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Un sentido poco común
Lise Funderburg

El optimismo no es el refugio de los cabeza hueca, sino una manera científicamente comprobada de ser más felices, saludables e incluso más atrayentes para el sexo opuesto.

Muchos de nosotros tenemos la corazonada -aunque ésta no haya ido más allá de la sombra de la duda- de que la única categoría de la humanidad más aburrida que los mimos de la calle es la de los optimistas empedernidos. Usted los conoce: son las personas eterna e insoportablemente risueñas, en evidente negación de las duras realidades del mundo, brincando despreocupadamente, con la mente en las nubes y obviamente (ninguno de los demás puede evitar desearlo) a punto de caer en algo muy, muy desagradable.
Sin embargo, el optimismo es mucho más que ir canturreando imprudentemente por la vida. Según expertos en el área, el optimismo es un utensilio altamente poderoso en la caja de herramientas para la vida. Los investigadores lo han calificado de diversas maneras, desde un mecanismo de defensa hasta un patrón físico de senderos neurobiológicos establecido en los primeros años de vida.
Susan C. Vaughan, autora de Half Empty, Half Full: How to Take Control and Live Life as an Optimist (La mitad vacía, la mitad full: Cómo tomar el control y vivir la vida como un optimista), describe el optimismo como un reflejo psicológico corrector. "Es como los gatos: si uno los lanza por la ventana, siempre caen parados", dice.
Los optimistas, en otras palabras, saben cómo recuperarse. Martin Seligman, profesor de psicología de la Universidad de Pensilvania y autor de Learned Optimism: How to Change Your Mind and Your Life (Optimismo aprendido: Cómo cambiar su mente y su vida), lo explica de la siguiente manera: "Si un problema se considera algo temporal, que se puede cambiar y que está limitado a un área de nuestra vida, eso es optimismo. Si se ve como algo permanente, invariable, que abarca todas las áreas de nuestra vida, eso es pesimismo".
En cuanto a las victorias, el proceso es justo el contrario. Los optimistas las consideran como algo permanente y de amplio alcance, mientras que los pesimistas las ven como algo fugaz y específico de la situación. Si un optimista, por ejemplo, se encuentra con una receta que no puede preparar, probablemente perciba ese fracaso como algo externo y temporal ("simplemente éste no es un buen día"). Por el contrario, el pesimista lo convierte en algo interno e imborrable ("nunca aprenderé a cocinar"). Como lo explica Seligman, el optimismo sirve de marco vital para relacionarse con las experiencias. "Es el esqueleto de la esperanza".
Si enfoca la vida con un sentido de posibilidades y con expectativas de resultados positivos, es más probable que tenga una vida en la cual las posibilidades se cumplen y los resultados son positivos. Tendrá más chances de ser promovido, de combatir el resfriado que anda por ahí y de atraer a la gente, de forma platónica y de otras maneras también.
Además, según Seligman, la gente pesimista tiene de dos a ocho veces más propensión a la depresión. Esta es una estadística significativa en Estados Unidos, un país que parece a sólo un paso de poner Prozac en el agua potable.
Los optimistas son más productivos en ciertos empleos. Una empresa solía contratar al equipo de ventas basándose parcialmente en el resultado de las pruebas psicológicas. (La gente que tiende a verse como responsable de las situaciones positivas es más flexible y más inclinada a soportar de mejor forma los rechazos reiterados). Además, los investigadores han observado que los optimistas son menos propensos a desarrollar cáncer o morir de enfermedades cardíacas.
¿Dónde están todos estos sonrientes entusiastas? Jeffrey E. Garten, decano de la Escuela de Administración de Yale, entrevistó a 40 de los ejecutivos de negocios más exitosos del mundo para su libro The Mind of the CEO. Garten observó que todos y cada uno de ellos eran extremadamente optimistas. "No encontré muchos otros rasgos en común. La lógica convencional, por ejemplo, indica que todos ellos son personalidades alfa que exudan agresividad y no hacen más nada en sus vidas que trabajar. Yo no vi eso. Sin embargo, lo que sí tenían en común era la manera en que hablaban de las montañas que tuvieron que escalar cada día". Los participantes veían las tareas inmediatas en su justa medida, colocándolas dentro de una mira más amplia y de largo plazo. "Su visión era: sé que he tenido éxito en el pasado; estoy seguro de que si puedo extender la vista más allá de los problemas de hoy, y ver un punto en el horizonte, voy a llegar hasta allá".

¿Cómo se llega a ser de esa manera?
El optimismo de toda la vida puede explicarse de tres maneras, dice Seligman. Cerca de 50% se debe a condiciones de la herencia genética, señala. Hizo circular un cuestionario en una convención anual de gemelos (en Twinsburg, Ohio) y observó que los gemelos idénticos son más similares que los hermanos corrientes en cuanto a los niveles de optimismo y pesimismo. "Se podría pensar que eso significa que existe un gen del optimismo. Pero yo no lo creo. Los gemelos también son muy parecidos desde el punto de vista de rasgos físicos y talentos; es decir, aquellas cosas que nos hacen atractivos y que pueden convertirnos en seres exitosos en la vida. Además, sabemos que el éxito tiende a producir optimismo y que el fracaso predispone al pesimismo".
Otra fuente de optimismo, afirma Seligman, es la madre. "Hay una correlación considerablemente alta entre el nivel de optimismo de una persona y el de su mamá, algo que no se da con el padre". Aunque nadie sabe a qué se debe esto, una hipótesis señala que las progenitoras aún tienden a ser cuidadoras primarias y por lo tanto tienen una mayor influencia en su prole. Otra teoría indica que las mujeres han evolucionado para ser más cerebrales y expresivas, por lo que tienen más propensión a comunicar su visión, sea ésta positiva o negativa.
"La tercera fuente es la realidad de los acontecimientos adversos que nos suceden", dice Seligman. "Quien desea ser deportista pero es torpe, probablemente espere un revés tras otro. Una serie de fracasos naturalmente conduce a expectativas de fracaso".
Según Seligman, casi todo el mundo puede aprender a ser más optimista, a excepción, quizás, de aquellos que son agudamente depresivos y pueden ayudarse sólo con una guía profesional o con medicación. Un componente clave del optimismo parece ser la disposición a buscar el lado bueno de las cosas, aunque eso signifique distorsionar la realidad. También sirve comenzar a reconocer y a desglosar los mensajes negativos que se dice a usted mismo, y luego rebatir esos pensamientos como si se tratara de un debate con un enemigo externo. Gradualmente, las nuevas respuestas se convierten en automáticas.
Aunque Seligman enseña técnicas para aprender a ser optimista, advierte que nadie debería pensar que el optimismo es una panacea. "No le da sabiduría, compasión, o un acceso directo a la verdad", señala. Este experto defiende el "optimismo flexible" que toma en cuenta los riesgos, en lugar de una fe ciega en los resultados positivos. No querríamos tener un piloto excesivamente optimista que al observar la cabina del avión diga: "El clima no se ve tan mal desde aquí; no hay por qué molestarse en tomar medidas especiales para el vuelo".
El pesimismo y el optimismo no se excluyen mutuamente, señala Edward C. Chang, profesor de psicología de la Universidad de Michigan. Chang considera que ambos pueden coexistir en algunas circunstancias y alega que el pesimismo en ciertos grupos es el resultado de las fuerzas que moldean la vida, tales como acontecimientos mundiales, circunstancias socioeconómicas y la cultura. "Me considero pesimista", dice Chang, cuya familia emigró de Corea del Sur a Brooklyn cuando tenía cinco años de edad. Afirma que su visión está enraizada en el énfasis que hacía Confucio en buscar un equilibrio en la vida, no ser ni excesivamente positivo ni negativo. También cree que la experiencia de sus padres como inmigrantes en una tierra nueva y desconocida los hizo particularmente cautelosos y propensos a prepararse para lo peor en todo momento.
Chang ve el pesimismo como sensibilidad, no un rasgo biológico o un disparador automático de la depresión. Considera que puede servir de estrategia para un resultado positivo. Al investigar a un grupo de estudiantes universitarios asiático-estadounidenses, observó que mostraban niveles de pesimismo superiores al promedio. Sin embargo, el optimismo no fue inferior al de los europeo-estadounidenses. Su versión del pesimismo fue más elevada, pero no debilitante.
"Tengo una hija de un año. De cierta forma, soy un optimista ingenuo. Creo que todo en su vida será maravilloso y que será una mujer bella e inteligente. Pero puedo asegurarles que cuando le llegue la hora de casarse, usaré una estrategia pesimista para asegurarme de que los encargados de la comida lleguen, los músicos estén a tiempo y que el resultado sea positivo. Digamos que es una boda al aire libre; incluso si se presentara una tormenta inesperada, tendría un plan B, uno C y otro D, listos".
El resultado es la clave: la meta principal no es reforzar el optimismo, sino alcanzar la felicidad. Según David T. Lykken, psicólogo investigador, cada uno de nosotros tiene una "jugada decisiva" para ganar la felicidad. Hemos apostado a la felicidad, algunos con más cartas que otros. Pero como Lykken dice, podemos aumentar nuestro potencial de disfrutar tomando medidas para involucrarnos con gente, causas e ideas. Según Seligman, uno de los sellos de la depresión es estar absorto en uno mismo. Así, el optimismo, con énfasis en buscar y ver el lado bueno de nosotros mismos y del mundo, nos ayuda a emprender esas medidas. l

 
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