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Sandra ha dado calor y color a la vida
de Eemil y él lo ha aceptado con gusto
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Ellos celebran
la raza
Raúl Chacón Soto.
Fotos: Contratipo
En estos tiempos de clones y genoma humano -99,9%
del material genético es exactamente el mismo en todas las
razas-, más que a Cristóbal Colón, el hombre,
o a la colisión de dos mundos, se celebra el legado de todos
los que vinieron detrás de él, construido al mezclarse
la herencia europea con las culturas negra e indígena. Cientos
de años de enfrentamientos han devenido en la sociedad multiétnica
y multicultural que caracteriza a los países de este lado
del Atlántico, sobre todo a los que están hermanados
por la lengua hispana. El 12 de octubre es, pues, un buen día
para detenerse a pensar en que hoy, más que nunca, las naciones
americanas deben ser plurales en lo cultural, lo étnico y
lo racial. Las parejas que aparecen en estas páginas son
una buena representación de esta premisa
Prepárense
que no voy sola
Sandra Viña y Eemil Karila.
Ella es caraqueña y él es
de Rovaniemi, Finlandia, por donde pasa la línea
del círculo polar ártico. No tienen hijos
"Nos conocimos en Helsinki, en el otoño del 98, en un
concierto de Goldie. El es pintor y estaba estudiando arte en Talin,
Estonia y yo vivía en el sur de Finlandia. Nos separaban
como 80 kilómetros pero viajábamos. Yo lo iba a visitar
a él, y él me venía a visitar a mí",
dice Sandra, una venezolana de piel morena que llegó a esa
nación como participante de uno de esos programas de intercambio
donde los estudiantes terminan el bachillerato en otro país,
viviendo con una familia del lugar. Una vez terminado el año
de estudios, Sandra no tenía ninguna prisa en marcharse.
"Ya estaba lista para regresar, ¿qué íbamos
a hacer? Yo le dije que se podía venir conmigo". Y se
vino. Durante un año Eemil vivió en Caracas. Pronto
logró la inscripción en la Armando Reverón,
donde continuó sus estudios de pintura y aprendió
a hablar español. "Para mí fue fácil porque
en finés también decimos las cosas como las escribimos...
primero empecé como un perico, repitiendo todo", dice
en un castellano más que aceptable. El finlandés fue
muy bien recibido en Caracas: "Yo les había advertido:
voy con un novio, así que prepárense... porque mi
papá... tú sabes como es el machismo de aquí.
Pero todo bien. Mi familia me apoyó mucho". De nuevo
en Finlandia y Estonia -ella había empezado Diseño
Industrial en Caracas y logró conseguir cupo para continuar
allá-, se casaron al borde del cambio del milenio. Con los
padres de él no hubo problemas: "Yo salí de la
casa a los 16 años y tenía buenas relaciones con mi
familia. Ellos siempre han creído en mí y la tomaron
como una hija". Sandra y Eemil viven actualmente en Rovaniemi.
Ahora pueden comunicarse en tres idiomas, inglés, finés
y español, pero, lo más importante, conocen, por experiencia
propia, los matices que cada cultura otorga a ciertas palabras y
ciertas costumbres. Sandra se ha adaptado muy bien a su nuevo país,
a pesar de que durante el largo invierno todo es oscuridad durante
23 horas del día. "Es un país bellísimo.
Hay una tranquilidad impresionante, mucha seguridad, y son muy honestos...
y está lo de las auroras boreales. Es mágico".
Una anécdota refleja la gran diferencia con el temperamento
latino: "Recién llegada yo estaba con una muchacha conocida.
Le di un beso de despedida y eso fue terrible. Me miró como
diciendo: 'qué acoso es este'. Más nunca. Allí
nadie da un beso para saludar, nadie se abraza o se toca. Sólo
si están borrachos. Ahora valoro que en Venezuela no hay
que beber para bailar o ser cariñoso... pero me gusta Finlandia.
La pasamos bien allá". El por su parte confiesa: "Yo
ahora echo más broma que antes. Soy más social, me
imagino... he aprendido muchas cosas, pero no a bailar. Creo que
para eso hace falta vivir aquí. Ahora me he interesado más
por conocer este país. La comunicación es mejor si
sabes de dónde viene el otro".
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| Lebjulet y Hiu Hong recorrieron un
sinfín de iglesias para poder casarse |
No sólo
espagueti, también lumpias
Lebjulet Braganti y Hiu Hong Chu Ng
Ella, venezolana de padre italiano; él,
chino, de Hong Kong
Una hija: Ganling Bárbara Caridad, de tres años
y medio
Se conocieron en un curso de inglés, en 1994, aunque ya se
habían visto muchas veces antes, pues él frecuentaba
la zona donde ella vivía. El no sabía, cuando hablaba
con ella en el curso, que era la hermana de uno de sus mejores amigos.
Para ese entonces, Hiu Hong (todos le dicen Hong) tenía otra
novia, pero luego, acabada la relación, pasaba un día
por la casa de ella y bueno... A los padres de Lebjulet (todos le
dicen Julé) no les hizo mucha gracia, y a los de él,
tampoco. "Por todo, las costumbres... papá decía:
'no es italiano, es chino, no me gusta'... él pensaba que
tenía que casarme en Italia. No estaba de acuerdo y mi familia
allá tampoco, hasta cortó lazos cuando supo lo del
matrimonio. Es que el italiano es muy meloso y ellos no son muy
efusivos. Mi familia decía que los chinos eran secos, fríos
y que habían escuchado que maltrataban a las mujeres. 'Tú
no tienes que ir detrás de nadie', me recordaban". Con
la familia Chu la cosa no fue mucho mejor: "Son muy rígidos.
Mi abuela era más fuerte en eso, aunque papá decía
que podría ser que no nos casáramos con chinas, después
de todo, acá no hay una comunidad grande del país
-Hong nació en Hong Kong, pero está en Venezuela desde
que tenía año y medio de edad-". El tiempo vendría
en ayuda de ambos. Cuenta Lebjulet: "Ellos vieron que no era
ese tipo de persona y bromeaban diciendo que se trataba de un chino
que había emigrado a Italia". Se casaron en 1998, aunque
no sin dificultades. La objeción mayor la puso la Iglesia,
pero un permiso arzobispal consintió la unión. "Yo
no pensé que la colonia china me iba a aceptar como lo hizo.
Su papá es alguien importante, y yo deseaba quedar bien delante
de ellos. Me dije: 'tengo que estudiar chino, quiero que mi hija
también hable chino. Aprendí bastante, pero no es
fácil. Me junté con gente china y he ido aprendiendo
las comidas. Mi suegra siempre ha estado conmigo... vamos al club
en El Bosque y me tratan de paisana". ¿El secreto del
éxito? Lo dice la misma Lebjulet: "Creo que hay que
buscar el equilibrio, no puede ser sólo espagueti o pabellón,
también lumpias. El hizo su curso de italiano, y se ha acostumbrado
al trato cariñoso. También me acompaña a misa.
A mi hija le he enseñado las tradiciones de ambas culturas.
Que existe Dios y también Buda".
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| Cuando nació Sofía los
amigos de Guido llamaban para saber a quién se parecía |
Esta es la novia
de Guido
Valentina Alvarez y Guido Nejamkis
Ella, del Hospital Clínico ("200%
venezolana"); él, argentino, de los judíos, descendiente
de rusos y polacos
Una hija: Sofía Elena, de un año y diez meses
Se conocieron en Buenos Aires. Ella trabajaba para Clarín
(el diario argentino) y colaboraba en una revista donde por casualidad
coincidió con Guido, quien también es periodista.
"El me empezó a perseguir. Yo estaba en pareja con un
ítaloargentino -Guido no lo sabía-, pero en pocas
semanas lo cambié por el judíoargentino". Aquello
ocurrió en 1997, y desde ese entonces están juntos.
Visto el color de piel de Valentina se hicieron necesarias ciertas
precauciones para evitar desazones a la hora de las presentaciones
formales con la familia sureña. "Su mamá me conoció
primero y con una foto mía fue 'preparando' a la familia:
'esta es la novia de Guido, esta es la novia de Guido' ... porque
los argentinos se las dan de amplios, peeero... Todo esto me lo
contó mi suegra años después, nadie puso cara
rara, estaban preparados". Pasada la primera impresión,
lo demás fue fácil y, mucho más, después
de la llegada de Sofía. "Mi familia reaccionó
bien", dice Guido, "ella enseguida se los compró
con su simpatía y su 'acento' caribeño que en Argentina
gusta mucho. Y también con su inteligencia y capacidad de
diálogo". Por el lado venezolano todo fue más...
llevadero: "Cuando lo conocieron, mis vecinas de El Valle (donde
crecí), estaban alborotadísimas: ¡¡¡un
catire!!! ¡¡¡tienes que parir rápido!!!",
cuenta Valentina y recuerda otra anécdota: "Cuando nació
Sofía los amigos de Guido llamaban preguntando '¿cómo
es? ', en vez de '¿cómo está el bebé?'".
La pareja, que actualmente vive en Brasil (él es corresponsal
de Reuters en Brasilia, y ella de la BBC de Londres), no ha tenido
problemas por su diferencia de color, aunque en Rio han pasado por
malos momentos: "La primera vez que fuimos allá me confundían
con una "garota de programa", que es como aquí
le dicen a las jineteras... no me hablaban, me miraban como diciendo
mira a la morena con el gringo. No me hacía mucha gracia,
la verdad. Entonces, cuando conocíamos a alguien, yo aclaraba:
'mucho gusto, soy venezolana' y con mi portuñol les sacaba
las suspicacias". Al hablar de lo que han tomado el uno al
otro, dice Valentina: "el respeto por la familia que tienen
los argentinos de clase media es muy peculiar, no ves tantos hijos
regados ni mujeres pariendo solas, eso me ha sido útil...".
Y él: ¡Ufff! ¡Tantas cosas! Ella me ha enseñado
a querer a Venezuela. A interesarme por su política, sus
lugares y comidas; después de seis años he incorporado
también palabras. Ya no le digo 'estoy enojado' sino 'estoy
arr...' y no 'qué cosa' sino 'qué va...'. De Valentina
aprendí -es un aprendizaje que aún no he concluido-,
una cualidad que admiro especialmente: la capacidad de los venezolanos
de pasar horas 'conversandito' o como decimos nosotros, charlando
tranquilamente. Los argentinos, y en especial los porteños,
vamos por la vida más apurados, más tensos. También
sigo aprendiendo a bailar salsa, un rubro en el que soy muy, pero
muy torpe".
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| Victoria: "Yo quería casarme
con alguien que quisiera... el amor pudo más que las
costumbres" |
¡En seis no, en dos!
Victoria Darauche Abdo y Luis Morey
Castillo.
Ella, descendiente de sirios; él,
natural de CaripitoDos hijos:
Dhania de cinco años, y Faady, de tres
"Lo conocí en la farmacia. Vine a comprar unos medicamentos,
lo vi y me enamoré a primera vista", dice Victoria quien,
como era estudiante de Farmacia, terminó haciendo su pasantía
en el local más cercano a su casa... donde él trabajaba.
"Fue difícil. Mi padre no lo aceptaba porque era venezolano
y estaba divorciado. Mi familia quería llevarme a Siria y
casarme allá. Tuve primos que me pidieron la mano, también
algunos señores árabes, pero nunca quise... ¿Cómo
vas a tener una pareja según la costumbre árabe? Yo
quería casarme con alguien que quisiera, que me respetara...
y me aferré a esta relación. El amor pudo más
que las costumbres. Estaba ciega... y sigo ciega". Las cosas
no fueron fáciles. Victoria confiesa que, por su edad, ya
sentía las presiones de la familia que, como cualquiera en
los países árabes, no veía de muy buen agrado
que una hija permaneciera tantos años soltera. "Ya pasó
tu tiempo", le decían... La decisión de su padre
de haberle permitido estudiar en la universidad le dio una clase
distinta de fortaleza: "La entrada en la universidad me hizo
cambiar... yo pensaba: 'si no me caso, ya está... si no puedo
con el que quiero, para qué hacerlo con otro'"... y
la relación con Luis, quien ya era farmaceuta, se mantenía
a pesar de que no era fácil verse fuera de las horas de trabajo.
"No podía salir al cine, ir a una fiesta, lo veía
a escondidas". Otro problema apareció cuando ya era
conocida su relación: "La costumbre árabe no
acepta un noviazgo de más de dos años. Dicen que en
ese tiempo se puede perder todo, incluso la virginidad... hasta
que un día mi padre me dijo que había que tomar una
decisión y que quería hablar con él".
El resto de esta historia la cuenta Luis: "El suegro me puso
un lapso para que yo formalizara el matrimonio. 'Tienes seis meses
para casarte', me dijo. Yo le respondí que no. Que no lo
iba a hacer en seis meses... él puso cara de rabia, pero
enseguida le dije: 'Lo voy a hacer en dos'. Entonces me abrazó
y me dijo 'qué bueno, yerno'. Ahora soy otro hijo para él".
La llegada de los hijos y la personalidad de Luis facilitaron mucho
las cosas, según cuenta Victoria. "Cayó muy bien
en la familia, quizás porque es muy educado, muy gentil...
no es el típico bonchón y bebedor. Además aceptó
casarse a la costumbre árabe (siguen la Iglesia ortodoxa)".
La familia Morey la aceptó a ella inmediatamente. "Soy
muy querida por sus padres, me han aceptado con gran cariño".
Luis, como era de esperarse, conoce palabras y mejor aún,
platos de la cocina árabe. A los niños los han criado
con los dos idiomas. Ella reconoce que lo árabe también
le marca mucho a pesar de haber nacido en Venezuela: "Yo soy
muy estricta, muy casera, no me gusta la vida libertina... me quedan
muchas costumbres árabes, y creo que la principal es ser
servicial con el esposo, con los hijos, el hogar... eso le toca
a uno... la mujer". l
Ver también
en Encuentros:
-
Ellos celebran la raza
- El verano de Beyoncé
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