jimmy insinuó que Paul era el padre del bebé de una chica de la localidad. Paul dijo que perdió el control, enrolló su cinturón alrededor del cuello del médico y lo asfixió. Salió corriendo del baño, pero al escuchar un gemido se devolvió, tomó una llave inglesa y un martillo y procedió a matar a golpes a su indefensa víctima.
Paul dijo que empujó el auto de los Littlefield hasta la puerta trasera. Luego bajó el cuerpo del doctor hasta el vehículo y lo metió en la maleta. Al darse cuenta de que la señora Littlefield estaba en su casa y extrañaría a su esposo, decidió engañar a la mujer para que lo acompañara.
Paul condujo a la residencia de los Littlefield y le dijo a la inquieta señora Littlefield que su esposo había atropellado a dos hombres. Él había ayudado al Dr. Jimmy a ocultar los cuerpos en unos arbustos. Luego el doctor saltó a un tren a Boston. La señora Littlefield se puso histérica e insistió en que la llevara a Boston. Luego fingió que realizaba una llamada telefónica y regresó para decirle a la mujer que su esposo se reuniría con ellos en Concord, en la estación del tren.
Durante todo ese día, la señora Littlefield fue conducida en auto por todo Nueva Hampshire. Llegaron a la estación de Concord, pero el Dr. Jimmy no se presentó. La señora Littlefield se sintió abatida porque creía que esposo se había suicidado. Le suplicó a Paul que la llevara a su casa en South Paris.
Paul, quien había pasado muchas horas detrás del volante, estaba exhausto. Cerca de New Gloucester, Maine, estaba tan agotado que casi se sale de la carretera. Se detuvo a un lado para dormir. Mientras dormitaba, la señora Littlefield le hacía preguntas. Debe haberse contradicho, porque repentinamente la señora Littlefield quería bajarse del auto. Incluso sugirió que Paul quizás había lastimado a su esposo.
Paul se sacó su cinturón y estranguló a la señora Littlefield y después colocó el cuerpo en el asiento trasero. Más tarde lo detuvieron los policías de Nueva Jersey, quienes descubrieron su carga. Paul fue trasladado de regreso a Maine para que enfrentara su destino. Entretanto, los oficiales de Maine se apresuraron a la residencia de los Dwyer.
El baño estaba salpicado de sangre del piso hasta el techo. De la sangre endurecida se obtuvieron huellas de pisadas muy claras. Coincidían con los zapatos de Paul Dwyer.
Un par de cosas no les cuadraban a los detectives ¿Podría un ataque tan violento ser causado por una simple sugerencia de que Paul era responsable del embarazo de una joven?
Estas dudas menores se resolvieron cuando Paul cambió su historia. Ahora le dijo a la policía que el motivo había sido dinero. Había conducido al doctor al baño con engaño, como declaró anteriormente, pero lo mató para quitarle su billetera. El resto de la historia, en lo relativo a la señora Littlefield, era verdad en cada detalle.
En noviembre de 1937, Paul Dwyer se declaró culpable del asesinato del Dr. James Littlefield. Fue sentenciado a cadena perpetua.
Pocas semanas después de ser encarcelado, Paul Dwyer pidió ver al director del presidio. Le narró una historia extraordinaria que tendría grandes repercusiones. Según Paul, otro hombre, Francis M. Carroll, un residente de South Paris de 48 años, era el verdadero asesino del Dr. Jimmy. Carroll había sido ayudante del alguacil y era el padre de Betty, una muchacha de 18 años que era la novia de Paul. Para complicar las cosas, Carroll había sido destituido recientemente de su cargo y acusado de mantener una relación incestuosa con su hija, Betty.
Paul le dijo al director que Betty le había enviado cartas, informándole que su padre tenía una relación incestuosa con ella. Betty le dijo a su padre que Paul tenía las reveladoras cartas. Carroll asediaba a Paul para que se las devolviera, insinuando que su hija estaba embarazada y que Paul era el responsable.
En medio de esta red de intrigas apareció el Dr. Jimmy Littlefield. Paul y Betty acordaron reunirse en casa de Paul, donde el doctor Littlefield examinaría a la chica para determinar si estaba embarazada.
Francis Carroll había sido invitado a la cita, pero no tenía idea de que el Dr. Littlefield estaría presente. Cuando llegó y vio al doctor, tuvo un arrebato de ira. Según Paul, Carroll dijo, “¿Qué es esto, una trampa? ¿Por qué se entromete en esto?”. El doctor Jimmy respondió que conocía la relación incestuosa de Carroll con su hija. Tras decir esto, Carroll comenzó a pegarle al médico.
Paul afirmó que trató de intervenir, pero el otro hombre le hizo perder el conocimiento de un golpe. Cuando volvió en sí, el Dr. Jimmy estaba muerto. Carroll estaba a punto de matarlo, pero suplicó por su vida. Finalmente, convenció a Carroll de que la esposa del doctor sabía adónde había ido.
Si le perdonaba la vida, recogería a la señora Littlefield, saldría del pueblo y nunca se volvería a escuchar de él. Naturalmente, él sería culpado por el asesinato. Carroll estuvo de acuerdo y el resto, como suelen decir, es historia. Aunque no completamente.
Paul debía explicar la muerte de la señora Littlefield. Ahora declaró que la había recogido después de contarle la historia falsa del atropello. Luego decidió decirle todo, incluso la mentira de que el cadáver de su esposo estaba en South Paris. La señora Littlefield exigió ver a Carroll. Se estacionaron frente a su casa, esperando que él llegara en su auto. La señora Littlefield enfrentó a Carroll, quien la estranguló.
Carroll fue arrestado en base en la declaración de Paul y la terrible reputación de él. El 24 de junio de 1938 fue acusado de asesinato. Más tarde fue enjuiciado, encontrado culpable y sentenciado a cadena perpetua por el asesinato del Dr. Littlefield.
Después que Carroll había cumplido 12 años de cárcel, su condena fue anulada por considerarse inconstitucional. La corte dictaminó que su condena se obtuvo mediante “fraude y engaño” y que en el caso “abundan evidencias inadmisibles y anecdóticas”.
Carroll fue liberado en 1950 y murió de causas naturales en 1956.
En 1960, la sentencia de Paul Dwyer se redujo al tiempo cumplido en prisión. Fue liberado después de pasar 22 años en la cárcel.
Nadie nunca fue enjuiciado por el asesinato de la señora J. G. Littlefield. l
Traducción: José Peralta.
Ilustraciones: David Márquez |